febrero 23, 2011

EL ÚLTIMO VUELO ©


ESTE FUE EL AVIÓN...

Después de haber leído la frase “El hombre es un animal de costumbres“, Mafalda se cuestionaba si no sería que “de costumbre el hombre es un animal“. Amo a Mafalda, aunque sólo sea un personaje de ficción. De momento me quedo con el asunto de las costumbres. Es cierto, hacemos una repetición de todo hasta que se vuelve automático: si el despertador suena todos los días a las 7am incluso el domingo nos despertaremos cerca de esa hora aunque el despertador esté apagado; en el carro siempre tomaremos la misma ruta; compramos en la misma tienda; la pasta de dientes sólo tiene una forma correcta de estar en el lavabo (algún costumbrista dirá escandalizado que la pasta no va en el lavabo); en fin... costumbres. Las costumbres nos facilitan la vida, aunque también nos pueden adormecer. Pero no es la repetición lo que crea la costumbre, si así fuera ¡qué fácil sería la vida!

Por ejemplo, los sepelios. Son repetitivos: te vistes de negro; vas y te congregas en el lugar convenido; siempre hay flores, coronas y unas grandes veladoras (creo que hay unos cirios que te dan desde el bautizo y se prenden en todas las ocasiones religiosas, me pregunto si alguien llevará dicho cirio al sepelio); se rezan rosarios y oraciones; cantan… ¡cantan! (lo del canto merece mención aparte, luego será). Por lo general son las personas mayores quienes, literalmente, llevan la voz cantante en eso de los cantos y los rezos, pero como siempre son los mismos (“mismos" creo que aplica tanto para las personas mayores como para los cantos y rezos) terminas por aprenderlos aunque sea a medias. De hecho creo que esa parte repetitiva de los sepelios de algún modo te conforta, te serena. Regresando a las canciones, ¿han escuchado esa de “pescador de otros mares“? La de “en mi barca no hay oro ni espadas...“ Pues esa canción tiene la costumbre de ponerme en modo “sepelio“, es decir, triste y melancólico. Será porque es costumbre cantarla en los sepelios y he terminado por asociar una con otros como algo inseparable. Todo es igual en los sepelios, lo tienen todo para ser costumbre, pero jamás lo serán porque el muerto es siempre diferente. Y qué bueno que nunca sea el mismo porque nadie es tan malo que merezca morir dos veces.

Llegamos al sepelio justo a la hora de los cantos; de entrada no queríamos entrar, atravesar toda la estancia y ser observados por todos. Justo al fondo estaba la cara más familiar; hacia allá fuimos. Me senté en el descansabrazos del sillón, ya no había sitio. Me dediqué a reconocer el terreno, pocas, muy pocas caras conocidas (veintitantos años no pasan en balde), ojos rojos, caras hinchadas; rostros tristes y miradas perdidas en el infinito. Algunos dormitaban sin dormir, seguramente quienes vivieron la experiencia desde el principio, a quienes el cansancio y la angustia les cobraban ya factura.

Y en el lugar principal, el féretro con tres cuadros encima, flores y demás parafernalia. Es tan irreal. Tan sólo una caja de metal, pero su significado es tan fuerte... Debo creer que su cuerpo que no él, sus restos porque él ya no esta (ya murió), están dentro de aquella caja. Quiero decir que la última vez que lo vi estaba vivo y no le dolía nada -quizá el alma, pero eso sólo él lo sabría- así que de verdad era extraño hacerse a la idea de que sus restos estaban dentro de aquella caja metálica y, por tanto, que él ya no existía. Fue un accidente, de avión; de los verdaderos accidentes en avión, no del ocasional despiste ni nada por el estilo ¿necesito añadir más? Por eso es tan chocante: está vivo y segundos después ya no. Y luego te ponen enfrente el féretro y ya, eso es todo. ¿Y se supone que debes creerlo a pie juntillas? ¿Amén y a lo que sigue? Ahora comprendo por qué la gente prefiere saber la verdad por cruda que sea: porque la incertidumbre mata. Perdón, la incertidumbre no mata tan sólo produce angustia; el golpe es lo que aniquila -y si no me creen que se lo pregunten al del féretro-. Quizá deba decir porque la incertidumbre "mata". Ahora sé por qué algunos se asoman dentro del ataúd: porque constatar el hecho te proporciona paz. Yo lo veía como algún tipo de profanación,  ¿pero cómo negar lo que estás comprobando con tus propios sentidos? Algo asi como un golpe de realidad, que tampoco son de los que matan pero son buenísimos para poner los pies sobre la tierra.

