octubre 03, 2026

LAS SOMBRAS DE LA CUEVA ©

 



Ahí estoy yo, recostado sobre el pasto en uno de los prados del parque, rodeado de muchos y muy altos edificios. Mirar hacia arriba es casi como hacerlo a través de una ventana. Otro día más sin estrellas. Ni una sola. Intento verlas, hasta traigo los binoculares de papá; es de noche y no hay luna, pero realmente no puedo ver ni una sola. Acá entre nos, al menos de este lado, no puedo verlas por tres razones:

    1. Estás tan cerca del libro que lo único que puedo ver es la silueta de tu cabeza, como si fueras un eclipse, pero en vez de tapar el sol, me tapas las estrellas. No me preguntes cómo es esto posible. Yo solo estoy narrando lo que me pasa. Sé que tú solo estás leyendo lo que yo te narro que me pasa. Quizá puedas preguntarle al que escribió estas páginas, ¡buena suerte con eso!

    2. No tengo modo de saber si de tu lado es de noche o de día cuando tienes el libro entre tus manos. Si allá es de día, por más que acá sea de noche, supongo que no podría ver las estrellas. A veces sospecho que te gusta el humor negro y, por alguna razón que solo tú encuentras divertida, te gusta dejar el libro abierto justo en esta página. Quizá incluso dejas una lámpara encendida todo el tiempo sobre mi cabeza, lo que explicaría el calorón que hace por acá, ¡y todos pensando que la ola de calor se debe al cambio climático!

    3. Quizá no las vemos por una cuestión local, algún fallo en la continuidad o algo así.

Lo cierto es que desde hace meses nadie ha podido ver las estrellas en la ciudad. La luna sí, pero no las estrellas, ni los planetas, ni nada. Antes de seguir, ¿te das cuenta de lo que esta comunicación entre nosotros significa? Hasta antes de hoy, para mí tú no existías; ni yo para ti. Es como si nuestra existencia dependiera del reconocimiento del otro. No sé tú, pero a mí la idea me explota la cabeza, ¡y yo aquí intentando preocuparme por unas tristes estrellas!

Toda la ciudad sabe lo de las estrellas. Raúl miraba al cielo cada noche, su lugar favorito era desde el parque; la cabeza le exploraba el misterio: ¿por qué no hay estrellas? ¿En qué afecta que sean o no visibles? 


—En nada —se respondía a sí mismo—. Supongo que por eso a la mayoría no le importa —seguía pensando Raúl.


Algunos de sus amigos en la prepa tenían una curiosidad similar, así que preguntaron a los profesores. Nacho, de cálculo, sugirió que hicieran una investigación. A Raúl le pareció tonto; buscaban respuestas, no puntos extra, y se lo dijo a Nacho.


—No todo son calificaciones en una boleta —contestó Nacho—. ¿Tienen un problema o una duda? Investiguen, empiecen por preguntar en su círculo cercano. Ya me preguntaron a mí, no tengo la respuesta, sigan investigando. Si algo se les atora, yo les echo la mano. Busquen comprender cómo sucede un fenómeno y luego sabrán las posibles fallas.


Por cierto, amable lector, si esto te aburre, puedes pasar directo a la página 62. Allá encuentras la respuesta, pero cuidado con creer todo lo que te dicen... o lees.



¡Ja! No encontraste una página 62, ¿cierto? Disculpa, te estoy vacilando un poco.



Mi papá se sorprende que mis amigos y yo no tengamos idea de cómo viaja la luz de las estrellas. Dice que, si una estrella está a cinco millones de años luz, esa luz que hoy veríamos se emitió hace cinco millones de años y que detrás de esa luz vienen al menos miles de años más de luz. Esa imagen no se apaga de un día para otro, ni de un año a otro, ni siquiera de un siglo a otro, no en términos humanos.


—Tu respuesta está del lado de la Tierra, no de las estrellas —dijo mi papá.

—Tú sabes la razón, ¿cierto?

—Creo que sí.

—¿Y por qué no simplemente me lo dices?

—Porque no siempre estaré aquí para resolver tus problemas. Tienes que aprender a buscar tus propias respuestas.

—¡Argh! ¡A veces te odio!

—No siempre estaré aquí para que me odies.

—¿¡Por qué hablas como si te fueras a morir!?

—Porque algún día lo haré. Mientras tanto, puedes contar conmigo para ayudarte y guiarte, pero no para resolver tus problemas.

—¡Argh!


¡Lector! Si mi padre te ha fastidiado tanto como a mí, sáltate a la página 37. Te prometo que ahora sí hablo en serio. Terminemos con esta historia de una buena vez.

Mientras tanto, déjame contarte acerca de Sofía, Ella ha estado en esto desde el principio y, para que tenga la imagen completa, también le he platicado todo lo que hablé con mi papá. Solo me faltaba contarle de tu existencia, querido lector.

Me ha escuchado con total concentración. Eso me agrada de ella: no importa qué le diga, me escucha y no se burla, me cree. Y si piensas que eso es normal, ve y dile a tu mejor amiga(o) que eres parte de un cuento o (a juzgar por tu cara) de un truco barato de la cuarta pared y luego me cuentas qué te dice.

Incluso le confesé mis teorías sobre tu intervención en este asunto. Y se quedó largo rato pensando, mucho tiempo, antes de contestar.


—¿Dices que lo viste en este parque? —Estamos donde tú y yo nos conocimos, querido lector.

—Sí —Claro que no le dije que te veo en todos lados. Tampoco voy a estirar mi suerte.

—Oye, Raúl, ¿has leído un libro? —No me dejó contestar, puso un dedo en mis labios y siguió—: ¿Has visto que en los créditos normalmente indica el tiraje? "Equis cantidad de ejemplares". Si hablas con un lector, entonces alguien nos está leyendo. ¿Y si ese alguien en vez de uno es “n” cantidad de lectores? Si nos leen desde las alturas, entonces dirigen su mirada hacia nosotros, ¿y si las estrellas que vemos son los ojos de los lectores? —¡Cósmico! No sé qué contestarle a Sofía.

—¡Pero eso no explica por qué ya no se ven estrellas en el cielo!

—No lo sé. ¿Cuánto tiempo tarda en llegar su mirada hasta nosotros?


Raúl se puso a investigar como le sugirieron Nacho y su papá. Lo único que pudo encontrar relacionado con el tema fue una nota donde se anunció la culminación de un programa de tres años que logró sustituir las decenas de miles de luminarias del alumbrado público de toda la ciudad.

Luminarias LED, de luz blanca similar a la luz de día, mucho más eficientes, luminosas y ahorradoras comparadas con la vieja tecnología. En efecto, la iluminación nocturna de la ciudad había mejorado muchísimo, ahora lo entendía Raúl.

Investigó aún más y encontró que, a menos que sea cuidadosamente planeada, la incorporación de iluminación LED puede provocar alteración en los ritmos de sueño de los animales citadinos y de las personas y, por supuesto, contaminación lumínica.

Raúl llegó a la conclusión de que tener tanta luz en las calles era la razón por la que ya no se podían ver las estrellas. Aunque en lo personal le gustaba más la idea de Sofía, no podía explicarla racionalmente.


—Pero tampoco puedo explicar cómo carajos y por qué sé que existes y puedo hablarte a ti, querido lector. Así que la próxima vez que mires hacia arriba, donde están tus estrellas, no dejes de preguntarte si existe alguien que te esté leyendo justo ahora. Si no sabes de lo que hablo, estimado lector de brillantes ojos, puedes regresar a la página que te saltaste.


Atentamente,

Raúl

septiembre 30, 2026

LA LEY ES DURA, PERO ES LEY ©


 


La sociedad solía burlarse del calentamiento global; creían en los políticos, que por un puesto público y acceso al presupuesto eran capaces de vender a su madre, tres veces al menos, para sacarle provecho.

