septiembre 28, 2026

Las raíces somos todos


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 La calle de su abuelo es ancha y los árboles de ambas banquetas se han entrelazado con los del camellón, formando un dosel doble en toda la calle. Al recorrerla, te sientes dentro de un fresco túnel de árboles con suelo de asfalto que, en cierta época del año, se transforma en una alfombra de hojas.

En esa calle, todos los vecinos eran tan viejos como su abuelo. Con ocho años, cualquiera más allá de los veinte te parece un anciano.

Quique veía un montón de gente interesante: los Thompson, los policías que tenían una oficina en la esquina de la calle, Maru y Meche, dos de las amigas de su abuela, y la doctora Nandita, aunque Quique procuraba evitarla: simplemente no la entendía.

Pero entre todos destacaba Manolo; su presencia ahí era tan natural como los árboles mismos y su voz, tan peculiar y siempre presente, como el crujir de las hojas. Al principio, Quique no le entendía; el hombre hablaba en ráfagas sostenidas y con un acento desconocido.

Era una delicia escucharlo hablar de lo que fuera. La jovialidad y energía que transmitía te hacían revivir sus historias como si hubieras estado ahí.

Cuando Manolo contó cómo escapó con su madre de la dictadura en España hasta llegar a un puerto francés donde abordaron un barco hacia México, Quique fue todo oídos; sufrió y se angustió en cada etapa narrada del éxodo. Al escuchar cómo compañeros de viaje perdieron las orejas o las narices por el frío extremo al cruzar los Pirineos, Quique quiso proteger las suyas, pero le faltaron manos.

Quique estaba seguro de que Manolo le caía bien a todos sus vecinos, excepto a la doctora Nandita, pero eso lo desconcertaba porque la casa de la doctora era una de las más alejadas de la de Manolo. Era imposible que el olor tan penetrante y nauseabundo llegara hasta la doctora.

Los que sí podían tener razón para quejarse eran los vecinos inmediatos, pero incluso ellos parecían llevarse bien con él, o quizá solo estaban resignados. Su hogar olía a exceso de animales, a perros y gatos, a orines y a algo más intenso.

Todos procuraban pasar lo más rápido posible frente a la vivienda de Manolo mientras aguantaban la respiración; Quique se ponía morado. Si llegaban a encontrarlo en la calle, se detenían a platicar de todo y de nada con él.

Solo había dos escenarios en los que dichas pláticas se hacían lo más cortas posible: cuando los vecinos se encontraban a Manolo a la puerta de su casa o cuando él era paseado por su tropel de perros.

La primera vez que Quique lo vio rescatar un animal, Manolo envolvió a un gato atropellado con su chamarra. El gato lo arañó, pero él no lo soltó.

—Lo llevaré al veterinario —dijo Manolo.

El gato no sobrevivió. Manolo cavó un hoyo en el camellón, colocó en él al gato, vertió cal y tapó el agujero. Eso último Quique no lo vio; lo escuchó de una plática de adultos en casa del abuelo.

En ese momento, la muerte le pareció algo que se hacía en secreto y de lo que solo se hablaba en voz baja y en confianza.

Quique platicaba tanto sobre los animales de Manolo que sus papás malinterpretaron sus palabras y le consiguieron una cachorra. Quique no supo qué pensar. Le gustaba la idea de tener un perro, pero le parecía mucha responsabilidad y un peligro; no quería que su casa oliera igual que la de Manolo y no sabía cómo evitarlo.

Todos los días veía a Manolo y a su mozo —así lo llamaba Manolo— lavar los patios y la casa con cubetadas de agua y jabón. Quique pensaba que se necesitaba algo más que limpieza para evitar el mal olor; al menos a Manolo no le funcionaba lavar diario.

Lo único que sabía sin duda es que la llamaría Mila.