Cuando bajé la tapa y di la vuelta, había menos gente en la sala y los aún presentes estaban un poco pálidos. ¿Por qué encontramos la muerte tan intimidante? Para allá vamos todos. Digo, no que me corra prisa alguna, pero el que está vivo habrá de morir, le guste o no.

Y todavía falta el entierro...

Al salir de ahí, me dije a mi mismo y comenté que en mi funeral no habría cantos ni rezos; mejor mariachi y en vez de primer, segundo y tercer misterio que al primer acorde se suelten con la de “El Mariachi Loco“ nomás por ver qué cara ponen todos; en el segundo acorde la de “La Vida no Vale Nada“ para estar a tono con la ocasión; que se sigan con la de “Que Suerte la Mía“ por recordar que en la vida hay otros dolores más fuertes que ya los quisiera el muerto porque solo quien vivo es siente; luego las complacencias y al final la del Pescador para darle el toque tradicional al asunto. Y lo digo en serio.

Al día siguiente, a las puertas del panteón esperábamos cuando desde el fondo de la avenida dobló el cortejo en la esquina con el féretro al frente, cargado en hombros, las flores -siempre las flores-, los deudos, los vecinos y ¡el mariachi!… ¡Un mariachi!… ¡Hombre! ¡Qué casi espero con ansia toparme con alguna plañidera!; ellas y un perro flaco cerrando la comitiva son los únicos que faltan. ¡Por mi vida que el mariachi me ha impactado! Con un codazo le digo a mi hermana “¡Mira! No andaba tan errado“.

Todos mis sepelios previos han sido de cripta: nichos revestidos de cemento donde cabe el ataúd, metes la cajita y un par de albañiles tapia la entrada con ladrillos y mezcla previamente preparada; al final resanan la pared y frente a ti sólo queda un flamante muro de cemento ¡Vualá!

Éste es en tierra, cavan un agujero con picos y palas; de la vieja escuela, pues. Junto al hoyo están todos. Los únicos tranquilos son los sepultureros, casi se ven aburridos, respetuosos si, pero aburridos como si ya estuvieran acostumbrados. Para ellos, aunque siempre cambie, el muerto es siempre el mismo: un perfecto desconocido. El mariachi no deja de tocar y de las plañideras ni sus luces, pero ni hacen falta pues por espontáneos(as) no paramos. Mojan el fondo del agujero con agua de una  jarra de cristal -muy bonita por cierto, no cualquier jarra- como marcando el territorio. Lo siento, mi vena irreverente; en realidad dibujan una cruz con el agua de la jarra para consagrar la tierra y alejar al demonio, al menos eso me dijo un lugareño; o sea que sí marcan el territorio ¿ven cómo no andaba tan errado? Se preparan para bajar el féretro, pero antes dicen algunos discursos del tipo "a-los-ojos-de-la-muerte-todos-son-unos-santos".

¡Pinche Muerte! ¡Además de hija de la chingada, cegatona!

Dentro del gran agujero que es la fosa hay uno más pequeño dónde cabe justo el ataúd y cuyas paredes sirven de apoyo para colocar unas lozas de concreto; las lozas sirven para soportar el peso de la tierra y evitar que el féretro y su inquilino terminen aplastados -literalmente. Entonces si, a echarle tierra al asunto, perdón al difunto; acomodan las flores -con un poco de suerte dentro de poco se verán tan viejas y secas como las de las tumbas vecinas-; colocan la placa “conmemorativa“; abrazos, besos, "veámonos más seguido" y adiós, todos salen en desbandada.

¿Quién puede llegar a acostumbrarse al numerito?

Yo no. De hecho he decidido que el mío será el último sepelio al que asista; después de todo, cuando sepan a quién se le ocurrió lo del mariachi loco no creo que me dejaran entrar a ningún otro.