Mi abuelo comenzó a escuchar las advertencias en su niñez: la Tierra no aguantaría el frenético ritmo que la explotación humana le imponía; para cuando llegó a los cuarenta, esa Tierra empezó a cobrar sus facturas con sangre. Maremotos reclamaban la vida de cientos de miles; sequías arruinaban vastas regiones de cultivos, compitiendo con heladas por ver quién arruinaba más cosechas; lluvias torrenciales ahogaban a tirios y troyanos.

Todos los años se rompían récords: el día más caluroso, la mayor cantidad de lluvia en veinticuatro horas, el político más cínico y corrupto, el nuevo hombre más rico del mundo. La naturaleza y los humanos parecían empeñados en superarse con cada nuevo fenómeno.

La ciudad solía ser el oasis de la humanidad, el lugar donde la ciencia y las diferentes disciplinas del saber humano convergían para crear el futuro, alimentado por el campo. Ya no. Las ciudades se han convertido en las islas donde hemos naufragado sin salvación alguna.

—Las noticias del cambio climático encierran una gran mentira —solía decir mi abuelo, sentado en su mecedora, mientras veíamos el horizonte de un imposible color naranja—: el calentamiento global no destruirá a la Tierra, nos destruirá a nosotros. La Tierra sobrevivirá.

Algo distinta a cómo la encontramos, añadiría yo.

A mi hijo le cuesta creerme cuando le cuento cómo era la vida en tiempos de su bisabuelo. ¿Cómo decirle que el cielo era azul cuando yo misma solo lo vi unas pocas veces cuando era niña?

Algo que nunca le conté a mi hijo es que mi abuelo, antes de morir, me regaló unas semillas de aguacate.

Hoy en día, el cielo ya no solo es gris; es una masa densa y apestosa que te ahoga y oprime. No es de extrañar que vendan aire enlatado, aunque para comprarlo tengas que vender un pulmón.

¿Lo más irónico del caso? Antes vendían aire puro, pero a la mayoría de la gente la ponía verde. La lata de aire premium no huele a nada, pero todo es relativo.

Salió un estudio que dice que ese aire tiene la misma composición que el aire londinense de principios del siglo XX, justo cuando se inventó la palabra "smog". ¡Jodidos estamos para que el inicio de la contaminación moderna sea nuestra medida de pureza!

Puedo continuar un largo rato rememorando cómo es vivir en esta época, pero duele demasiado. Francamente, divago; el dolor de la realidad me parte en mil pedazos. ¡Quiero llorar! ¡Quiero matar y ver sangre!

Pero eso me convertiría en alguien igual o peor a esos malditos que manejan el sistema para ganar dinero. ¿De qué les sirve ganar un Potosí si el mundo en que anhelan gastar su fortuna es el mismo que destruyeron para ganarlo?

Lo peor de este maldito mundo son sus leyes. Curiosamente, ahora sí las cumplen a rajatabla.

En la antigua Grecia alguien ideó el primer código de leyes escrito, un tal Dracón, de quien se dice que escribió sus leyes con sangre, no con tinta. ¡Mierda de mundo! ¿Por qué repetimos la historia? Corregida y aumentada, por supuesto.

Permanecer en el exterior cuando llueve está penado. No es que nadie quiera cantar bajo la lluvia; esa agua quema peor que el ácido. Si te mojas con ella, la pena de muerte que te imponen suena a misericordia.

Tocar la tierra es una de las máximas ofensas, aunque ya toda la ciudad está cubierta por una lápida de cemento, y encontrar algo de tierra es más difícil que ganarse la lotería.

La mayoría de los delitos tienen penas corporales o monetarias, como ha sido casi siempre. La novedad en nuestro bendito sistema son los delitos contra la Madre Naturaleza; así, con mayúscula, la identifican en las leyes y reglamentos. Así, en su nombre, parece una burla.

Todas las faltas menores se castigan con la muerte. Para las ofensas más graves no encontraron un castigo más severo, lo que en la práctica significa que si cometes un delito, ya estás muerto.

El giro de tuerca de estos perros malditos son los métodos para ejecutar la sentencia: torturas tan elaboradas y retorcidas que el mismo Torquemada envidiaría.

¿La más poética de todas las formas que imaginaron para ejecutar a los ofensores de la Madre Naturaleza?

Con ingeniería genética crearon unas cápsulas que contienen semillas modificadas de árboles. Las cápsulas contienen los químicos adecuados para mezclarse con las proteínas y enzimas humanas y transformarse en los nutrientes y fertilizantes necesarios para sustentar los primeros meses de vida del árbol; además, los árboles cuentan con un tratamiento para poder sobrevivir y crecer dentro del cuerpo.

Sé que divago desde hace rato, pero no puedo con el peso de la realidad. ¡Siento que muero!

A los ofensores les administran una de esas cápsulas y los mantienen en prisión durante los meses que el árbol tarda en crecer dentro de ellos. Cuando las ramas botan los globos oculares y se asoman por las cuencas de los ojos, llevan a los prisioneros a las afueras de la ciudad, a un lugar secreto donde, según dicen, regeneran un bosque.

Descubrí que es delito tener semillas de cualquier tipo en tu poder. Lo más sensato era deshacerme de las semillas de aguacate que me regaló mi abuelo, pero lejos de casa para evitar problemas.

No me di cuenta de que mi hijo me siguió y tampoco me enteré de que ellos nos siguieron a los dos.

Cuando pensé que estaba en un lugar apartado y seguro, saqué las semillas para destruirlas. Yo no los vi, pero mi hijo sí.

Cuando aún estaban lejos, tomó una botella del suelo y me golpeó con tal fuerza que perdí el conocimiento. Por eso le creyeron cuando les dijo que las semillas eran suyas; les contó que yo se las quería quitar para denunciarlo y que por eso tuvo que golpearme para recuperarlas.

Me permitieron verlo antes de que le administraran la cápsula; es la última vez que te dejan ver a un condenado.

Dracón estaba equivocado: sí hay un castigo peor que la muerte: Roberto solo tiene quince años.

septiembre 28, 2026

Las raíces somos todos ©


Esta imagen fue generada con IA


 La calle de su abuelo es ancha y los árboles de ambas banquetas se han entrelazado con los del camellón, formando un dosel doble en toda la calle. Al recorrerla, te sientes dentro de un fresco túnel de árboles con suelo de asfalto que, en cierta época del año, se transforma en una alfombra de hojas.

En esa calle, todos los vecinos eran tan viejos como su abuelo. Con ocho años, cualquiera más allá de los veinte te parece un anciano.

Quique veía un montón de gente interesante: los Thompson, los policías que tenían una oficina en la esquina de la calle, Maru y Meche, dos de las amigas de su abuela, y la doctora Nandita, aunque Quique procuraba evitarla: simplemente no la entendía.

Pero entre todos destacaba Manolo; su presencia ahí era tan natural como los árboles mismos y su voz, tan peculiar y siempre presente, como el crujir de las hojas. Al principio, Quique no le entendía; el hombre hablaba en ráfagas sostenidas y con un acento desconocido.

Era una delicia escucharlo hablar de lo que fuera. La jovialidad y energía que transmitía te hacían revivir sus historias como si hubieras estado ahí.

Cuando Manolo contó cómo escapó con su madre de la dictadura en España hasta llegar a un puerto francés donde abordaron un barco hacia México, Quique fue todo oídos; sufrió y se angustió en cada etapa narrada del éxodo. Al escuchar cómo compañeros de viaje perdieron las orejas o las narices por el frío extremo al cruzar los Pirineos, Quique quiso proteger las suyas, pero le faltaron manos.

Quique estaba seguro de que Manolo le caía bien a todos sus vecinos, excepto a la doctora Nandita, pero eso lo desconcertaba porque la casa de la doctora era una de las más alejadas de la de Manolo. Era imposible que el olor tan penetrante y nauseabundo llegara hasta la doctora.

Los que sí podían tener razón para quejarse eran los vecinos inmediatos, pero incluso ellos parecían llevarse bien con él, o quizá solo estaban resignados. Su hogar olía a exceso de animales, a perros y gatos, a orines y a algo más intenso.

