Aquella es una casa vieja, algo más descuidada que vieja, amplia y con un desnivel en la sala que deja la orilla más lejana del techo de dos aguas al nivel de los ojos cuando caminas por el pasillo.
La casa suele crujir de vez en cuando, tal vez con demasiada frecuencia si prestas la suficiente atención o si por algún extraño motivo sabes la regularidad con que hacen ruidos las casas viejas.
Los techos tienen la altura suficiente para mantener la casa caliente en verano y templada en invierno. Mucho la ayudan los seis o siete grandes árboles que crecen a su gusto dentro de los linderos del terreno; sus copas son tan altas y bastas que, si buscas el predio en un mapa satelital, es justo lo que ves en las imágenes: un enorme manchón verde.
El terreno tiene tal vez tres o cuatro metros de desnivel comenzando desde la calle y hacia el fondo del mismo; he ahí la razón del entrepiso dentro de la casa.
Es aquí donde he vivido los últimos años de mi vida, tal vez un poco más; tendría que hacer memoria para sacar la cuenta exacta.
Conozco el lugar de arriba a abajo hasta el punto en que sé en qué lugares pega el sol; aunque nunca me he fijado en cuál época del año la luz penetra hasta el clóset de la recámara principal, siempre la recibo como a una vieja amiga cuando llega destellando sobre las formas del mueble.
No me considero una persona consciente de mi entorno; no puedo enumerar todos los objetos que hay en una habitación ni su orden o ubicación exactos, pero inmediatamente detecto cuando algo no está o está fuera de lugar.
O al menos eso me gusta, me gustaba, creer.
Desperté como cualquier otro día, pero no podía recordar si sonó el despertador y lo apagué o si me desperté y lo apagué antes de que sonara la alarma. Solo era consciente de que estaba ya sentado a la orilla de la cama.
Normalmente no soy tan despistado, pero en cuanto abrí los ojos algo llamó poderosamente mi atención, aunque no tengo idea de qué fue, de qué es en realidad, porque está pasando justo ahora.
Estoy en mi habitación, pero hay algo distinto en ella; el ambiente se siente denso, es una sensación física. Juraría que estoy bajo el agua, pero estoy respirando por la nariz y el aire se percibe pesado, con un olor entre metálico y a globo.
Yo mismo me siento pesado, pero como si tuviera un ancla. El piso de mi habitación, la de siempre, se siente distinto.
Se escuchan pájaros afuera, así que me levanto y me acerco a la ventana. La cochera descubierta tiene las huellas de cemento como las de la casa de la abuela: redondas y de distintos tamaños, con las más pequeñas de color negro.
Todo es tan familiar, pero algo no cuadra; mi mente me dice que así no es el suelo de la cochera, pero se ve tan real… Me quedé pensando en ello por no sé cuánto tiempo hasta que sonó un “click”.
Allá en los noventa eran muy populares los despertadores de manecillas, de pilas y con una alarma que sonaba como mentada en el funeral de tu progenitora: “ti-ri-ti-ti, ti-ri-ti-ti”.
Los más observadores o los de sueño ligero, más alguno que otro obsesionado, habrán notado que justo antes de empezar su cacofonía, los relojes despertadores de ese estilo sonaban con un ligero “click” instantes antes de que la susodicha alarma se disparara.
Seguramente ese “click” es un sonido mecánico que hacen las manecillas al dar la hora en que se ha ajustado la alarma.
Tengo el sueño profundo, pero con el paso del tiempo mi cuerpo se fue acostumbrando a percibir ese “click” y responder automáticamente a él lanzando el brazo hacia el despertador para apagar el botón de alarma antes de que empezara a reproducir su sonora maldición.
Ahora que lo pienso, sería interesante medir cuánto tiempo pasa entre el “click” y el “ti-ri-ti-ti”, probablemente una fracción de segundo que marca la diferencia entre despertarse de buen humor o con un humor de los mil demonios.
Lanzar el brazo, apagar el despertador antes de que sonara, caer en cuenta de que es la segunda vez que lo hago y sentarme extrañado en la cama fue todo un solo movimiento.
El aire sigue siendo denso.
Y eso es la segunda cosa extraña del día: es la segunda vez que suena el despertador y me siento a la orilla de la cama, solo que ahora sí tengo presente cómo llegué ahí.
No entiendo, si ya estaba despierto, ¿cómo es que volví a despertar?
El piso de la recámara es el piso de toda la vida, pero es distinto incluso de lo que era hace apenas un rato.
Como no tengo ánimo de asomarme a la ventana, prefiero abrir la puerta del cuarto y ¡oh, sorpresa! ¡Se me cayó el alma a los pies y el miedo se apoderó de mí!
¡Se han metido a robar! ¡Otra vez! ¡Y mientras estaba dormido!
Tengo el sueño pesado, lo acepto, ¡pero esto es ridículo!