PD
Perdón, antes de la desbandada sigue la comida en honor del difunto (es velorio de pueblo):
-Comes.
-¡Provecho!
-Lágrimas y risas. Jajaja-jejeje.
-Abrazos, besos.
-"Veámonos más seguido".
-Adiós.
-Desbandada.
-La vida sigue...
En los pueblos son sabios.


febrero 13, 2011

DE BESOS Y MASCADAS © (parte 3)

Estoy un poco desesperado, calculé mal mis tiempos y voy justo ya. Olvidé el tráfico de los sábados por la noche. Todavía tengo que meter el carro al estacionamiento y salir corriendo para encontrarla en la entrada de Moliere. Al medio día que hablamos para confirmar la hora y lugar le dije que la esperaría justo en ese lado.

-¿Por qué no nos vemos en el cine? -preguntó con mucha lógica y razón.
-Porque arruinaría la sorpresa.
-¿Otra sorpresa? -¡por favor, que mencione la mascada! ¡que mencione la mascada!…
-Algo así.
-De verdad que eres raro.
-Mmm… velo como parte de mi encanto -¡Eh! ¿Qué tal? Humilde, sencillito y carismático.

Estuve a punto de recordarle la mascada para que no la olvide, pero si la menciono yo antes que ella la sorpresa perdería parte de su encanto. En realidad por eso insistí en verla a la entrada no del cine sino del centro comercial, para tener tiempo y espacio, sobre todo espacio para que la idea con la mascada funcione. Si es curiosa -¡y por dios!, si es humana seguro lo es- desde que se la pedí debe estar preguntándose para qué quiero una mascada para ir al cine, sobre todo cuando al principio era corbata; bueno… al menos eso espero.

He entrado por Moliere. Aunque la mayoría de los carros ingresan por ésta que es la entrada principal, casi todos se estacionan tan cerca como sea posible de las escaleras del cine que están justo al otro lado; benditos sean porque he encontrado lugar de inmediato. Bajo corriendo del carro y me apresuro a regresar a la entrada, como a cien metros. Faltan cinco minutos para las ocho; técnicamente voy a tiempo, sólo espero que ella aún no haya llegado; empieza a sonar el celular, sin dejar de correr lo saco de la bolsa y lo contesto justo donde están las plumas de acceso. Es Ella, dice que acabo de alejarme corriendo sin hacerle caso -“Como si estuvieras huyendo de mí” -dice con fingido reproche- “No muerdo ¿sabes?”. Volteo hacia donde dejé el carro, buscando el suyo; me siento observado, como si me hubieran pescado justo antes de hacer una travesura. No que hubiera hecho alguna –todavía- pero esa es la sensación. No la veo. La carrera ya me hizo efecto, respiro algo agitado mientras regreso sobre mis pasos, buscándola en una especie de “frío-caliente” que parece estar disfrutando de lo lindo. He regresado junto al carro, cerca hay uno que me parece muy familiar pero está vacío; se lo digo y ella, con un ataque sofocado de risa, me pide seguir buscando porque ese no es el suyo; me las huelo -¿existe esa palabra? ¿huelo?-, así que me acerco al auto preguntándole si acaso está cerca del carro morado; me dice que sí pero… ¡no hay ningún carro morado!; me acerco más al auto y ¿qué veo?. A ella, recostada para que no la viera desde afuera, mirando el techo de su carro y con la más pícara sonrisa, bueno... sólo le faltaba el cable que tenían los teléfonos de antes para jugarlo entre los dedos. Cuando me vio se puso seria, muy seria y luego fingió no verme; por el teléfono me dice -“Bueno, te dejo porque ya llegaron por mí. Ciao”. Se incorporó sobre su asiento y bajo del carro riendo a carcajadas.

Resulta que quiso llegar temprano para ver qué era lo que yo tramaba. Dice que verme correr como corrí ya pagó el haberla tenido en ascuas con lo de la mascada. ¡Ah! ¡La ha mencionado!

-¿La traes?
-Un minuto, un minuto -hizo mímica de buscarla a su alrededor y de repente- ¡Ah! ¡Ya me acordé!

Giró dándome la espalda y se agachó dentro del carro hacia el asiento del acompañante, pero a medio camino se arrepintió; volteó a mirarme, se enderezó y con gesto teatral, pausado, giró sobre si misma dejando en claro que no quería que la viera desde aquél ángulo, incluso negó con la cabeza. Se sentó entonces muy propia frente al volante y estiró la mano para alcanzar su bolso.  ¿Cuál sería mi sorpresa al ver que la mascada era del mismo color de su vestido? (de acuerdo, “casi“ del mismo color). Por cierto, su vestido merece mención a parte. Es de diseño primaveral, se ve fresco y ligero; aunque no es ceñido dibuja su silueta; termina algo arriba de la rodilla. Se ve tan liviano…

-¿En qué piensas? -pregunta.