Todos procuraban pasar lo más rápido posible frente a la vivienda de Manolo mientras aguantaban la respiración; Quique se ponía morado. Si llegaban a encontrarlo en la calle, se detenían a platicar de todo y de nada con él.

Solo había dos escenarios en los que dichas pláticas se hacían lo más cortas posible: cuando los vecinos se encontraban a Manolo a la puerta de su casa o cuando él era paseado por su tropel de perros.

La primera vez que Quique lo vio rescatar un animal, Manolo envolvió a un gato atropellado con su chamarra. El gato lo arañó, pero él no lo soltó.

—Lo llevaré al veterinario —dijo Manolo.

El gato no sobrevivió. Manolo cavó un hoyo en el camellón, colocó en él al gato, vertió cal y tapó el agujero. Eso último Quique no lo vio; lo escuchó de una plática de adultos en casa del abuelo.

En ese momento, la muerte le pareció algo que se hacía en secreto y de lo que solo se hablaba en voz baja y en confianza.

Quique platicaba tanto sobre los animales de Manolo que sus papás malinterpretaron sus palabras y le consiguieron una cachorra. Quique no supo qué pensar. Le gustaba la idea de tener un perro, pero le parecía mucha responsabilidad y un peligro; no quería que su casa oliera igual que la de Manolo y no sabía cómo evitarlo.

Todos los días veía a Manolo y a su mozo —así lo llamaba Manolo— lavar los patios y la casa con cubetadas de agua y jabón. Quique pensaba que se necesitaba algo más que limpieza para evitar el mal olor; al menos a Manolo no le funcionaba lavar diario.

Lo único que sabía sin duda es que la llamaría Mila.

Algunos meses después, la doctora Nandita pasó casa por casa reuniendo firmas. Era necesario que las autoridades le pusieran un fin a las irregularidades de Manolo. Había convertido el camellón en un cementerio clandestino de mascotas y su casa era un foco de infección que enfermaba a todos; ella misma era alérgica a los gatos.

Por el mayor bien de la comunidad, y del propio Manolo, era necesario terminar con tanta irregularidad.

El abuelo de Quique comentó que la doctora llevaba seis firmas, cuatro más de las que le hubiera creído capaz de reunir contra Manolo. El abuelo no firmó, lo que molestó a la doctora, quien dijo que ya se estaba acostumbrando a la apatía de las personas que la vida le había puesto como vecinos.

—Luego Nandita cruzó la calle refunfuñando y se fue a tocar en una de las casas de enfrente —dijo el abuelo mientras se encogía de hombros.

—Abuelo, cuéntame algo de Manolo —se atrevió a interrumpir Quique.

—¿Qué te gustaría saber?

—Mmm... algo que no sepa.

—Los hules frente a la casa de Manolo, la del contador y la nuestra los sembramos entre los tres. La idea fue de Manolo.

—¿Y cómo le hicieron? ¡Están grandísimos!

El abuelo de Quique soltó una carcajada cariñosa.

—No, mijo. Cuando los sembramos eran apenas unas varas. Ya han pasado muchos años.

—¿Por qué los sembraron?

—A mí me pareció buena idea; algún día darían sombra. Ya lo hacen. Los árboles son necesarios, aunque tu tío se queje de que tiene que barrer muchas hojas.

—¿Y Manolo?

—Manolo tiene sus propias razones, ¿por qué no le preguntas a él?

Nunca se supo cuántas firmas juntó la doctora, pero semanas después un vehículo oficial del ayuntamiento se estacionó frente a la casa de Manolo. Bajaron tres personas con un montón de papeles en las manos y, aunque no se veían muy felices, se metieron a la casa con Manolo.

Pronto se supo la noticia: Manolo debía pagar una fuerte multa.

—¿Qué vas a hacer, Manolo? —le preguntó el abuelo.

—¿Y qué queréis que haga? ¡Pagar, hombre, pagar! Que no queda otra, la ley es la ley. ¡Pero imaginad, Jesús! ¡Estos tíos se han creído que pueden espantarme con unos papeles! ¡A mí, que era un crío cuando vi... cuando vi cosas que no debe ver un niño! ¡Unos papeles! ¡Y una multa! ¡Pardiez, que eso no espanta a nadie! —soltó Manolo una de sus conocidas ráfagas mientras sonreía y le guiñaba un ojo a Quique.

—¿Qué cosas no debe ver un niño, Manolo? —preguntó Quique, quien también quería saber qué significaba “pardiez”, pero no se atrevió a preguntar.

—¡Anda, chaval! Cosas que en este país no existen. Yo, a tu edad... a tu edad tuve que dejar de ser niño —Manolo hizo una pausa mirando al camellón con los ojos vidriosos—. México me ha permitido vivir y siempre le estaré agradecido, y a mis padres por traerme aquí. Y por eso, Jesús, pagaré la multa —remató, dirigiéndose al abuelo.

—¿Qué te dijeron de los animales?

—¡Que me cargue con ellos! ¡Serán escombros! ¡Estos garrulos del municipio! Perdona, Jesús, esta no es mi tierra, pero es más mía que la que dejé, porque los funcionarios aquí y en todos lados son basura. No se ocupan ni de recoger las heces de los bichos, pero sí tienen tiempo de multarme, a mí, que hago lo que puedo por ellos.

—Manolo, mi abuelo dice que ustedes sembraron estos árboles —dijo Quique señalando los hules de la acera—. ¿Por qué?

—¡Claro que sí, chaval! El contador, que en paz descanse, tu abuelo y este servidor los plantamos hace no sé cuántos años. ¡Y ahora los del municipio pretenden que los tale! Se me olvidaba contarte, Jesús. Dicen que los árboles han de partir mi casa en dos si los dejo. ¡Pues adelante! Que cuando eso pase —Manolo hizo una pausa mientras movía la mano en el aire como tirando puños de tierra— yo ya seré alimento de raíces —continuó en un tono jocoso que al niño se le escapaba.

—¿También quieren que podes los nuestros?

—No, chaval, solo los míos.

—¿Por qué?

—¡Ah, chaval! —dijo Manolo mientras le daba una palmadita a uno de sus árboles—, porque a los míos los he dejado medrar a su aire. ¡Que crezcan libres, como debe crecer todo lo que sea y respire!

Después del episodio con los burócratas, la doctora dejó de hablarse con muchos de los vecinos y Quique se lo comentó a su abuelo.

—¿Recuerdas el papel que quería que firmáramos contra Manolo?

—Sí.

—¿Yo lo firmé?

—No, yo estaba contigo cuando le dijiste que te disculpara, pero que no firmarías.

—Correcto. ¿La doctora me habla ahora?

—No.

—Bueno, ahora ya sabemos quiénes no firmamos su petición... y quiénes sí. Pero tú sigue hablando con respeto a la doctora Nandita. Tener diferentes opiniones no nos hace enemigos.

Tiempo después, murió Mila, la perra de Quique, y a este solo se le ocurrió ir con Manolo por consejo.

—¡Así acabaremos todos, chaval! —le dijo Manolo mientras le ponía una mano en el hombro y le daba un ligero apretón.

Manolo le prestó una pala y le dijo que podía enterrar a Mila en el camellón, que de ese modo le regresaba a la tierra lo que era suyo. Le dijo que debía cavar un hoyo lo suficientemente grande y de al menos un metro de profundidad para enterrar a su perra.

Luego le dio instrucciones precisas: envolverla en una sábana, verter bastante cal y después colocar una tabla para evitar que los animales escarbaran y llegaran hasta los restos; luego tapar el agujero y esparcir la tierra sobrante para que no se notara ningún bulto en el camellón.

En algunos años, tras que la naturaleza hiciera su trabajo, podría plantar un árbol en el lugar.

Manolo le indicó tres sitios cercanos donde podía hacer el hoyo.

—¡No caves en otro lado, que despertarás a uno de los míos, eh! —dijo Manolo mientras le daba un ligero codazo.

Después de años de conocerlo, Quique finalmente entendía el humor de Manolo.

