Ahí estoy yo, recostado sobre el pasto en uno de los prados del parque, rodeado de muchos y muy altos edificios. Mirar hacia arriba es casi como hacerlo a través de una ventana. Otro día más sin estrellas. Ni una sola. Intento verlas, hasta traigo los binoculares de papá; es de noche y no hay luna, pero realmente no puedo ver ni una sola. Acá entre nos, al menos de este lado, no puedo verlas por tres razones:
1. Estás tan cerca del libro que lo único que puedo ver es la silueta de tu cabeza, como si fueras un eclipse, pero en vez de tapar el sol, me tapas las estrellas. No me preguntes cómo es esto posible. Yo solo estoy narrando lo que me pasa. Sé que tú solo estás leyendo lo que yo te narro que me pasa. Quizá puedas preguntarle al que escribió estas páginas, ¡buena suerte con eso!
2. No tengo modo de saber si de tu lado es de noche o de día cuando tienes el libro entre tus manos. Si allá es de día, por más que acá sea de noche, supongo que no podría ver las estrellas. A veces sospecho que te gusta el humor negro y, por alguna razón que solo tú encuentras divertida, te gusta dejar el libro abierto justo en esta página. Quizá incluso dejas una lámpara encendida todo el tiempo sobre mi cabeza, lo que explicaría el calorón que hace por acá, ¡y todos pensando que la ola de calor se debe al cambio climático!
3. Quizá no las vemos por una cuestión local, algún fallo en la continuidad o algo así.
Lo cierto es que desde hace meses nadie ha podido ver las estrellas en la ciudad. La luna sí, pero no las estrellas, ni los planetas, ni nada. Antes de seguir, ¿te das cuenta de lo que esta comunicación entre nosotros significa? Hasta antes de hoy, para mí tú no existías; ni yo para ti. Es como si nuestra existencia dependiera del reconocimiento del otro. No sé tú, pero a mí la idea me explota la cabeza, ¡y yo aquí intentando preocuparme por unas tristes estrellas!
Toda la ciudad sabe lo de las estrellas. Raúl miraba al cielo cada noche, su lugar favorito era desde el parque; la cabeza le exploraba el misterio: ¿por qué no hay estrellas? ¿En qué afecta que sean o no visibles?
—En nada —se respondía a sí mismo—. Supongo que por eso a la mayoría no le importa —seguía pensando Raúl.
Algunos de sus amigos en la prepa tenían una curiosidad similar, así que preguntaron a los profesores. Nacho, de cálculo, sugirió que hicieran una investigación. A Raúl le pareció tonto; buscaban respuestas, no puntos extra, y se lo dijo a Nacho.
—No todo son calificaciones en una boleta —contestó Nacho—. ¿Tienen un problema o una duda? Investiguen, empiecen por preguntar en su círculo cercano. Ya me preguntaron a mí, no tengo la respuesta, sigan investigando. Si algo se les atora, yo les echo la mano. Busquen comprender cómo sucede un fenómeno y luego sabrán las posibles fallas.
Por cierto, amable lector, si esto te aburre, puedes pasar directo a la página 62. Allá encuentras la respuesta, pero cuidado con creer todo lo que te dicen... o lees.
¡Ja! No encontraste una página 62, ¿cierto? Disculpa, te estoy vacilando un poco.
Mi papá se sorprende que mis amigos y yo no tengamos idea de cómo viaja la luz de las estrellas. Dice que, si una estrella está a cinco millones de años luz, esa luz que hoy veríamos se emitió hace cinco millones de años y que detrás de esa luz vienen al menos miles de años más de luz. Esa imagen no se apaga de un día para otro, ni de un año a otro, ni siquiera de un siglo a otro, no en términos humanos.
—Tu respuesta está del lado de la Tierra, no de las estrellas —dijo mi papá.
—Tú sabes la razón, ¿cierto?
—Creo que sí.
—¿Y por qué no simplemente me lo dices?
—Porque no siempre estaré aquí para resolver tus problemas. Tienes que aprender a buscar tus propias respuestas.
—¡Argh! ¡A veces te odio!
—No siempre estaré aquí para que me odies.
—¿¡Por qué hablas como si te fueras a morir!?
—Porque algún día lo haré. Mientras tanto, puedes contar conmigo para ayudarte y guiarte, pero no para resolver tus problemas.
—¡Argh!
¡Lector! Si mi padre te ha fastidiado tanto como a mí, sáltate a la página 37. Te prometo que ahora sí hablo en serio. Terminemos con esta historia de una buena vez.
Mientras tanto, déjame contarte acerca de Sofía, Ella ha estado en esto desde el principio y, para que tenga la imagen completa, también le he platicado todo lo que hablé con mi papá. Solo me faltaba contarle de tu existencia, querido lector.
Me ha escuchado con total concentración. Eso me agrada de ella: no importa qué le diga, me escucha y no se burla, me cree. Y si piensas que eso es normal, ve y dile a tu mejor amiga(o) que eres parte de un cuento o (a juzgar por tu cara) de un truco barato de la cuarta pared y luego me cuentas qué te dice.
Incluso le confesé mis teorías sobre tu intervención en este asunto. Y se quedó largo rato pensando, mucho tiempo, antes de contestar.
—¿Dices que lo viste en este parque? —Estamos donde tú y yo nos conocimos, querido lector.
—Sí —Claro que no le dije que te veo en todos lados. Tampoco voy a estirar mi suerte.
—Oye, Raúl, ¿has leído un libro? —No me dejó contestar, puso un dedo en mis labios y siguió—: ¿Has visto que en los créditos normalmente indica el tiraje? "Equis cantidad de ejemplares". Si hablas con un lector, entonces alguien nos está leyendo. ¿Y si ese alguien en vez de uno es “n” cantidad de lectores? Si nos leen desde las alturas, entonces dirigen su mirada hacia nosotros, ¿y si las estrellas que vemos son los ojos de los lectores? —¡Cósmico! No sé qué contestarle a Sofía.
—¡Pero eso no explica por qué ya no se ven estrellas en el cielo!
—No lo sé. ¿Cuánto tiempo tarda en llegar su mirada hasta nosotros?
Raúl se puso a investigar como le sugirieron Nacho y su papá. Lo único que pudo encontrar relacionado con el tema fue una nota donde se anunció la culminación de un programa de tres años que logró sustituir las decenas de miles de luminarias del alumbrado público de toda la ciudad.
Luminarias LED, de luz blanca similar a la luz de día, mucho más eficientes, luminosas y ahorradoras comparadas con la vieja tecnología. En efecto, la iluminación nocturna de la ciudad había mejorado muchísimo, ahora lo entendía Raúl.
Investigó aún más y encontró que, a menos que sea cuidadosamente planeada, la incorporación de iluminación LED puede provocar alteración en los ritmos de sueño de los animales citadinos y de las personas y, por supuesto, contaminación lumínica.
Raúl llegó a la conclusión de que tener tanta luz en las calles era la razón por la que ya no se podían ver las estrellas. Aunque en lo personal le gustaba más la idea de Sofía, no podía explicarla racionalmente.
—Pero tampoco puedo explicar cómo carajos y por qué sé que existes y puedo hablarte a ti, querido lector. Así que la próxima vez que mires hacia arriba, donde están tus estrellas, no dejes de preguntarte si existe alguien que te esté leyendo justo ahora. Si no sabes de lo que hablo, estimado lector de brillantes ojos, puedes regresar a la página que te saltaste.
Atentamente,
Raúl

