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Exey Panteleev*** |
La semana pasada fui de visita a
la casa de la tía Azucena, reunión familiar. Creo que ese tipo de reuniones
siempre están muy devaluadas, por lo menos la mayoría se burla de ellas con los
amigos y las hace parecer como una carga, o un deber o algo desagradable por lo
que se debe pasar, “por los viejos, tu sabes”. Probablemente para muchos son un
martirio, cada quien; sin embargo también tienen algo de interesante.
Lo peculiar de esta particular reunión
con la tía Azucena es que se juntaron familiares de otras regiones del país.
Ahí está, por ejemplo, el tío Pedro:
recién desempacado de la costa pacífica, todo un personaje digno de novela
costumbrista pero con el peculiar colorido que sólo los descendientes del
astuto don Alejandro le pueden imprimir a la vida en esta dimensión. Pedro
nació en las faldas de la Sierra Madre Occidental, hecho del que consigue hacer
una mofa tan graciosa que, no por repetitiva, pierde su encanto.
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Cuando tenía
tres años, los abuelos se mudaron a la capital, punto del que se cuelga el tío
Pedro para considerarse más chilango que los tacos de suadero y que Mario, Sebastián y Azucena –los más chicos de
mis tíos. Toda una vida después, el tío Pedro migró junto con su esposa y sus
tres hijos a las costas de Manzanillo; sacando cuentas, eso sucedió hace unos
18 ó 20 años. Desde entonces, al multi mentado tío lo habré visto en cuatro o
cinco ocasiones, pero siempre con gusto y cariño. Lo curioso es que en cada
ocasión nos hemos sentado a platicar como si apenas la semana pasada hubiésemos
estado juntos. Al menos eso creía, hasta ahora en que de verdad parece que apenas la semana pasada nos vimos.

En algún momento el tío Pedro,
impulsado por Julián o Ana –mis primos- o por iniciativa de su ronco pecho, no lo sé, se metió
en la ola ésta de las redes sociales. Poco publica, poco se mete, poco comenta
y mucho menos contesta las menciones, etiquetas, fotos y demás. De las
felicitaciones por su cumpleaños mejor ni hablamos.
Ayer que nos vimos, después de
abrazarnos, lo primero que me dijo fue “Siento como si apenas ayer nos hubiésemos
visto” –hasta aquí todo normal-. Y entonces empezó a preguntarme por la carrera
de 10km en la que se me ocurrió participar; por la fiesta sorpresa para Martha –la
más grande de las primas-; me dio algunos consejos para mejorar en el próximo
rally al que planeo inscribirme; me pidió los detalles pormenorizados de la
reunión en casa del tío Paco. Quiso saber qué fue de la computadora que tuve
que regresar por garantía y los motivos de mi pospuesto viaje a la playa.
Incluso comentó lo flaco que me veo últimamente; lo cual es cierto, en los
últimos meses bajé algunos kilos –no sé cuantos, no tengo la costumbre de
pesarme-.

Lo increíble es que hace cinco o
seis años que no nos veíamos; sin embargo me sabe vida, obra y milagro. Y no es
que el tío Pedro sea un
stalker
profesional, ni siquiera
amateur o de
bolsillo. Lo único que ha tenido que hacer es abrir su perfil y, fiel a su
naturaleza humana, tan sólo ejercitar un poco su curiosidad y ponerse a leer la
vida, obra y milagro que yo mismo público para conocimiento “público”.
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Este relato se publicó originalmente en www.imaginario.mx
*** exeypanteleev.com En este sitio puedes encontrar más fotos de Exey Panteleev. Por favor, antes de entrar en la página considera que las fotos incluyen desnudos.
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