Quique consiguió unos guantes y se puso a cavar. Después de un par de horas se acercó Manolo con una sábana blanca.

—¡Hombre, hijo! ¡Que vais a enterrar un perro, no una vaca! No cavéis más, así está bien el agujero. ¡Mira, Quique! Para que no pase frío Mila. Que se la estaba guardando al Jamón, pero le hará más provecho a tu perra.

Quique recordó toda esta historia ahora que fue a visitar a su abuela. Su abuelo y Manolo fallecieron hace algunos años. La doctora Nandita continúa medrando a su aire; trabaja en algún tipo de comité vecinal en el municipio.

Quique no recuerda en qué parte está enterrada Mila; nunca sembró un árbol sobre su tumba, pero todo el camellón es una selva de árboles, arbustos y plantas varias. Apenas hay unos cuantos pasillos para atravesarlo. Mila, Jamón y solo Manolo sabe cuántos perros más debieron nutrir a esa pequeña selva.

Los hules frente a la casa de Manolo han crecido tanto que se necesitarían dos hombres con los brazos extendidos para poder rodear el tronco de cada uno. Han roto y levantado la banqueta y sus raíces claramente se han metido bajo la casa de Manolo.

Aún no la parten en dos, como le dijeron los del municipio que pasaría, pero van por buen camino.

—¡Coño, Manolo! ¡Que te has salido con la tuya! —pensó Quique antes de tocar el timbre de la casa de su abuela.

LA ABUELA, DEVOTA Y CABRONA ©

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Hace más de veinte horas salí de México y, después de un vuelo en clase sardina y con escala, todavía faltan dos horas en este tren que es la mar de silencioso y rápido comparado con los de mi tierra.

En otras circunstancias diría que del avión bajé en calidad de cadáver, pero, dada la ocasión, parece insensible comparar las vicisitudes de mi viaje con el rigor que a estas horas debe tener el cuerpo de mi adorada abuela. Mejor digamos que esa parte del viaje me ha dejado engarrotada.

Aunque silencioso, el tren se mueve con un vaivén apenas perceptible; el cansancio me hace compararlo con el arrullo que mi abuela me daba con su mano en la espalda, con tal firmeza que hasta la cama se mecía al compás de su canturreo.

Aunque no es la primera vez que hago este viaje, casi cada verano desde hace veinte años recorro el mismo camino para visitarla, este será el último. Casi no he dormido en todo el camino por releer una y otra vez la carta que mandó la abuela y los dos primeros cuadernos de su diario.

Meses antes de morir, la abuela me escribió una extensa carta, veinte páginas de apretada letra manuscrita. Pudo mandar un correo electrónico, tal vez llamar o, incluso, esperar a mi siguiente visita para platicarme todo lo que plasmó en el papel. O eso pensé hasta que leí la carta.

Nunca había recibido una y seguramente será la última. Conforme fui leyendo, entendí que el papel era el mejor medio para comunicar lo que en él escribió la abuela.

El primer golpe de realidad vino al bajar del tren; siempre me esperaba la abuela con un lonche que yo comía con hambre y con cariño. El año pasado, mientras comía, ella habló hasta por los codos; esta vez, el bus va tan callado que puedo escuchar su ausencia. Quise llorar, pero algo no salía.

Ya en el pueblo, con la mochila al hombro, tuve que arrastrar los pies por las calles empedradas hasta la casa; cada paso pesaba más que el anterior. Una tormenta retrasó la conexión de mi vuelo, por lo que no alcancé a llegar al entierro, pero sí al ágape. "Hasta donde da", diría la abuela, así que traté de no sufrir mucho por eso.

Al llegar a la puerta de su casa, dudé en abrirla con la llave que me había dado la primera vez que fui de visita; me sentía intrusa. La tía Pilar me evitó pensar en ello.

La hermana mayor de mi abuela abrió la puerta, aparentemente iba de salida. Al reconocerme, me recibió con los brazos abiertos y solo entonces me desbordé como presa que ha guardado aguas de más; el nudo en la garganta se aflojó finalmente, aunque no podía pronunciar palabra.

Me aferré a la tía tan fuerte que creo que la lastimé un poco. Incluso le mordí el hombro; sabía a crema y talco. Tan grande era mi necesidad de asirme que lo hice hasta con los dientes.

Dentro de la casa había mucho ruido y movimiento. La tía Pilar había cerrado la puerta tras de sí, me tomó del brazo y, con el pretexto de ayudarle a recoger unas viandas, me arrastró un par de calles hasta su casa; adivinó que no estaba preparada para ver tanta gente tan de repente.

Con aquella caminata recordé una de mis primeras visitas al pueblo. De regreso de un mandado, pasé por la casa de la tía Pilar, quien guisaba un solomillo al queso y me invitó a comer, pero dudé porque sabía que la abuela también estaba cocinando.

—¡Anda, arrímate a ver qué está guisando tu abuela, que seguro tiene algo bien rico! Si aquello te llama más la atención, quédate allí, que no hay prisa. Pero si te tira más el solomillo, ¡pues hala!, vuelve sin problema.

Puse los ojos como platos al escuchar aquello. La tía solo se rió e hizo un gesto de aprobación.

La abuela preparaba un cocido que olía a tocino y chorizo, pero el solomillo me había atrapado y le pregunté si podía ir a comer con la tía Pilar. Cuando la abuela supo el porqué, rió idéntico que su hermana.

—¡Claro, claro, vete al solomillo, que lo mío ha de ser agua de fregar!… Ya vendrás lloriqueando un poco cuando veas lo que te pierdes, ¡pero no te jures que quede!

No supe qué hacer, así que la abuela continuó hablando:

—¡Venga, rapacina, que tu tía no está pa’ esperas! ¡Espabila, que luego me echas la culpa a mí!

—Recorrí tantas veces este mismo camino para quedarme a comer con una o con otra, ¿lo recuerdas, tía? —como pude, balbucí entre hipos; el llanto me ahogaba de nuevo.

—¡Y tanto que me acuerdo, rapaza! Me daba una cosilla cuando, después de pasar por mi lumbre, salías pitando a la de tu abuela, pero así son las cosas, hija, que la vida va y viene como tú hacías entre nosotras. ¡Pero llora, anda! ¿Qué te lo guardas?

—¡Oye, que me quedaba contigo también!

—¡Anda, te quedabas por darle gusto al gaznate! Que lo que ese día cocía te llamaba más que lo que guisaba Carmen —comentó entre risas la tía Pilar—. Pero no pasa nada, niña, que sé que el corazón lo tienes para ambas. Lo que es tu barriga siempre hizo lo que quiso, como ahora tus ojos; déjalos que lloren.

En su carta, la abuela Carmen se despidió de mí con su característico desenfado, ¡como si morirse fuera lo más natural del mundo! Me aconsejó llorar cual nube de tormenta, "que, cuando agota el agua, se disipa y deja ver el sol".

La abuela especificó que escribía la carta gozando de cabal salud y me advirtió que no saliera por piernas a subirme al primer avión. Era solo que después de los ochenta, dijo, estaba más cerca de morir que de la vida eterna. ¡Mi abuela y sus reflexiones!

Estaba segura de que esa sería la última carta que escribiría en su vida y también sabía que sería la primera que yo recibiría; pero, además del papel, también recibí la existencia de una Carmen que no conocía.

Dentro del sobre venía una llave enorme y vieja, como de ropero de abuelita, nunca mejor dicho. Me heredó en vida toda la correspondencia que tuvo con el abuelo y su baúl de diarios.

Las cartas estaban en España con ella; tendría que esperar a que se fuera a criar malvas, dijo. Pero los diarios estaban en el baúl que dejó encargado con mi padre y podía hojearlos tan pronto tuviera la llave en mi poder.

Treinta y seis cuadernos de distinto tamaño y grosor encontré en su baúl, algunos más amarillos que otros. La carta decía que también serían míos los diarios que continuó escribiendo en España.

