septiembre 28, 2026

Las raíces somos todos


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 La calle de su abuelo es ancha y los árboles de ambas banquetas se han entrelazado con los del camellón, formando un dosel doble en toda la calle. Al recorrerla, te sientes dentro de un fresco túnel de árboles con suelo de asfalto que, en cierta época del año, se transforma en una alfombra de hojas.

En esa calle, todos los vecinos eran tan viejos como su abuelo. Con ocho años, cualquiera más allá de los veinte te parece un anciano.

Quique veía un montón de gente interesante: los Thompson, los policías que tenían una oficina en la esquina de la calle, Maru y Meche, dos de las amigas de su abuela, y la doctora Nandita, aunque Quique procuraba evitarla: simplemente no la entendía.

Pero entre todos destacaba Manolo; su presencia ahí era tan natural como los árboles mismos y su voz, tan peculiar y siempre presente, como el crujir de las hojas. Al principio, Quique no le entendía; el hombre hablaba en ráfagas sostenidas y con un acento desconocido.

Era una delicia escucharlo hablar de lo que fuera. La jovialidad y energía que transmitía te hacían revivir sus historias como si hubieras estado ahí.

Cuando Manolo contó cómo escapó con su madre de la dictadura en España hasta llegar a un puerto francés donde abordaron un barco hacia México, Quique fue todo oídos; sufrió y se angustió en cada etapa narrada del éxodo. Al escuchar cómo compañeros de viaje perdieron las orejas o las narices por el frío extremo al cruzar los Pirineos, Quique quiso proteger las suyas, pero le faltaron manos.

Quique estaba seguro de que Manolo le caía bien a todos sus vecinos, excepto a la doctora Nandita, pero eso lo desconcertaba porque la casa de la doctora era una de las más alejadas de la de Manolo. Era imposible que el olor tan penetrante y nauseabundo llegara hasta la doctora.

Los que sí podían tener razón para quejarse eran los vecinos inmediatos, pero incluso ellos parecían llevarse bien con él, o quizá solo estaban resignados. Su hogar olía a exceso de animales, a perros y gatos, a orines y a algo más intenso.

Todos procuraban pasar lo más rápido posible frente a la vivienda de Manolo mientras aguantaban la respiración; Quique se ponía morado. Si llegaban a encontrarlo en la calle, se detenían a platicar de todo y de nada con él.

Solo había dos escenarios en los que dichas pláticas se hacían lo más cortas posible: cuando los vecinos se encontraban a Manolo a la puerta de su casa o cuando él era paseado por su tropel de perros.

La primera vez que Quique lo vio rescatar un animal, Manolo envolvió a un gato atropellado con su chamarra. El gato lo arañó, pero él no lo soltó.

—Lo llevaré al veterinario —dijo Manolo.

El gato no sobrevivió. Manolo cavó un hoyo en el camellón, colocó en él al gato, vertió cal y tapó el agujero. Eso último Quique no lo vio; lo escuchó de una plática de adultos en casa del abuelo.

En ese momento, la muerte le pareció algo que se hacía en secreto y de lo que solo se hablaba en voz baja y en confianza.

Quique platicaba tanto sobre los animales de Manolo que sus papás malinterpretaron sus palabras y le consiguieron una cachorra. Quique no supo qué pensar. Le gustaba la idea de tener un perro, pero le parecía mucha responsabilidad y un peligro; no quería que su casa oliera igual que la de Manolo y no sabía cómo evitarlo.

Todos los días veía a Manolo y a su mozo —así lo llamaba Manolo— lavar los patios y la casa con cubetadas de agua y jabón. Quique pensaba que se necesitaba algo más que limpieza para evitar el mal olor; al menos a Manolo no le funcionaba lavar diario.

Lo único que sabía sin duda es que la llamaría Mila.

Algunos meses después, la doctora Nandita pasó casa por casa reuniendo firmas. Era necesario que las autoridades le pusieran un fin a las irregularidades de Manolo. Había convertido el camellón en un cementerio clandestino de mascotas y su casa era un foco de infección que enfermaba a todos; ella misma era alérgica a los gatos.

Por el mayor bien de la comunidad, y del propio Manolo, era necesario terminar con tanta irregularidad.

El abuelo de Quique comentó que la doctora llevaba seis firmas, cuatro más de las que le hubiera creído capaz de reunir contra Manolo. El abuelo no firmó, lo que molestó a la doctora, quien dijo que ya se estaba acostumbrando a la apatía de las personas que la vida le había puesto como vecinos.