Algunos meses después, la doctora Nandita pasó casa por casa reuniendo firmas. Era necesario que las autoridades le pusieran un fin a las irregularidades de Manolo. Había convertido el camellón en un cementerio clandestino de mascotas y su casa era un foco de infección que enfermaba a todos; ella misma era alérgica a los gatos.

Por el mayor bien de la comunidad, y del propio Manolo, era necesario terminar con tanta irregularidad.

El abuelo de Quique comentó que la doctora llevaba seis firmas, cuatro más de las que le hubiera creído capaz de reunir contra Manolo. El abuelo no firmó, lo que molestó a la doctora, quien dijo que ya se estaba acostumbrando a la apatía de las personas que la vida le había puesto como vecinos.

—Luego Nandita cruzó la calle refunfuñando y se fue a tocar en una de las casas de enfrente —dijo el abuelo mientras se encogía de hombros.

—Abuelo, cuéntame algo de Manolo —se atrevió a interrumpir Quique.

—¿Qué te gustaría saber?

—Mmm... algo que no sepa.

—Los hules frente a la casa de Manolo, la del contador y la nuestra los sembramos entre los tres. La idea fue de Manolo.

—¿Y cómo le hicieron? ¡Están grandísimos!

El abuelo de Quique soltó una carcajada cariñosa.

—No, mijo. Cuando los sembramos eran apenas unas varas. Ya han pasado muchos años.

—¿Por qué los sembraron?

—A mí me pareció buena idea; algún día darían sombra. Ya lo hacen. Los árboles son necesarios, aunque tu tío se queje de que tiene que barrer muchas hojas.

—¿Y Manolo?

—Manolo tiene sus propias razones, ¿por qué no le preguntas a él?

Nunca se supo cuántas firmas juntó la doctora, pero semanas después un vehículo oficial del ayuntamiento se estacionó frente a la casa de Manolo. Bajaron tres personas con un montón de papeles en las manos y, aunque no se veían muy felices, se metieron a la casa con Manolo.

Pronto se supo la noticia: Manolo debía pagar una fuerte multa.

—¿Qué vas a hacer, Manolo? —le preguntó el abuelo.

—¿Y qué queréis que haga? ¡Pagar, hombre, pagar! Que no queda otra, la ley es la ley. ¡Pero imaginad, Jesús! ¡Estos tíos se han creído que pueden espantarme con unos papeles! ¡A mí, que era un crío cuando vi... cuando vi cosas que no debe ver un niño! ¡Unos papeles! ¡Y una multa! ¡Pardiez, que eso no espanta a nadie! —soltó Manolo una de sus conocidas ráfagas mientras sonreía y le guiñaba un ojo a Quique.

—¿Qué cosas no debe ver un niño, Manolo? —preguntó Quique, quien también quería saber qué significaba “pardiez”, pero no se atrevió a preguntar.

—¡Anda, chaval! Cosas que en este país no existen. Yo, a tu edad... a tu edad tuve que dejar de ser niño —Manolo hizo una pausa mirando al camellón con los ojos vidriosos—. México me ha permitido vivir y siempre le estaré agradecido, y a mis padres por traerme aquí. Y por eso, Jesús, pagaré la multa —remató, dirigiéndose al abuelo.

—¿Qué te dijeron de los animales?

—¡Que me cargue con ellos! ¡Serán escombros! ¡Estos garrulos del municipio! Perdona, Jesús, esta no es mi tierra, pero es más mía que la que dejé, porque los funcionarios aquí y en todos lados son basura. No se ocupan ni de recoger las heces de los bichos, pero sí tienen tiempo de multarme, a mí, que hago lo que puedo por ellos.

—Manolo, mi abuelo dice que ustedes sembraron estos árboles —dijo Quique señalando los hules de la acera—. ¿Por qué?