En la primera anotación escribió: "Hoy cojo este cuaderno pa vaciar lo que me bulle en la cabeza, que mas carga el papel que mi pecho. Cuando vieja y con arrugas lo lea a lo mejor me río o lloro por lo burra. Cosas que me aprietan el alma en un puño nada seran pero otras ay, otras me seguiran como las sombras".

Algo me dice que mi abuela siempre fue ella desde el principio.

En su cocina, la tía Pilar cogió unos bocadillos de la mesa, los metió en una bolsa que me entregó y luego miró teatralmente a todos lados antes de decir:

—¡Vamos, vamos! Te acompaño a la cocina de tu abuela, que hoy en la mía no hay nada que contente la barriga, ¡ni la lumbre ha prendido hoy tu tía!

Pilar me guiñó el ojo y rió mientras se dirigía a la puerta.

Caminando de regreso al ágape que la familia organizó en casa de la abuela, me cayó el veinte. Por primera vez desde que me enteré de su muerte, pude reír a carcajadas.

—¿Qué demonio se te ha metido, niña?

—Disculpa, tía, es que cada vez que he venido a visitar a tu hermana, ella me recibía con un lonche, ¡y hasta en el día de su muerte se las ha apañado para recibirme con comida! ¿No vamos ahora mismo a su cocina?

—¡Anda, rapaza! —la tía Pilar parecía reír contra su voluntad—. Esa Carmencita hilaba fino para salirse siempre con la suya. ¡Y eso que rezaba más que monja en cuaresma! Aunque seguro ella diría que lo de hoy solo es una coincidencia.

En su carta, la abuela se disculpaba de antemano por lo que pudiera encontrar en los diarios. Me advirtió que, en ocasiones, no la reconocería en los pasajes, pero que todo lo escrito provendría de Carmen, la mujer.

Se hacía responsable de sus actos y de sus reacciones a lo vivido. Aun así, nada me preparó para lo que encontré dentro del primer cuaderno.

Carmen escribió que ella y el abuelo Antonio se conocieron en la adolescencia, años antes de que le ganara la cosquilla por escribir un diario. Antonio vivía al otro lado del pueblo, pero siempre hallaron algún momento para verse e intercambiar palabras en la plaza o en el mercado.

Me encantó leer que el abuelo solía esperarla en una fuente cerca de la herrería. Aunque casi siempre ella pasaba con su madre, mi bisabuela, y Antonio se tenía que quedar en "visto".

Carmen se emocionaba cuando Antonio le deslizaba un papelito en misa. ¡Hazme el grandísimo favor! ¡La devota de mi abuela echando novio entre padrenuestros!

"Seguro arderé en el infierno por esto", escribió la abuela. ¡Y yo con ella por celebrar sus escrúpulos!

La existencia de Antonio no era bien recibida por la bisabuela, viuda reciente que debía asegurarle un futuro próspero a sus tres hijas casaderas; los varones ya se las apañarían.

A sus ojos, Antonio parecía un buen muchacho, pero no podría proveerle ese futuro a su Carmencita; no tenía los medios. Carmen confiaba en cambiar la idea de su madre; ya se daría cuenta de lo que era capaz Antonio.

Cuando llegué a esa página, me alegré, asumiendo que los abuelos de algún modo la habían convencido. Claro que, como buena novata, obvié el hecho de que aquel diario apenas comenzaba.

¡Por mi madre, que la abuela hubiera hecho fortuna escribiendo thrillers!

Algunos meses después, la bisabuela le anunció a Carmen que ya no tendría que temer por su futuro. Le había conseguido un buen marido.

El Ingeniero, así, con mayúscula, estaba escrito en el diario, con diez años más que Carmen, era ya un respetado agrónomo de la comarca. Tras anotar que se le había caído el alma al suelo al recibir la noticia, ¡la abuela había escrito tres padrenuestros y dos avemarías! ¡Ahí, en las páginas del diario!

Recordé entonces que la abuela solía decirme: "Tú reza como si todo dependiera de Dios y actúa como si todo dependiera de ti". ¡Toda la vida pensé que solo era un consejo de mi santa abuela!

Solía ir a misa todas las mañanas al despuntar el alba y a la misa de siete por las tardes; participó en más de un comité parroquial allá en México. ¡Y lo mismo hizo al regresar a España!

¿Cómo coños mi devota abuela era la misma mujer que escribió aquello? Deja eso, ¡que vivió aquello!

La siguiente entrada del diario estaba fechada algunas semanas después y parecía resumir lo ocurrido en el intervalo.

La abuela se las arregló para comunicarse con el abuelo y, entre ambos, decidieron hacer lo único sensato: fueron con el cura del pueblo, quien aceptó casarlos.

¿De dónde o cómo? ¡No me lo explico! Según me contó la abuela alguna vez, en sus tiempos se requería la autorización de los padres para que un sacerdote oficiara un matrimonio. ¿Acaso sobornaron al cura o cómo carajos le hicieron?

Ya casados, acordaron migrar (¿huir?) a México, y así fue como llegaron a Veracruz.

Entonces comencé a leer lo gordo de la historia.

Contaba la abuela que de esto se enteró tiempo después: cuando en el pueblo supieron de la huida de mis abuelos, el Ingeniero fue a reclamarle a la bisabuela. Era necesario reparar de algún modo esa afrenta; además, ya había invertido sus buenos centavos en la preparación de la boda y el banquete.

El compromiso ya se había anunciado y, como personas de bien, no podían dejar aquello así.

La bisabuela le aseguró al Ingeniero que, puesto que ya todo estaba listo, la boda se haría. Podía irse tranquilo, pues todo se cumpliría conforme a lo planeado.

Después de esa entrevista, la bisabuela llamó a la tía Pilar y le anunció que ella sería la novia.

¡Trágate esa!

No comprendo. La tía Pilar y la abuela siempre me parecieron dos señoras lindísimas y muy devotas, siempre pendientes la una de la otra. Viudas, por cierto; los maridos no llegaron a ancianos.

Entiendo que la abuela Carmen no fue quien metió a su hermana en un matrimonio arreglado; lo único que hizo fue actuar como si todo dependiera de ella.

¿Pero la tía Pilar por qué no se rebeló también? Toda mi vida sentí que la de armas tomar era ella, que ciertamente también tiene su carácter y no se deja.

La única que pudo dormir tranquila fue la bisabuela, que, gracias a su hija Carmen, resolvió de un plumazo el futuro de dos de sus casaderas.

¡Mira que venir a enterarme de todo esto de camino al funeral de la abuela! ¡Joder! ¡Quiero un trago! ¡Y, de paso, una pizca del carácter de cualquiera de ellas, trío de cabronas! ¡Las amo!

De regreso en casa de la abuela, en algún momento coincidimos solas la tía y yo en la cocina. Tuve que preguntarle:

—Oye, tía, ¿amabas a mi tío abuelo?

—¡Anda la mía, Mariana! ¡Mira qué preguntas, Virgen Santísima! ¿Que si quería a Paco? ¡Si con ese hombre echamos críos! ¿O es que a tus tíos los trajo la cigüeña? ¡Se te ocurren cosas, Marianina, que me sacas los colores! ¡Qué salada estás hoy!

—No, tía, ya sé, ¿pero lo amabas?

—¡Anda, si has de saber, rapaza! Al principio no más que respeto le tenía, como a cura en misa... pero mira por dónde, el Paco me salió más bueno que el pan. ¿Qué mosca te ha picado para sacar esto ahora?

—La abuela me dejó sus diarios —tuve que bajar la mirada al decirlo.

—¡Ea, pues! —suspiró profundamente la tía—. Por cierto, me ha dejado esta llave para ti, dijo que era del baúl en su recámara. Y, Marianina, hija mía, no tiene nada de malo que andes de escarbona, pero lo que encuentres... deja el pasado en su lugar, que ni yo lo entiendo, ¡y eso que estuve ahí! Venga, agarra esa charola y vamos a la sala, que estas empanadas no se van a comer solas.

abril 17, 2025

Tan Ella como siempre ©

El sol comenzaba a ocultarse en el horizonte; era un martes por la tarde, quizá miércoles o tal vez jueves, francamente no llevo cuenta de los días desde hace un par de semanas en que tuve que cambiar mi rutina. Ahora que lo pienso probablemente era sábado. 