—Luego Nandita cruzó la calle refunfuñando y se fue a tocar en una de las casas de enfrente —dijo el abuelo mientras se encogía de hombros.

—Abuelo, cuéntame algo de Manolo —se atrevió a interrumpir Quique.

—¿Qué te gustaría saber?

—Mmm... algo que no sepa.

—Los hules frente a la casa de Manolo, la del contador y la nuestra los sembramos entre los tres. La idea fue de Manolo.

—¿Y cómo le hicieron? ¡Están grandísimos!

El abuelo de Quique soltó una carcajada cariñosa.

—No, mijo. Cuando los sembramos eran apenas unas varas. Ya han pasado muchos años.

—¿Por qué los sembraron?

—A mí me pareció buena idea; algún día darían sombra. Ya lo hacen. Los árboles son necesarios, aunque tu tío se queje de que tiene que barrer muchas hojas.

—¿Y Manolo?

—Manolo tiene sus propias razones, ¿por qué no le preguntas a él?

Nunca se supo cuántas firmas juntó la doctora, pero semanas después un vehículo oficial del ayuntamiento se estacionó frente a la casa de Manolo. Bajaron tres personas con un montón de papeles en las manos y, aunque no se veían muy felices, se metieron a la casa con Manolo.

Pronto se supo la noticia: Manolo debía pagar una fuerte multa.

—¿Qué vas a hacer, Manolo? —le preguntó el abuelo.

—¿Y qué queréis que haga? ¡Pagar, hombre, pagar! Que no queda otra, la ley es la ley. ¡Pero imaginad, Jesús! ¡Estos tíos se han creído que pueden espantarme con unos papeles! ¡A mí, que era un crío cuando vi... cuando vi cosas que no debe ver un niño! ¡Unos papeles! ¡Y una multa! ¡Pardiez, que eso no espanta a nadie! —soltó Manolo una de sus conocidas ráfagas mientras sonreía y le guiñaba un ojo a Quique.

—¿Qué cosas no debe ver un niño, Manolo? —preguntó Quique, quien también quería saber qué significaba “pardiez”, pero no se atrevió a preguntar.

—¡Anda, chaval! Cosas que en este país no existen. Yo, a tu edad... a tu edad tuve que dejar de ser niño —Manolo hizo una pausa mirando al camellón con los ojos vidriosos—. México me ha permitido vivir y siempre le estaré agradecido, y a mis padres por traerme aquí. Y por eso, Jesús, pagaré la multa —remató, dirigiéndose al abuelo.

—¿Qué te dijeron de los animales?

—¡Que me cargue con ellos! ¡Serán escombros! ¡Estos garrulos del municipio! Perdona, Jesús, esta no es mi tierra, pero es más mía que la que dejé, porque los funcionarios aquí y en todos lados son basura. No se ocupan ni de recoger las heces de los bichos, pero sí tienen tiempo de multarme, a mí, que hago lo que puedo por ellos.

—Manolo, mi abuelo dice que ustedes sembraron estos árboles —dijo Quique señalando los hules de la acera—. ¿Por qué?

—¡Claro que sí, chaval! El contador, que en paz descanse, tu abuelo y este servidor los plantamos hace no sé cuántos años. ¡Y ahora los del municipio pretenden que los tale! Se me olvidaba contarte, Jesús. Dicen que los árboles han de partir mi casa en dos si los dejo. ¡Pues adelante! Que cuando eso pase —Manolo hizo una pausa mientras movía la mano en el aire como tirando puños de tierra— yo ya seré alimento de raíces —continuó en un tono jocoso que al niño se le escapaba.

—¿También quieren que podes los nuestros?

—No, chaval, solo los míos.

—¿Por qué?

—¡Ah, chaval! —dijo Manolo mientras le daba una palmadita a uno de sus árboles—, porque a los míos los he dejado medrar a su aire. ¡Que crezcan libres, como debe crecer todo lo que sea y respire!

Después del episodio con los burócratas, la doctora dejó de hablarse con muchos de los vecinos y Quique se lo comentó a su abuelo.

—¿Recuerdas el papel que quería que firmáramos contra Manolo?

—Sí.

—¿Yo lo firmé?

—No, yo estaba contigo cuando le dijiste que te disculpara, pero que no firmarías.

—Correcto. ¿La doctora me habla ahora?