Le contesto que en su vestido: Sin dejar de mirarla, llevo mi mano a la altura de su rodilla –a la altura del vestido en realidad- y a unos cuantos centímetros de ella junto el pulgar y el índice como si hubiera cogido algo con los dedos; con gesto lento recorriendo su cuerpo, siguiendo su contorno sin tocarla, levanto la mano hasta llegar por encima de su cabeza como si estuviera retirando un velo... Ahora la del calofrío fue Ella pero de inmediato me pregunta que vamos a hacer con la mascada. -“Jugar…“ -contesto. Le explico que la idea es que uno de los dos se ponga la mascada a modo de venda en los ojos y se deje guiar por el otro. Me mira incrédula, no sabe si hablo en serio o bromeo. Cree que estoy loco; en realidad me ofendería que lo dudara. Como no se decide agarro la mascada y me vendo yo mismo -espero que me compre- los ojos, pongo mi mejor sonrisa y estiro las manos en espera de que me de las suyas. Tras unos instantes la escucho suspirar, me toma la mano y caminamos hacia las escaleras más cercanas; tropecé en ellas y de inmediato me ayudó, acercándose más a mí.

-No es buena idea. Quítate la venda.
-Hueles delicioso ¿sabes?
-Estoy hablando en serio.
-Yo también.
-… ¿en serio?
-Mmm... -subimos por el siguiente tramo de escaleras.
-Todos nos miran -me dijo al oído y yo aproveché para inclinarme sobre su hombre derecho y olerla a conciencia- ¡Oye!
-Deja que nos miren...

Caminamos despacio pero finalmente llegamos a la taquilla. Tiene las manos tan suaves. Pidió los boletos, le di mi cartera para pagar y luego le ofrecí el bolsillo del pantalón para que la guardara. -“Ni lo sueñes” -dijo mientras me regresaba la cartera en la mano. Pasamos por unas palomitas con refrescos. Como tuvo que agarrar la charola con las dos manos yo me agarré de su brazo para continuar hacia la sala. Una vez sentados preguntó si no pensaba quitarme la mascada; acepté pero con una condición. Cuando preguntó cuál, abrí los brazos de par en par. Se hizo silencio... de repente movió el brazo del sillón, se acomodó más cerca, me quitó la mascada y apoyó su cabeza sobre mi pecho. -“Pero si te comportas como adolescente...” -¿por qué me da ideas? ¿ y por qué me dan ganas de jugar cuando estoy con ella? Supongo que se refiere sólo a las manos. Como a los veinte minutos comencé a besarle la frente y poco a poco, igual que Homero con Morticia, me fui acercando hasta que me ofreció sus labios. Aunque la película era buena, cuando una escena captaba su atención yo volvía a buscarla y ella a aceptarme, así que en realidad ninguno de los dos supo muy bien de que iba la trama, pero se desarrollaba en una provincia de Francia y recuerdo haber visto a la protagonista con un vestido muy parecido al de Ella. Por favor, no pregunten más porque de verdad no supe de qué iba; en mi defensa sólo puedo decir que a pesar de que Ella escogió la película porque salía su actor favorito, fue la primera vez que va a verlo y no le presta atención religiosa a  su actuación. Eso me lo confesó después. ¡Fabuloso! ¿No creen? -me refiero a haber acaparado su atención.

Al terminar la función -estamos hablando de la película- pasamos por las máquinas automáticas para el pago de los boletos de estacionamiento; ella mencionó que la próxima vez sería buena idea moverse en un sólo carro, yo sólo volví a besarla para mostrarle mi acuerdo. Caminamos de la mano por el estacionamiento, platicando su sorpresa por no haberse fijado en la historia y en el guapísimo actor; de hecho me lo decía con cierto reproche en la voz, pero su sonrisa y el brillo en su mirada la traicionaban. Soy humano, no pude aguantar más, así que de repente me volví para darle un rápido beso sin dejar de caminar.

-¡OYE! -¿soy yo u “oye“ es lo que más me dice?