Desde la ventana de mi sala en el tercer piso dominaba una buena parte de la ciudad y del paisaje hasta los lejanos cerros que bordean su contorno. El edificio descansa sobre un terreno en declive lo suficientemente largo y profundo para que las construcciones vecinas no obstruyan la vista. Por el frente, el edificio está sobre una calle ancha que, aunque no es de las principales a ratos tiene tráfico pesado; un recordatorio de que el mundo sigue girando, aunque yo me encuentre arrumbado en una esquina.

El atardecer comenzaba a pintarlo todo de rojos y naranjas hasta donde podía ver, incluso con esos tonos violetas que tan nítidamente delimitan el contorno de las nubes.

Vegetaba tranquilamente distrayendo mi atención entre el paisaje y el trabajo del doctor -nada que fuera a matarme, pero si lo suficientemente aparatoso para limitar mis movimientos-, convertido en náufrago de mi propia mente, divagando sobre mi viejo y querido reclinable. La modorra parecía ganarme cuando comenzó a timbrar el celular.

El mensaje era de Ella, siempre Ella, cuya presencia en la oficina parecía torbellino, eficiente sí, pero con la energía del caos latiendo en sus entrañas, imposible de ignorar; una voz melosa y educada con ese timbre tan suyo, algo impaciente y con ligera tendencia a la perfección (si ella leyera estas líneas seguramente me miraría con las cejas levantadas preguntando con cierto énfasis “¿ligera?”; no le gustan las medias tintas, es o no es, ¡punto!); corrijo lo dicho: algo impaciente y perfeccionista. Muy humana, pues. Su piel blanca, lunar, hace resaltar sus pecas y esa pelirroja melena que más parece arder bajo la fría luz las lámparas led de la oficina. Su mirada que de inocente solo tiene la fachada, muy buena, por cierto, con sus ojos de un color que aún después de haberlos tenido tan cerca como para contar las miodesopsias que habitan en ellos no puedo definir, en parte por mi eterna distracción y mi extravagante memoria, pero también por la intensidad con que te miran, ¿quién se fija en el color del sol cuando su luz te encandila? Su presencia física es solo parte de su encanto, lo que realmente te seduce, te atrapa, es su líbido, que bordea en la ninfomanía, y su maestría para explorarse a sí misma circunnavegando cada rincón de su cuerpo creando un mapa que ella dibuja y redibuja con devoción añadiendo detalles y puntos de interés en cada nueva vuelta. Por supuesto que nada de esto sabía yo cuando sonó el teléfono, ¡oh, vaya que era un completo lerdo en la materia! Como aquel marinero de agua dulce, que se enlista en el puerto de Barrameda y termina en uno de los barcos de Magallanes. ¡No tenía ni meretriz idea de la aventura que me esperaba!

“¿Sigues en esta tierra o qué fue de ti?” -escribió junto con un emoji de una carita preocupada que no le va mucho- “Espero que realmente estes descansando”. Yo estaba hastiado, al igual que Bart Simpson o L.B. Jefferies para los más exquisitos, así que le mandé una foto de la escayola y un breve texto “Aquí estoy, tieso y adolorido”. –“Querrás decir aburrido, supongo”, fue su rápida respuesta. La conversación arrancó ligera y versó sobre todo y nada, alguno que otro chisme de la oficina, chismes profundos, aunque contados con los dedos (éramos pocos en ese trabajo), pero de pronto dio la plática un giro más cálido, como si lo frío de las pantallas nos diera permiso, o confianza, ¿qué sé yo?, de cruzar líneas que, en persona, cara a cara, nunca cruzamos.  Entonces preguntó por mi recuperación, a lo que le contesté “comezón, sanación o pudrición”. –“¿Y de ánimo?”-siguió preguntando. Le mandé un emoji que levanta los hombros. “Pobre”-escribió seguido de un guiño- “Si quieres te ayudo a distraerte”. Lo que pasó después me sacó de mi estupor. Su siguiente mensaje traía adjunta una foto, de esas que abres y solo puedes ver una vez: ella en una camiseta ajustada con el contorno de sus turgentes pechos desafiando la tela, su piel brillando bajo la tenue luz de la habitación donde ella estaba; un mechón de su rojo cabello asomaba por una esquina de la imagen, pero fuera de ese detalle nada había que  permitiera identificarla, el aire se atoró en mi garganta. –“Tu turno, vaquero”-fue su siguiente mensaje y el pulso se me aceleró como si hubiera corrido escaleras arriba en cuatro zancadas. Miré en derredor mío y a mí mismo buscando qué fotografiar; le envié una selfie, en penumbra, sin camiseta, donde se alcanzaba a ver una vieja cicatriz producto de una caída en bicicleta. –“Te hace ver rudo”-escribió y luego mandó otra foto suya: la camiseta levantada mientras la sostenía arremangada con la mano a la altura de los senos, usando el brazo para cubrir aquellos. ¡Vaya que esto escaló más rápido de lo que pensé!

La conversación dio un giro peligroso. –“¿Qué harías si estuviera ahí contigo?”. Su audacia me quebró y sólo pude escribirle “Te dejaría hacer de mi lo que quieras”. Pasaron uno o dos minutos hasta que mandó un audio que solo decía “¿en serio?”, seguido de otra foto que casi me tira del sillón: ella en ropa interior negra de encaje, con dos dedos sobre sus labios (luego te platico cuáles) y la mirada de sus penetrantes ojos clavándose como un puñal en lo más profundo de mí. –“Sigue”-escribió y yo, ya sin freno, le mandé una imagen más atrevida, cubriendo lo justo y ayudado por la penumbra. Escuchar su respuesta rematada con una carcajada descarada me dejó sin aliento: -“¡Madres! ¡eso es de tamaño de mi pasta de dientes!”. –“Be my guest”- le escribí. Ella sin pestañear (o así la imagino) mandó una foto con un tubo de Colgate recargado junto a la comisura de sus labios y con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas.

Los mensajes continuaron de aquí para allá y de regreso, como en partido de tenis, cada palabra más corta, más ruda hasta que Ella casi gritó “Esto no se queda así. Abre la puerta en 20 minutos”.

Eran las seis con cuarenta mientras pensaba “¡qué pantorrillas!”. El timbre sonó y tardé una eternidad y media en llegar a la puerta usando las muletas, cuando abrí ahí estaba Ella, pelirroja y letal, paciente:  - “Supuse que tardarías en llegar hasta acá con esa extremidad engarrotada” – dijo señalando mi pierna enyesada – “De otra forma no hubiera esperado tanto”.  Vestía una falda de no sé qué estilo, pero que se le pegaba a las caderas como si estuviera cosida a ellas, apenas conteniéndolas, y una blusa suelta que dejaba ver el encaje negro debajo, aprisionando sus exquisitos senos, pequeños, según ella misma describiría más tarde con una sonrisa burlona, pero con el tamaño perfecto para caber cada uno en una mano. Su aroma, mezcla de perfume (¿jazmín tal vez?) con cuero calentado por el sol (¿su bolso?), un poco de sudor y algo más que no supe identificar o que seguramente creí percibir en mi calentura, me cimbró aún antes que sus palabras: - “No te ves tan maltrecho para estar convaleciente” -dijo con su sonrisa que desarma mientras me hacía suave pero firmemente a un lado con dos de sus dedos (los mismos que usó para cubrir sus labios) y se invitaba ella sola a entrar en la casa. Sus botas resonando contra el piso mientras exploraba el departamento con la mirada se grabaron en mi memoria; afuera ya anochecía, pero aún había cierta claridad; el anochecer todo trataba de rivalizar con ella.