—No.

—Bueno, ahora ya sabemos quiénes no firmamos su petición... y quiénes sí. Pero tú sigue hablando con respeto a la doctora Nandita. Tener diferentes opiniones no nos hace enemigos.

Tiempo después, murió Mila, la perra de Quique, y a este solo se le ocurrió ir con Manolo por consejo.

—¡Así acabaremos todos, chaval! —le dijo Manolo mientras le ponía una mano en el hombro y le daba un ligero apretón.

Manolo le prestó una pala y le dijo que podía enterrar a Mila en el camellón, que de ese modo le regresaba a la tierra lo que era suyo. Le dijo que debía cavar un hoyo lo suficientemente grande y de al menos un metro de profundidad para enterrar a su perra.

Luego le dio instrucciones precisas: envolverla en una sábana, verter bastante cal y después colocar una tabla para evitar que los animales escarbaran y llegaran hasta los restos; luego tapar el agujero y esparcir la tierra sobrante para que no se notara ningún bulto en el camellón.

En algunos años, tras que la naturaleza hiciera su trabajo, podría plantar un árbol en el lugar.

Manolo le indicó tres sitios cercanos donde podía hacer el hoyo.

—¡No caves en otro lado, que despertarás a uno de los míos, eh! —dijo Manolo mientras le daba un ligero codazo.

Después de años de conocerlo, Quique finalmente entendía el humor de Manolo.

Quique consiguió unos guantes y se puso a cavar. Después de un par de horas se acercó Manolo con una sábana blanca.

—¡Hombre, hijo! ¡Que vais a enterrar un perro, no una vaca! No cavéis más, así está bien el agujero. ¡Mira, Quique! Para que no pase frío Mila. Que se la estaba guardando al Jamón, pero le hará más provecho a tu perra.

Quique recordó toda esta historia ahora que fue a visitar a su abuela. Su abuelo y Manolo fallecieron hace algunos años. La doctora Nandita continúa medrando a su aire; trabaja en algún tipo de comité vecinal en el municipio.

Quique no recuerda en qué parte está enterrada Mila; nunca sembró un árbol sobre su tumba, pero todo el camellón es una selva de árboles, arbustos y plantas varias. Apenas hay unos cuantos pasillos para atravesarlo. Mila, Jamón y solo Manolo sabe cuántos perros más debieron nutrir a esa pequeña selva.

Los hules frente a la casa de Manolo han crecido tanto que se necesitarían dos hombres con los brazos extendidos para poder rodear el tronco de cada uno. Han roto y levantado la banqueta y sus raíces claramente se han metido bajo la casa de Manolo.

Aún no la parten en dos, como le dijeron los del municipio que pasaría, pero van por buen camino.

—¡Coño, Manolo! ¡Que te has salido con la tuya! —pensó Quique antes de tocar el timbre de la casa de su abuela.

LA ABUELA, DEVOTA Y CABRONA

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Hace más de veinte horas salí de México y, después de un vuelo en clase sardina y con escala, todavía faltan dos horas en este tren que es la mar de silencioso y rápido comparado con los de mi tierra.

En otras circunstancias diría que del avión bajé en calidad de cadáver, pero, dada la ocasión, parece insensible comparar las vicisitudes de mi viaje con el rigor que a estas horas debe tener el cuerpo de mi adorada abuela. Mejor digamos que esa parte del viaje me ha dejado engarrotada.

Aunque silencioso, el tren se mueve con un vaivén apenas perceptible; el cansancio me hace compararlo con el arrullo que mi abuela me daba con su mano en la espalda, con tal firmeza que hasta la cama se mecía al compás de su canturreo.

Aunque no es la primera vez que hago este viaje, casi cada verano desde hace veinte años recorro el mismo camino para visitarla, este será el último. Casi no he dormido en todo el camino por releer una y otra vez la carta que mandó la abuela y los dos primeros cuadernos de su diario.

Meses antes de morir, la abuela me escribió una extensa carta, veinte páginas de apretada letra manuscrita. Pudo mandar un correo electrónico, tal vez llamar o, incluso, esperar a mi siguiente visita para platicarme todo lo que plasmó en el papel. O eso pensé hasta que leí la carta.

Nunca había recibido una y seguramente será la última. Conforme fui leyendo, entendí que el papel era el mejor medio para comunicar lo que en él escribió la abuela.