Cada dos por tres repito el numerito; cuando me tomó la medida ya hasta me esperaba. La última vez, cerca del carro, casi se detuvo esperándome de nuevo, pero yo seguí caminando mientras se me escapaba una risilla. Dio dos pasos más y entonces sí se detuvo, me giró y jaló hacia si para besarme. La abracé y levantándola ligeramente del suelo la moví el metro que nos faltaba para llegar al carro; la oprimí suavemente contra él y entonces si, realmente nos besamos. Con las yemas de sus dedos en mi espalda me apretó con fuerza contra ella y me besó con una pasión que sólo pude corresponder  con una  caricia que resbalaba por su caderas y de repente:

-¡Jóvenes!...

Enfundada en un traje de policía de seguridad privada, en cuanto volteamos a verla aquella mujer nos dijo, muy seria ella, que “allí“ no podíamos “hacer eso“. Y se quedó plantada precisamente "ahí", dispuesta a no moverse sino hasta que lo hiciéramos nosotros, me refiero a movernos.

febrero 06, 2011

¿Y LA CORBATA? © (parte2)

Aún no llega, pero no es su culpa. En mí acelere por llegar se me ha hecho temprano: 20 minutos más o menos. No me gusta esperar en un café, no lo siento mi mundo -por cierto, aunque el café si me gusta no tolero las cosas calientes, ni siquiera la comida; siempre me quemo, es mejor que se enfríe-, por ello le agradezco que cambiara el lugar por un restaurante (de cadena, cierto pero al fin y al cabo restaurante). Nada mas entrar me recibe una mujer en traje sastre con una carta en la mano y me pregunta: -“¿Área de fumar o no fumar?“. Supongo que estoy de buen humor, pues la suya me ha parecido una pregunta encantadora. Ya en la mesa he pedido una limonada en lo que espero y repaso nuestro último encuentro.

Llegué el segundo; Ella ya estaba en la mesa -la más apartada- y, en cuanto me vio, hizo señas ofreciéndome un lugar a su lado (por un capricho del destino todas las mesas estaban ocupadas). De inmediato miré hacia la cocina, temeroso de la mesera (si, infantil, ya lo sé). Me acerqué, saludé y me senté. -“¡Qué alivio! Por un momento creí que hoy tampoco te vería. He hecho tiempo esperándote“ -fue lo primero que dijo mientras sonreía y apoyaba suavemente su mano sobre la mía; resultó tan placentero su gesto que incluso vibré como los gatos al ronronear, ¿han tocado a alguno mientras lo hace? Sin hacer mucho caso de mi temblor, Ella se disculpó por la mesera y la forma en que todo pasó. Aunque sentía que su mirada reclamaba la mía yo estaba más interesado en mirar la mano que tantas sensaciones despertaba en mí; la retiró. Cuando dijo que de buena gana me daba los cinco minutos que pedí, intenté decir algo, bueno más bien intenté abrir la boca porque no tenía ni idea de que decirle; pero Ella me evitó la pena de simplemente boquear  pues siguió hablando; insistió en que esa fonda, cumplidora en su estilo, no era lugar para platicar nada con calma. Sugirió un café, pero entonces le conté mi cuento con los cafés y acordamos el restaurante donde ahora la espero. Después de eso, se despidió y yo pedí de comer.

Y ahora estoy aquí, esperando junto a mi limonada a que den las tres y media de la tarde. Una semana... siete largos… eternos... e inacabables días después de que acordamos vernos hoy. Siete días... si a partir del tercero ya me trepaba por las paredes desesperado por el lento pasar del tiempo.

El restaurante tiene una terraza alrededor de la cual hay un bonito jardín. La espero en una de las mesas del fondo, no por otra cosa sino porque desde aquí puedo ver casi todo el restaurante (esa maldita manía por observarlo todo… luego me dicen que parezco escáner), y a pesar de ello -de estar siempre observando según yo- de repente una mano toca mi hombro. ¿Soy yo o ella es propensa al contacto físico? Lleva puesto un pantalón de mezclilla que resalta sus piernas -¡ah! ¡Cómo quisiera hacerlas a un lado!- y una blusa holgada que le ciñe el pecho; suena raro pero así es, tendrían que verla. Me paré a saludarla, me tendió la mano, la besé (a ella no a su mano) por primera vez ahora que lo pienso y nos sentamos. Me preguntó cómo he estado; ¿“ansioso“, le puedo decir?... le contesto que fascinado; entonces le pregunté si sabía por qué le pedí los 5 minutos. Sonrió como si supiera la respuesta y sin embargo me preguntó por qué. -“Porque me gustas, ¿pero que te parece si pedimos antes de comer?“.