El desorden se parece mucho a aquella primera vez que me robaron. Vaciaron todos los cajones, desperdigaron el contenido por todos lados, voltearon cuanto mueble pudieron, tiraron toda la ropa, esculcaron hasta lo que no recordaba que tenía y lo expurgaron todo a su antojo.
Descubrir al llegar a casa que te han robado genera una enorme impotencia y ansiedad por estar en el lugar donde deberías sentirte seguro; despertar y encontrarlo es desbloquear el siguiente nivel.
En medio del temor y la rabia por la impotencia no puedo evitar mirar con asombro toda la escena: de entrada, hay muchas, muchísimas más cosas que antes de que me robaran. ¿Cómo es eso posible si cuando te roban se llevan cosas?
Parecía haber demasiados objetos de madera, infinidad de trozos de madera, mejor dicho, y todo, absolutamente todo, flotaba con una apacible pereza y a la vez con una pesada angustia, como la de aquella hormiga que en la escena de una caricatura flotaba en la ingravidez del espacio entre pedazos de vidrio y los restos de su hormiguero mientras gritaba: “¡Libertad, horrible, horrible libertad!”.
Me siento aterrado por el robo y fascinado por el desorden que dejó. No puedo moverme, no sé cómo hacerlo y, francamente, no sé de qué me acabo de liberar.
Yo no floto, aunque sí me siento más ligero y mis brazos parecen estar medio suspendidos en el aire.
En cuanto me hice consciente de mis brazos, volteé a mirarlos.
Ahora estoy arrodillado mientras abrazo a un hombre anciano que parece ser mi abuelo. Empieza a desesperarme no tener certeza de nada, de saber que todo lo que está pasando me es familiar, pero a la vez ajeno.
Un doctor a mi lado comenta que no hay nada que hacer sino esperar; sus palabras son un bálsamo que me relaja. Abrazo con todas mis fuerzas y la mayor delicadeza posible al hombre entre mis brazos y le susurro al oído: “Está bien, puedes descansar”.
El hombre se empezó a desvanecer ante mis ojos mientras yo pensaba seriamente que debí probar esos hongos cuando me los ofrecieron; al menos así ahora tendría una referencia de si lo que estoy viviendo es una alucinación.
Tal vez me estoy volviendo loco o ya me deschaveté.
Desde hace no sé cuántos días escucho voces en mi cabeza y un monótono y maldito ruido que no logro identificar. Se parece mucho al sonido de la trompeta del fanático que, unas cinco filas debajo de mí, hace sonar a la susodicha como si le fuera la vida en ello.
El tipo no trae camisa y tiene el cuerpo y el rostro pintados de azul y blanco, con un escudo en el pecho que no alcanzo a identificar por la distancia, porque ya se ve algo deforme, de tanto sudor supongo, y porque tampoco sé mucho de equipos.
Otra vez sonó la alarma, o eso creo.
Estoy sentado en unas gradas. El ambiente en el estadio es de fiesta y algarabía total; hay confetis y pequeñas explosiones de humo por varios lados dentro de las gradas. ¿No están prohibidas esas cosas? No lo sé, pregunto.
El ruido y el griterío de la gente a mi alrededor suenan amortiguados, como a través de una sordina o como en las películas tras una explosión que rompe los tímpanos, con un pitido agudo y continuo.
Quiero buscar el marcador, en algún lugar del estadio debe estar, pero no lo veo y, de repente, tan de repente que hasta puedo imaginar la música que tocan antes de que te ataque el tiburón, ¡hombre, si hasta juro que la estoy escuchando!: “dum, dum… dum, dum… dum, dum… dum, dum, dum, dum…”.
No me quiero mover. Comienzo a percibir que algo entra en mi campo de visión, flotando suave y plácidamente. ¡Por favor, que no sea un brazo!
No me preocupa el brazo, sino lo que lo viene persiguiendo a él. Ni siquiera puedo mover los ojos; tengo que esperar a que aquella maldita cosa siga flotando hacia mi campo de visión.
Estoy completamente paralizado.
No tienen ni idea del alivio que sentí.
Esa cosa flotando hacia mí en el estadio es un pedazo de madera, un pedazo de madera de un cajón, del cajón del mueble de la cocina… de la casa que acabo de descubrir que robaron… después de despertar tres o no sé cuántas veces… del sueño… donde no estaba ese gordinflón de la trompeta que sigue frente a mí, cinco filas hacia abajo y como 10 lugares a la derecha…
¿Estoy soñando? ¡Estoy soñando!
Eso o nadie me avisó que se me botó la canica.
La revelación es un golpe brutal. De repente puedo escuchar con toda claridad hasta el aleteo de una mosca que, sin embargo, no puedo ver.
La sensación de pesadez ha desaparecido, todo se ve con nitidez, incluso el escudo del trompetudo; es un escudo del Inter de Milán.
No tengo ni peregrina idea de cómo sé eso, pero lo sé.
¿Qué hago? ¿Qué se hace en un sueño cuando te das cuenta que estás soñando?