El primer golpe de realidad vino al bajar del tren; siempre me esperaba la abuela con un lonche que yo comía con hambre y con cariño. El año pasado, mientras comía, ella habló hasta por los codos; esta vez, el bus va tan callado que puedo escuchar su ausencia. Quise llorar, pero algo no salía.

Ya en el pueblo, con la mochila al hombro, tuve que arrastrar los pies por las calles empedradas hasta la casa; cada paso pesaba más que el anterior. Una tormenta retrasó la conexión de mi vuelo, por lo que no alcancé a llegar al entierro, pero sí al ágape. "Hasta donde da", diría la abuela, así que traté de no sufrir mucho por eso.

Al llegar a la puerta de su casa, dudé en abrirla con la llave que me había dado la primera vez que fui de visita; me sentía intrusa. La tía Pilar me evitó pensar en ello.

La hermana mayor de mi abuela abrió la puerta, aparentemente iba de salida. Al reconocerme, me recibió con los brazos abiertos y solo entonces me desbordé como presa que ha guardado aguas de más; el nudo en la garganta se aflojó finalmente, aunque no podía pronunciar palabra.

Me aferré a la tía tan fuerte que creo que la lastimé un poco. Incluso le mordí el hombro; sabía a crema y talco. Tan grande era mi necesidad de asirme que lo hice hasta con los dientes.

Dentro de la casa había mucho ruido y movimiento. La tía Pilar había cerrado la puerta tras de sí, me tomó del brazo y, con el pretexto de ayudarle a recoger unas viandas, me arrastró un par de calles hasta su casa; adivinó que no estaba preparada para ver tanta gente tan de repente.

Con aquella caminata recordé una de mis primeras visitas al pueblo. De regreso de un mandado, pasé por la casa de la tía Pilar, quien guisaba un solomillo al queso y me invitó a comer, pero dudé porque sabía que la abuela también estaba cocinando.

—¡Anda, arrímate a ver qué está guisando tu abuela, que seguro tiene algo bien rico! Si aquello te llama más la atención, quédate allí, que no hay prisa. Pero si te tira más el solomillo, ¡pues hala!, vuelve sin problema.

Puse los ojos como platos al escuchar aquello. La tía solo se rió e hizo un gesto de aprobación.

La abuela preparaba un cocido que olía a tocino y chorizo, pero el solomillo me había atrapado y le pregunté si podía ir a comer con la tía Pilar. Cuando la abuela supo el porqué, rió idéntico que su hermana.

—¡Claro, claro, vete al solomillo, que lo mío ha de ser agua de fregar!… Ya vendrás lloriqueando un poco cuando veas lo que te pierdes, ¡pero no te jures que quede!

No supe qué hacer, así que la abuela continuó hablando:

—¡Venga, rapacina, que tu tía no está pa’ esperas! ¡Espabila, que luego me echas la culpa a mí!

—Recorrí tantas veces este mismo camino para quedarme a comer con una o con otra, ¿lo recuerdas, tía? —como pude, balbucí entre hipos; el llanto me ahogaba de nuevo.

—¡Y tanto que me acuerdo, rapaza! Me daba una cosilla cuando, después de pasar por mi lumbre, salías pitando a la de tu abuela, pero así son las cosas, hija, que la vida va y viene como tú hacías entre nosotras. ¡Pero llora, anda! ¿Qué te lo guardas?

—¡Oye, que me quedaba contigo también!

—¡Anda, te quedabas por darle gusto al gaznate! Que lo que ese día cocía te llamaba más que lo que guisaba Carmen —comentó entre risas la tía Pilar—. Pero no pasa nada, niña, que sé que el corazón lo tienes para ambas. Lo que es tu barriga siempre hizo lo que quiso, como ahora tus ojos; déjalos que lloren.

En su carta, la abuela Carmen se despidió de mí con su característico desenfado, ¡como si morirse fuera lo más natural del mundo! Me aconsejó llorar cual nube de tormenta, "que, cuando agota el agua, se disipa y deja ver el sol".

La abuela especificó que escribía la carta gozando de cabal salud y me advirtió que no saliera por piernas a subirme al primer avión. Era solo que después de los ochenta, dijo, estaba más cerca de morir que de la vida eterna. ¡Mi abuela y sus reflexiones!

Estaba segura de que esa sería la última carta que escribiría en su vida y también sabía que sería la primera que yo recibiría; pero, además del papel, también recibí la existencia de una Carmen que no conocía.