Cerré la puerta y avancé hacia el centro de la sala donde ella se había detenido. Ella no se movió un ápice, así que me acerqué hasta que estuve a la distancia de su brazo, las yemas de sus dedos rozaron mi pecho con estudiada crueldad, tan lenta y ligeramente que aquello era un castigo; se detuvo en mi vieja cicatriz, acariciando los bordes con la anticipada fruición con la que, no me queda duda, acaricia sus propios labios. –“Vamos a jugar rudo”- susurró con esa voz tan suya, capaz de herir y de sanar mientras te embriaga. Antes de que pudiera responder sus labios se hundieron en los míos, duros, hambrientos, con sabor a menta (¿pasta de dientes?) y deseo que no pide permiso. Sus manos bajaron, desabrochando mi cinturón con una pericia que delata experiencia. Me tomó por los costados y me guió con suavidad y firmeza hasta el sillón, empujándome contra él. El zarandeo final me provocó un ligero dolor en la pierna, no pude evitar hacer una mueca. Sus rodillas se hundieron en el cuero del sillón, apresándome en medio, reclamando su territorio. – “Me gusta cuando duele un poco, pero no quiero lastimarte, lo lamento”- su risita confirmó su gusto por lo rudo, por esa línea que pasea entre el placer y los albores del dolor. Me encogí de hombros, hace rato que ya no tenía palabras, solo deseo. – “Azul”- dijo y la miré sin entender. – “Si quieres que me detenga, en cualquier momento, solo di ¨azul´, ¿entendido?”. Asentí con la cabeza. – “¿Cuál es la palabra?”. Antes de que pudiera abrir la boca para repetirla puso sus dedos sobre mis labios (si, los mismos dedos, índice y cordial, de la misma mano, desde aquel lejano encaje negro). – “No, no la digas. En el momento que escuche ´azul´ de ti, sin importar lo que estemos haciendo me detendré, recogeré mis cosas, saldré por la puerta y nunca sabrás hasta dónde pudo llegar lo de hoy, ¿queda claro?”. Volví a asentir sin decir ni pío. – “Me gusta cuando callas… ¿sabes? Mientras más silencio guardes, mayor será tu recompensa, ¿juegas?”. Quise tomarla por la cintura y atraerla hacia mí, pero no pude, caí en cuenta que mientras la escuchaba hablar sacó algún tipo de arnés de su bolsa de cuero y me esposó las manos al sillón. Mientras me miraba con cierta sorpresa las manos atadas con ese artefacto mitad cadenas, mitad cuero, noté la pequeña vena que a veces me pulsa en la muñeca, parecían hipnotizarme mis propios latidos, volteé alrededor buscando mis muletas; Ella las tomó, las tiró al piso y las aventó a un lado con una de sus botas. De inmediato regresé la mirada a Ella y ella sin dejar de mirarme me interrogó con la mirada. Me supe derrotado, así que solo me recargué contra el respaldo y me relajé, suspiré y me encogí de hombros.

Ella se inclinó sobre mi, su roja melena alborotada, ocultándola en parte  mientras con sus dientes atrapaba mi lóbulo, mordisqueando hasta arrancarme un gruñido. - "No tan rápido", siseó mientras clavaba sus uñas en mi piel, rasgando ligeramente, comprobando los surcos rojos con los que marcaba mi cuerpo. Su libido era un volcán bajo control, si acaso tal cosa existe, y ella lo sabía; en cada gesto, en cada palabra altisonante que soltaba como si fueran caricias se adivinaba una hecatombe a punto de suceder, pero en vez de cien sólo había un animal que la sacerdotisa sacrificaba a la nívea Diosa de fuego.

"Mírame", ordenó y se apartó un poco, lo suficiente para que ella me mirase por completo a mi al tiempo que me agarraba con una de sus manos; me acercó hasta recargarme en la comisura de sus labios al tiempo que sonreía y asentía con la cabeza. Luego me soltó y retrocedió hasta la mesa frente  a mi, la ciudad de fondo como escenografía barata. Sacó de su bolso un juguete de silicona, negro y elegante, y lo sostuvo con la familiaridad de quien ha hecho del placer una ciencia.

Ella era una maestra de la autoexploración y lo demostró sin pudor. ¡Hombre, que si da clases se las pagan!. - "Toma nota y aprende", dijo con una chispa de malicia, la sonrisa ligeramente torcida mientras se recostaba ágilmente sobre la mesa. Yo estaba idiotizado, la falda subiendo por sus muslos blancos. La blusa extrañamente en su lugar. Sus dedos guiaron al juguete con precisión milimétrica, pero lo que me volvió loco fue su maestría para mojarse, para despertar su cuerpo a voluntad, una virtuosa de su propio placer.

Sus movimientos, lentos y pausados al principio, fueron incrementando en fuerza y celeridad, pero no linealmente; iba y venía sin aparentemente llevar ningún patrón, como si (se) tocara de oído, cada roce le arrancaba un suspiro que crecía en intensidad. Sus gemidos, crudos y sin filtro  - "¡oh, no mames!"- lo llenaban todo hasta que comenzó a jadear mientras arqueaba su cuerpo contra la mesa y parecía decidir entre recoger o estirar las piernas. Fue como si el mundo entero se rindiera ante ella. Gotitas de sudor perlaban su blanca piel. Y sus húmedos ojos, fijos en los míos, me ordenaban no desviar la mirada. Toda ella era agua.

Volvió a mi, radiante y algo sudada, para subir en mi regazo, sus muslos como tenazas tratando de romperme las caderas, como un cascanueces. La blusa se rindió al suelo, revelando sus altivos pechos, los rozados pezones tensos contra el aire fresco. - “No son la gran cosa, ¿verdad?”, susurró al tiempo que me los ofrecía,  ¡lo que hubiera dado por poderlos acariciar!. - “¡Métemela cómo si lo quisieras!”- ordenó, pero entre mi pierna rota y las esposas que me puso no es mucho lo que podía hacer. Ella lo sabía. Sus dedos se enredaron en mi pelo, tirando hacia si con fuerza, y sus caderas comenzaron a moverse en un vaivén que era fuego. Volvió a arañarme el pecho, las líneas rojas ardiendo bajo sus uñas, y cada “¡así!” que soltaba era un latigazo profundamente gutural que me empujaba al borde. Quería agarrarla con las manos, otra vez las manos, pero apenas alcanzaba a tocarla con las yemas de los dedos.

Ella aceleró, su cuerpo tensándose como un cristal a punto de romperse. "Más duro", gruñó, y obedecí como pude, mis manos apenas rozando sus caderas mientras ella marcaba con frenético ritmo ese torbellino de carne y deseo que me destrozaba. Sus gemidos, mezcla de placer y de dolor, se volvieron gritos, palabras rotas que salían desde sus entrañas —"¡Más, sí, así!"—, y el sudor que goteaba mojando mi pecho, la humedad con la que me empapaba en su bautismo... Cuando su respiración se quebró, su roja melena abarcándolo todo, el clímax la atravesó como un relámpago, su cuerpo temblando con una fuerza que me arrastró con ella. Fue un naufragio, una vorágine que hizo crujir el sillón ahogándome en ella que apagó la noche allá afuera.

Ella se quedó inmóvil, su peso anclándome al cuero, su pecosa piel brillando como mármol vivo. "Eres un puto desastre", dijo, con esa mueca que cortaba como vidrio, y yo, todavía temblando bajo su dominio, solo pude asentir. La noche seguía creciendo allá afuera tras el ventanal, indiferente, pero la verdadera oscuridad era Ella, y yo, yo solo era el idiota que se dejaba engullir por  ella.

agosto 04, 2019

Mosquito ©




Falta poco tiempo para el amanecer y Ella ha pasado despierta la mayor parte de la noche, al menos así lo siente; no sabe si  es insomnio o sólo el molesto zumbido de aquel mosquito. En algún momento se levantó de la cama y prendió la luz para intentar cazarlo, pero el bicho sabe bien su negocio y lo que le va de por medio si recibe un manotazo. Resignada, volvió a acostarse en la cama y se enredó en las cobijas lo suficiente para sólo dejar al descubierto media cara y poder respirar, aunque con ese molesto vaho que se forma cuando tienes la nariz pegada a algo.  El mosquito se ha cebado en su frente, sus pómulos y en esa otra parte, cualquier parte, de su cuerpo que queda brevemente al descubierto cuando se mueve. 