La realidad me acaba de golpear con fuerza de ariete, el aire ha entrado a raudales en mi pecho y me hincha hasta casi reventar, me siento eufórico. ¡Quiero volar!
No sé cómo hacerlo. ¡Malditas abejas y su completo desconocimiento de las leyes de la aerodinámica! ¿Cómo carajos lo hacen?
Bajo los brazos, enderezo el cuerpo y doy un pequeño salto hacia arriba. ¡Estoy en el aire!
Las gradas y la gente están algunos metros por debajo de mis pies. ¡Realmente estoy soñando!
Quiero volar más alto, no tengo ningún control, trastabilleo en el aire, pataleo y manoteo.
La euforia me revienta el alma, pero no duele, creo que es éxtasis.
Caigo de sopetón y despierto.
Estoy en un cuarto, parece de madrugada, a punto de amanecer, pero no es mi casa. Creo que no sonó ningún despertador, pero hay algún tipo de monótono pitido.
Me encuentro recostado, tranquilo y reposado. ¡Qué extraño!
Con la euforia de hace unos instantes es para que mi corazón bombeara con el frenesí de veinte corazones delatores, pero late sereno, a su ritmo. ¿Dónde estoy? ¿Sigo soñando? ¿Cómo me despierto?
Una mano toca mi pecho con sumo cuidado, creo que es Ella y, si no lo es, la tiene bien estudiada.
Me siento anclado.
Quiero abrir los ojos, pesan infinito, pero finalmente responden y me permiten ver lo que hay a mi alrededor. ¡Vaya sorpresa! ¿Cuántas veces he despertado hoy en una cama?
Sé que es normal despertar acostado y en una cama, ¡pero tantas veces en un día! ¿En un día?
Quiero volar, pero no pasa nada, no me puedo mover.
La presión de su mano se vuelve un poco más firme; algo me dice, pero no entiendo. La miro a los ojos y la presión de su mano se siente como un ancla.
Creo que estoy despierto, espero que no porque en el rincón del cuarto hay unos globos que parecen de Eso.
—No intentes hablar, no puedes, estás entubado —me dice.
Mientras no sea por el ano, ¿qué más da?
Quiero reír, pero los aparatosos tubos que tengo en la boca casi me ahogan. ¡Por Dios! ¡Qué dolor!
Hay caos y revuelo a mi alrededor, alguien avienta a Ella a un lado y se acerca a mí.
Solo quiero reír, nunca pensé que pudiera ser tan doloroso. ¿Se imaginan si estuviera entubado por el ano?
¡Joder, casi me ahogo de la risa! Supongo que el aparato no me deja, ¡pero por la tía Lola cómo duele!
Algo hicieron que me hundo en las penumbras y lo último que veo son los globos de la esquina que me recuerdan una película de miedo. ¿Quién quiere abrazar a Morfeo con esa última imagen en la cabeza?
Otra vez estoy despierto y no sé ni cómo, no lo recuerdo, simplemente estoy despierto.
La mano de Ella continúa sobre mi pecho.
No sé si me accidenté o tan solo me estoy muriendo; no recuerdo que me fueran a operar de nada.
Hace años me dije que cuando estuviera moribundo me gustaría decir mis últimas palabras y creo que ha llegado mi hora de brillar.
Creo que puedo mover la mano. Ella la mira y, como puedo, le hago señas para que se acerque y, por lo visto, me entendió.
Acercó su rostro al mío y, como pude, le dije:
—¡Chupa limón!
¿Su respuesta?
—No puedes hablar, recuerda.
¡Me lleva la que me trajo al mundo y me regresa la que me llevó! ¡Malditos tubos!
Pero me queda la mano, ¡clave Morse! ¿Alguno de los presentes la conocerá?
Muevo frenéticamente los dedos hasta que lo notan; alguien dice que parece que quiero decir algo. ¡Vaya genios!
Se miran entre ellos y se preguntan si será Morse. ¡Sí yo sé Morse! Ahora el tema es... ¿hay alguien que sepa Morse?
No sé si tengo tiempo, así que empiezo a deletrear “chupa limón” una y otra vez, con calma, con pausas, tratando de separar la pequeña frase para que alguien la entienda. ¡Hombre, que la graben y luego se la enseñen a alguien!
Los presentes en la habitación prestaban toda su atención a los movimientos de su mano; tamborileaba con cadencia y parecía llevar un ritmo que fue disminuyendo en intensidad hasta que, de repente, paró por completo.
—Alguna vez me dijo que cuando muriera, si alguien le preguntaba o le decía algo, él respondería con un “dile que chupe limón” —comentó Ella conteniendo el llanto.
—¿Por qué?
—No lo sé, supongo que le hacía gracia.
—¿Sería eso lo que intentaba decirnos con el tamborileo?
—Eso espero, aunque a mí me sonaba más como un “ti-ri-ti-ti, ti-ri-ti-ti”.
Macario M.