Dentro del sobre venía una llave enorme y vieja, como de ropero de abuelita, nunca mejor dicho. Me heredó en vida toda la correspondencia que tuvo con el abuelo y su baúl de diarios.

Las cartas estaban en España con ella; tendría que esperar a que se fuera a criar malvas, dijo. Pero los diarios estaban en el baúl que dejó encargado con mi padre y podía hojearlos tan pronto tuviera la llave en mi poder.

Treinta y seis cuadernos de distinto tamaño y grosor encontré en su baúl, algunos más amarillos que otros. La carta decía que también serían míos los diarios que continuó escribiendo en España.

En la primera anotación escribió: "Hoy cojo este cuaderno pa vaciar lo que me bulle en la cabeza, que mas carga el papel que mi pecho. Cuando vieja y con arrugas lo lea a lo mejor me río o lloro por lo burra. Cosas que me aprietan el alma en un puño nada seran pero otras ay, otras me seguiran como las sombras".

Algo me dice que mi abuela siempre fue ella desde el principio.

En su cocina, la tía Pilar cogió unos bocadillos de la mesa, los metió en una bolsa que me entregó y luego miró teatralmente a todos lados antes de decir:

—¡Vamos, vamos! Te acompaño a la cocina de tu abuela, que hoy en la mía no hay nada que contente la barriga, ¡ni la lumbre ha prendido hoy tu tía!

Pilar me guiñó el ojo y rió mientras se dirigía a la puerta.

Caminando de regreso al ágape que la familia organizó en casa de la abuela, me cayó el veinte. Por primera vez desde que me enteré de su muerte, pude reír a carcajadas.

—¿Qué demonio se te ha metido, niña?

—Disculpa, tía, es que cada vez que he venido a visitar a tu hermana, ella me recibía con un lonche, ¡y hasta en el día de su muerte se las ha apañado para recibirme con comida! ¿No vamos ahora mismo a su cocina?

—¡Anda, rapaza! —la tía Pilar parecía reír contra su voluntad—. Esa Carmencita hilaba fino para salirse siempre con la suya. ¡Y eso que rezaba más que monja en cuaresma! Aunque seguro ella diría que lo de hoy solo es una coincidencia.

En su carta, la abuela se disculpaba de antemano por lo que pudiera encontrar en los diarios. Me advirtió que, en ocasiones, no la reconocería en los pasajes, pero que todo lo escrito provendría de Carmen, la mujer.

Se hacía responsable de sus actos y de sus reacciones a lo vivido. Aun así, nada me preparó para lo que encontré dentro del primer cuaderno.

Carmen escribió que ella y el abuelo Antonio se conocieron en la adolescencia, años antes de que le ganara la cosquilla por escribir un diario. Antonio vivía al otro lado del pueblo, pero siempre hallaron algún momento para verse e intercambiar palabras en la plaza o en el mercado.

Me encantó leer que el abuelo solía esperarla en una fuente cerca de la herrería. Aunque casi siempre ella pasaba con su madre, mi bisabuela, y Antonio se tenía que quedar en "visto".

Carmen se emocionaba cuando Antonio le deslizaba un papelito en misa. ¡Hazme el grandísimo favor! ¡La devota de mi abuela echando novio entre padrenuestros!

"Seguro arderé en el infierno por esto", escribió la abuela. ¡Y yo con ella por celebrar sus escrúpulos!

La existencia de Antonio no era bien recibida por la bisabuela, viuda reciente que debía asegurarle un futuro próspero a sus tres hijas casaderas; los varones ya se las apañarían.

A sus ojos, Antonio parecía un buen muchacho, pero no podría proveerle ese futuro a su Carmencita; no tenía los medios. Carmen confiaba en cambiar la idea de su madre; ya se daría cuenta de lo que era capaz Antonio.

Cuando llegué a esa página, me alegré, asumiendo que los abuelos de algún modo la habían convencido. Claro que, como buena novata, obvié el hecho de que aquel diario apenas comenzaba.

¡Por mi madre, que la abuela hubiera hecho fortuna escribiendo thrillers!

Algunos meses después, la bisabuela le anunció a Carmen que ya no tendría que temer por su futuro. Le había conseguido un buen marido.

El Ingeniero, así, con mayúscula, estaba escrito en el diario, con diez años más que Carmen, era ya un respetado agrónomo de la comarca. Tras anotar que se le había caído el alma al suelo al recibir la noticia, ¡la abuela había escrito tres padrenuestros y dos avemarías! ¡Ahí, en las páginas del diario!