Posee una extraña habilidad que le permite prescindir de cualquier tipo de alarma para despertarse por las mañanas; no que ahora necesitara alguna pues lleva ya tiempo despierta, pero sabe que es hora de levantarse.  Se sienta en la cama para quitarse su pijama de franela, busca sus chanclas y se incorpora  para ir al baño en calzones, se ve cómoda. El mosquito se  posa en su pecho, en el derecho, muy cerca del pezón y comienza a succionar su sangre; Ella lo espanta y continúa su acompasado caminar. 

En el espejo del pasillo se para un momento para mirarse: de frente, de perfil y, en la medida de lo posible, de espaldas. Le gusta lo que ve: una mujer madura, de piel suave y morena, un cuerpo lleno de curvas, las necesarias, y un aspecto que nada le envidia al de Dorian Gray. En un impulso, pone sus manos en las caderas y las va subiendo lentamente hasta agarrarse los senos para sentirlos, acomodarlos; mientras lo hace se imagina a su galán chupándolos, saboreándolos, alternando entre uno y otro, mordisqueando y succionando los pezones; recuerda la última vez en que él, en un arranque de gula, cogió ambos senos con las manos y los apretujo hasta casi juntar los pezones para meterse ambos en la boca y continuar mordisqueando y chupando. Lo inesperado de la maniobra la excitó un poco más en aquella ocasión, lo suficiente para que le agarrara la cabeza y lo apretujara contra sus senos; recordarlo provocó que apretara las piernas, así que decidió apurarse. Se bajó los calzones y se sentó en la taza para orinar. 

De regreso en la habitación, buscó en los cajones su máquina plateada favorita: un pequeño vibrador. Lo encontró en su cajita de madera, la abrió,  lo sacó de su funda  y se fue con él a la cama. El mosquito aprovecho para picarla en la pantorrilla, pero ni lo notó.

Acomodó las almohadas de la cama y se recostó sobre ellas. Se quedó por un momento pensativa y, sin dejar de pensar, comenzó a bajarse los calzones nuevamente, pero con una intención totalmente distinta. Extendió sus deliciosas piernas, las dejó abiertas y comenzó a acariciarse lánguidamente mientras sonreía con picardía,  recordó que le habían dicho que se ve deliciosa en calzones y sin bra, sabía que era verdad. En un momento de distracción, escuchó volar al mosquito y lo encontró volando justo en frente de si; pensó que desde ese punto, el mosquito tenía la mejor vista del cuarto: la veía desnuda, con las piernas como columnas enmarcando su sexo mientras se acariciaba distraídamente. Y entonces pensó que era su amante, y no el mosquito, quien la miraba desde ese ángulo, pero aquel hombre la miraba con lujuria y deseo,  sabedor de que su presencia la mojaba de anticipado placer. El vibrador, pequeño, compacto y muy potente, se sentía frío al tacto. Eso le gustaba de su acabado metálico: la sensación fría al principio que rápidamente se tornaba cálida al contacto con su suave piel; lo encendió y comenzó a presionar donde la práctica le había enseñado que su respuesta era intensa e inmediata.

Le encanta que la chupen toda, así que imaginó  a su amante subiendo desde el extremo de sus pies, besándole cada centímetro  sin prisas, pero sin pausas, observando sus reacciones y atento a los ruidos que emitiera, hasta llegar a sus suaves labios. Se lo imaginó chupándola al mismo tiempo que el vibrador hacía su trabajo; lamentó que en aquel momento, de los dos solo tuviera disponible el dildo, pero prefirió concentrarse en las sensaciones que experimentaba....


junio 12, 2019

Lunar. ©



Lo recuerdo como si hubiera sido ayer: iba saliendo del baño y ahí estaba Ella, recostada en  la cama sobre una pila de almohadas, justo en la orilla, con el control remoto de la televisión en la mano derecha y la mano izquierda reposando sobre su abdomen. Sus largas piernas morenas dominaban la escena, la derecha extendida a lo largo de la cama, la izquierda flexionada con la planta del pie sobre el colchón, la rodilla apuntando al techo y las suaves curvaturas de su muslo y pantorrilla  fundíendose en un gracioso pliegue justo en la corva.  Las uñas perfectamente pintadas, de rojo si la memoria no me falla. El incitador color de su piel y el  tono del café con leche son uno y  lo mismo,  pero no hablo del café caliente, sino del frío, ese que llaman frappé, ese que se prepara con hielo molido y que te refresca los labios, la garganta y las entrañas al beberlo, ese que  sacia la sed que no sabías que tenías. En su tobillo llevaba puesta una pequeña cadena de oro y, justo en el otro extremo de su lechosa pierna, el nacimiento del muslo se perdía por debajo de la vieja y luida camiseta con la que se vistió  para cubrir su desnudez. La ropa que traía puesta unos minutos antes, cuando llegamos de la calle, estaba perfectamente doblada sobre una silla pegada a la pared, solo las calcetas  yacían  sin concierto alguno  sobre el resto de las prendas. La  vieja y cómoda camiseta se amoldaba a las curvas de su cuerpo cubriéndolo casi por completo.

Aceleró mi pulso en un parpadeo, entre el abrir la puerta del baño para dar uno o dos pasos  y la sorpresa, agradable por lo demás, de mirarla así; fue la primera vez que la veía de aquella forma tan relajada e íntima a la vez, sentí como si hubiera entrando en un recinto donde hay que guardar silencio y mirar con reverencia. Solo estaba descansando después de que pasamos medio día caminando por el centro y buscaba  absorta algún programa que mirar para matar el tiempo en lo que llegaba  la hora.

Cuando salí del baño, de inmediato me preguntó “¿qué quieres ver?”; tentado estuve a contestarle que quería ver el resto de sus piernas, pero obviamente se refería a los programas de la televisión, así que tuve que mirar a la pantalla y algo le respondí, pero no recuerdo qué. Esa fue la primera vez que realmente la miré, que me fijé en su dulce  contorno y noté la tersura de su piel.

La segunda vez fue por la mañana cuando se puso unos shorts coquetos. Unos shorts ajustados, pequeños y muy frescos que se amoldaban suavemente a sus caderas, por no mencionar sus nalgas. Sin embargo son las piernas y sobre todo sus tersos muslos los que acaparan la atención; no por su tamaño que es “petit” si me permiten la expresión, sino por lo bien torneados de las largas caminatas que le gusta dar. Justo me pilló cuando la recorría por enésima ocasión con la mirada y, sin dejar de verla, pudo  interpretar lo exquisita que me parecía su silueta.


Supongo que por llenar silencios,  empezó a hablar del lunar que tiene en una de sus piernas, pierna que empezó a levantar mientras se buscaba la bendita marca para enseñármela. En su defensa debo decir que  lo hacía sin malicia alguna; en mi defensa debo decir que la miraba  solo con curiosidad, pero mientras seguía subiendo la pierna, su pequeño short  iba enseñando más y más de su muslo  y mucho, muchísimo más allá de él, hasta llegar al punto en que mi curiosidad  fue cediendo espacio a un fuerte palpitar tan súbito y potente que, sin poder resistirme más a él, me secó la garganta e hizo que se me antojara Ella y su piel café con leche,  su exótico  sabor  y el maná de su sonrisa más profunda. Beberla en pequeños sorbos sería la gloria; imaginen con las yemas de los dedos recorrer suavemente su cuerpo en una curiosa  e  infinita caricia hasta encontrar ese lunar...

LAS SOMBRAS DE LA CUEVA ©

  Ahí estoy yo, recostado sobre el pasto en uno de los prados del parque, rodeado de muchos y muy altos edificios. Mirar hacia arriba es cas...