La sociedad solía burlarse del calentamiento global; creían en los políticos, que por un puesto público y acceso al presupuesto eran capaces de vender a su madre, tres veces al menos, para sacarle provecho.
Mi abuelo comenzó a escuchar las advertencias en su niñez: la Tierra no aguantaría el frenético ritmo que la explotación humana le imponía; para cuando llegó a los cuarenta, esa Tierra empezó a cobrar sus facturas con sangre. Maremotos reclamaban la vida de cientos de miles; sequías arruinaban vastas regiones de cultivos, compitiendo con heladas por ver quién arruinaba más cosechas; lluvias torrenciales ahogaban a tirios y troyanos.
Todos los años se rompían récords: el día más caluroso, la mayor cantidad de lluvia en veinticuatro horas, el político más cínico y corrupto, el nuevo hombre más rico del mundo. La naturaleza y los humanos parecían empeñados en superarse con cada nuevo fenómeno.
La ciudad solía ser el oasis de la humanidad, el lugar donde la ciencia y las diferentes disciplinas del saber humano convergían para crear el futuro, alimentado por el campo. Ya no. Las ciudades se han convertido en las islas donde hemos naufragado sin salvación alguna.
—Las noticias del cambio climático encierran una gran mentira —solía decir mi abuelo, sentado en su mecedora, mientras veíamos el horizonte de un imposible color naranja—: el calentamiento global no destruirá a la Tierra, nos destruirá a nosotros. La Tierra sobrevivirá.
Algo distinta a cómo la encontramos, añadiría yo.
A mi hijo le cuesta creerme cuando le cuento cómo era la vida en tiempos de su bisabuelo. ¿Cómo decirle que el cielo era azul cuando yo misma solo lo vi unas pocas veces cuando era niña?
Algo que nunca le conté a mi hijo es que mi abuelo, antes de morir, me regaló unas semillas de aguacate.
Hoy en día, el cielo ya no solo es gris; es una masa densa y apestosa que te ahoga y oprime. No es de extrañar que vendan aire enlatado, aunque para comprarlo tengas que vender un pulmón.
¿Lo más irónico del caso? Antes vendían aire puro, pero a la mayoría de la gente la ponía verde. La lata de aire premium no huele a nada, pero todo es relativo.
Salió un estudio que dice que ese aire tiene la misma composición que el aire londinense de principios del siglo XX, justo cuando se inventó la palabra "smog". ¡Jodidos estamos para que el inicio de la contaminación moderna sea nuestra medida de pureza!
Puedo continuar un largo rato rememorando cómo es vivir en esta época, pero duele demasiado. Francamente, divago; el dolor de la realidad me parte en mil pedazos. ¡Quiero llorar! ¡Quiero matar y ver sangre!
Pero eso me convertiría en alguien igual o peor a esos malditos que manejan el sistema para ganar dinero. ¿De qué les sirve ganar un Potosí si el mundo en que anhelan gastar su fortuna es el mismo que destruyeron para ganarlo?
Lo peor de este maldito mundo son sus leyes. Curiosamente, ahora sí las cumplen a rajatabla.
En la antigua Grecia alguien ideó el primer código de leyes escrito, un tal Dracón, de quien se dice que escribió sus leyes con sangre, no con tinta. ¡Mierda de mundo! ¿Por qué repetimos la historia? Corregida y aumentada, por supuesto.
Permanecer en el exterior cuando llueve está penado. No es que nadie quiera cantar bajo la lluvia; esa agua quema peor que el ácido. Si te mojas con ella, la pena de muerte que te imponen suena a misericordia.
Tocar la tierra es una de las máximas ofensas, aunque ya toda la ciudad está cubierta por una lápida de cemento, y encontrar algo de tierra es más difícil que ganarse la lotería.
La mayoría de los delitos tienen penas corporales o monetarias, como ha sido casi siempre. La novedad en nuestro bendito sistema son los delitos contra la Madre Naturaleza; así, con mayúscula, la identifican en las leyes y reglamentos. Así, en su nombre, parece una burla.
Todas las faltas menores se castigan con la muerte. Para las ofensas más graves no encontraron un castigo más severo, lo que en la práctica significa que si cometes un delito, ya estás muerto.
El giro de tuerca de estos perros malditos son los métodos para ejecutar la sentencia: torturas tan elaboradas y retorcidas que el mismo Torquemada envidiaría.
¿La más poética de todas las formas que imaginaron para ejecutar a los ofensores de la Madre Naturaleza?
Con ingeniería genética crearon unas cápsulas que contienen semillas modificadas de árboles. Las cápsulas contienen los químicos adecuados para mezclarse con las proteínas y enzimas humanas y transformarse en los nutrientes y fertilizantes necesarios para sustentar los primeros meses de vida del árbol; además, los árboles cuentan con un tratamiento para poder sobrevivir y crecer dentro del cuerpo.
Sé que divago desde hace rato, pero no puedo con el peso de la realidad. ¡Siento que muero!
A los ofensores les administran una de esas cápsulas y los mantienen en prisión durante los meses que el árbol tarda en crecer dentro de ellos. Cuando las ramas botan los globos oculares y se asoman por las cuencas de los ojos, llevan a los prisioneros a las afueras de la ciudad, a un lugar secreto donde, según dicen, regeneran un bosque.
Descubrí que es delito tener semillas de cualquier tipo en tu poder. Lo más sensato era deshacerme de las semillas de aguacate que me regaló mi abuelo, pero lejos de casa para evitar problemas.
No me di cuenta de que mi hijo me siguió y tampoco me enteré de que ellos nos siguieron a los dos.
Cuando pensé que estaba en un lugar apartado y seguro, saqué las semillas para destruirlas. Yo no los vi, pero mi hijo sí.
Cuando aún estaban lejos, tomó una botella del suelo y me golpeó con tal fuerza que perdí el conocimiento. Por eso le creyeron cuando les dijo que las semillas eran suyas; les contó que yo se las quería quitar para denunciarlo y que por eso tuvo que golpearme para recuperarlas.
Me permitieron verlo antes de que le administraran la cápsula; es la última vez que te dejan ver a un condenado.
Dracón estaba equivocado: sí hay un castigo peor que la muerte: Roberto solo tiene quince años.
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