—¡Claro que sí, chaval! El contador, que en paz descanse, tu abuelo y este servidor los plantamos hace no sé cuántos años. ¡Y ahora los del municipio pretenden que los tale! Se me olvidaba contarte, Jesús. Dicen que los árboles han de partir mi casa en dos si los dejo. ¡Pues adelante! Que cuando eso pase —Manolo hizo una pausa mientras movía la mano en el aire como tirando puños de tierra— yo ya seré alimento de raíces —continuó en un tono jocoso que al niño se le escapaba.

—¿También quieren que podes los nuestros?

—No, chaval, solo los míos.

—¿Por qué?

—¡Ah, chaval! —dijo Manolo mientras le daba una palmadita a uno de sus árboles—, porque a los míos los he dejado medrar a su aire. ¡Que crezcan libres, como debe crecer todo lo que sea y respire!

Después del episodio con los burócratas, la doctora dejó de hablarse con muchos de los vecinos y Quique se lo comentó a su abuelo.

—¿Recuerdas el papel que quería que firmáramos contra Manolo?

—Sí.

—¿Yo lo firmé?

—No, yo estaba contigo cuando le dijiste que te disculpara, pero que no firmarías.

—Correcto. ¿La doctora me habla ahora?

—No.

—Bueno, ahora ya sabemos quiénes no firmamos su petición... y quiénes sí. Pero tú sigue hablando con respeto a la doctora Nandita. Tener diferentes opiniones no nos hace enemigos.

Tiempo después, murió Mila, la perra de Quique, y a este solo se le ocurrió ir con Manolo por consejo.

—¡Así acabaremos todos, chaval! —le dijo Manolo mientras le ponía una mano en el hombro y le daba un ligero apretón.

Manolo le prestó una pala y le dijo que podía enterrar a Mila en el camellón, que de ese modo le regresaba a la tierra lo que era suyo. Le dijo que debía cavar un hoyo lo suficientemente grande y de al menos un metro de profundidad para enterrar a su perra.

Luego le dio instrucciones precisas: envolverla en una sábana, verter bastante cal y después colocar una tabla para evitar que los animales escarbaran y llegaran hasta los restos; luego tapar el agujero y esparcir la tierra sobrante para que no se notara ningún bulto en el camellón.

En algunos años, tras que la naturaleza hiciera su trabajo, podría plantar un árbol en el lugar.

Manolo le indicó tres sitios cercanos donde podía hacer el hoyo.

—¡No caves en otro lado, que despertarás a uno de los míos, eh! —dijo Manolo mientras le daba un ligero codazo.

Después de años de conocerlo, Quique finalmente entendía el humor de Manolo.

Quique consiguió unos guantes y se puso a cavar. Después de un par de horas se acercó Manolo con una sábana blanca.

—¡Hombre, hijo! ¡Que vais a enterrar un perro, no una vaca! No cavéis más, así está bien el agujero. ¡Mira, Quique! Para que no pase frío Mila. Que se la estaba guardando al Jamón, pero le hará más provecho a tu perra.

Quique recordó toda esta historia ahora que fue a visitar a su abuela. Su abuelo y Manolo fallecieron hace algunos años. La doctora Nandita continúa medrando a su aire; trabaja en algún tipo de comité vecinal en el municipio.

Quique no recuerda en qué parte está enterrada Mila; nunca sembró un árbol sobre su tumba, pero todo el camellón es una selva de árboles, arbustos y plantas varias. Apenas hay unos cuantos pasillos para atravesarlo. Mila, Jamón y solo Manolo sabe cuántos perros más debieron nutrir a esa pequeña selva.

Los hules frente a la casa de Manolo han crecido tanto que se necesitarían dos hombres con los brazos extendidos para poder rodear el tronco de cada uno. Han roto y levantado la banqueta y sus raíces claramente se han metido bajo la casa de Manolo.

Aún no la parten en dos, como le dijeron los del municipio que pasaría, pero van por buen camino.

—¡Coño, Manolo! ¡Que te has salido con la tuya! —pensó Quique antes de tocar el timbre de la casa de su abuela.

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