Recordé entonces que la abuela solía decirme: "Tú reza como si todo dependiera de Dios y actúa como si todo dependiera de ti". ¡Toda la vida pensé que solo era un consejo de mi santa abuela!

Solía ir a misa todas las mañanas al despuntar el alba y a la misa de siete por las tardes; participó en más de un comité parroquial allá en México. ¡Y lo mismo hizo al regresar a España!

¿Cómo coños mi devota abuela era la misma mujer que escribió aquello? Deja eso, ¡que vivió aquello!

La siguiente entrada del diario estaba fechada algunas semanas después y parecía resumir lo ocurrido en el intervalo.

La abuela se las arregló para comunicarse con el abuelo y, entre ambos, decidieron hacer lo único sensato: fueron con el cura del pueblo, quien aceptó casarlos.

¿De dónde o cómo? ¡No me lo explico! Según me contó la abuela alguna vez, en sus tiempos se requería la autorización de los padres para que un sacerdote oficiara un matrimonio. ¿Acaso sobornaron al cura o cómo carajos le hicieron?

Ya casados, acordaron migrar (¿huir?) a México, y así fue como llegaron a Veracruz.

Entonces comencé a leer lo gordo de la historia.

Contaba la abuela que de esto se enteró tiempo después: cuando en el pueblo supieron de la huida de mis abuelos, el Ingeniero fue a reclamarle a la bisabuela. Era necesario reparar de algún modo esa afrenta; además, ya había invertido sus buenos centavos en la preparación de la boda y el banquete.

El compromiso ya se había anunciado y, como personas de bien, no podían dejar aquello así.

La bisabuela le aseguró al Ingeniero que, puesto que ya todo estaba listo, la boda se haría. Podía irse tranquilo, pues todo se cumpliría conforme a lo planeado.

Después de esa entrevista, la bisabuela llamó a la tía Pilar y le anunció que ella sería la novia.

¡Trágate esa!

No comprendo. La tía Pilar y la abuela siempre me parecieron dos señoras lindísimas y muy devotas, siempre pendientes la una de la otra. Viudas, por cierto; los maridos no llegaron a ancianos.

Entiendo que la abuela Carmen no fue quien metió a su hermana en un matrimonio arreglado; lo único que hizo fue actuar como si todo dependiera de ella.

¿Pero la tía Pilar por qué no se rebeló también? Toda mi vida sentí que la de armas tomar era ella, que ciertamente también tiene su carácter y no se deja.

La única que pudo dormir tranquila fue la bisabuela, que, gracias a su hija Carmen, resolvió de un plumazo el futuro de dos de sus casaderas.

¡Mira que venir a enterarme de todo esto de camino al funeral de la abuela! ¡Joder! ¡Quiero un trago! ¡Y, de paso, una pizca del carácter de cualquiera de ellas, trío de cabronas! ¡Las amo!

De regreso en casa de la abuela, en algún momento coincidimos solas la tía y yo en la cocina. Tuve que preguntarle:

—Oye, tía, ¿amabas a mi tío abuelo?

—¡Anda la mía, Mariana! ¡Mira qué preguntas, Virgen Santísima! ¿Que si quería a Paco? ¡Si con ese hombre echamos críos! ¿O es que a tus tíos los trajo la cigüeña? ¡Se te ocurren cosas, Marianina, que me sacas los colores! ¡Qué salada estás hoy!

—No, tía, ya sé, ¿pero lo amabas?

—¡Anda, si has de saber, rapaza! Al principio no más que respeto le tenía, como a cura en misa... pero mira por dónde, el Paco me salió más bueno que el pan. ¿Qué mosca te ha picado para sacar esto ahora?

—La abuela me dejó sus diarios —tuve que bajar la mirada al decirlo.

—¡Ea, pues! —suspiró profundamente la tía—. Por cierto, me ha dejado esta llave para ti, dijo que era del baúl en su recámara. Y, Marianina, hija mía, no tiene nada de malo que andes de escarbona, pero lo que encuentres... deja el pasado en su lugar, que ni yo lo entiendo, ¡y eso que estuve ahí! Venga, agarra esa charola y vamos a la sala, que estas empanadas no se van a comer solas.

Las raíces somos todos

 La calle de su abuelo es ancha y los árboles de ambas banquetas se han entrelazado con los del camellón, formando un dosel doble en toda la...