Comida... mientras nos sirven empezamos a platicar de comida; resulta que uno de sus platillos favoritos es el espaguetti pero sin crema ¿sin crema? ¿Cómo es eso posible? Con valentía empiezo una cátedra sobre el espaguetti sin insistir en lo que se pierde al evitar la crema; sonríe, muestra sorpresa, duda, a veces me mira socarrona, coquetea, finge enojo, se burla y hace mil preguntas; habla poco, sus silencios me invitan a hablar hasta por los codos y ella controla todo, absolutamente todo, con la mirada. Su mirada… eso me da una idea: le he pedido que lleve una corbata la próxima vez y su sorpresa ahora si fue mayúscula pues ¿qué tienen que ver las corbatas con el espaguetti? -“Ya lo verás, sólo lleva una“ -contesté cuando preguntó para qué.

Trabaja en una inmobiliaria, le gusta el boliche, no sabe nadar pero le encanta meterse al mar -“Sólo hasta la cintura porque más adentro me da miedo“ -confiesa. ¿Cómo se verá en traje de baño? No soporta a su jefe (le digo que no tiene porque cargarlo, pero se le escapó lo que quise decir). Siempre ha querido cantar en un karaoke pero le da pena; “karaoke“, tomo nota pero tendrá que ser después de la corbata. El baile la vuelve loca (son sus palabras, no las mías): me la imagino agitada, con una enorme sonrisa, los ojos brillantes y la piel brillosa de sudor tras bailar tres piezas seguidas y con ánimo de seguir bailando ¡oh! ¡Vida mía! ¿Cómo decirle que le guardaré cualquier secreto? ¿Y cómo le confieso que ya tiene rendida mi voluntad sin siquiera haberla pedido? Otra vez pienso en un gato, pero ahora jugando con una bola de estambre. Obvio, yo no soy el gato, aunque la bola de estambre jamás podrá sentir la oleada de placer que galvaniza mi espina.

Está comiendo su postre, un flan napolitano (¿vendrá de Nápoles la receta o será como las enchiladas suizas?); voltea la cuchara por el revés y le da un lengüetazo con fruición hasta que se topa con mi curiosa mirada, la he pescado infraganti; sin perder el estilo guiña un ojo y se lleva la cuchara a la boca con gesto coqueto. ¡Qué encanto de mujer! ¡Me divierte! -“Tienes algo aquí…“ -aproveché para señalar la comisura de mi boca; se sorprendió, sacó la cuchara de la suya, con la servilleta se limpió y me interrogó con la mirada; negué con la cabeza al tiempo que señalaba más o menos donde; usó de nuevo la servilleta y otra vez me miró; cuando volví a negar agarró su bolso, sacó un espejo y se revisó con celo; entonces le dije: -“…Una bonita sonrisa“. Por un instante me miró extrañada; al siguiente se turbo y me dio las gracias. Con mi pay de fresas remedé su gesto con la cuchara y ella me enseño la lengua mientras fruncía el ceño. ¡Nos la estábamos pasando bomba!

Pedimos la cuenta, mientras llegaba la invité al cine.
-“¿Con la corbata?“ -preguntó.
-“Si, la necesitamos para ir al cine“.
-“¿Por qué?“.
-“¿De verdad quieres saber?“.
-“Si“.
-“Sólo llévala“.
-“...“
-“Por favor, valdrá la pena. Te lo prometo“

Regresó la mesera con la cuenta y le pedí una pluma; con la mano derecha le pedí la izquierda a Ella; escribí en su palma una “ T“, una “D“, una “ S“ y una “O“ mayúsculas y ligeramente separadas; sin dejarle ver lo que escribí, puse su mano sobre la mesa con la palma hacia abajo al tiempo que le pedí no preguntar nada de momento, que ya le explicaría después. -“¿Por qué?“ -me preguntó. -“Porque si te explico ahora a los tres nos va a dar pena“ -le confié mientras le regresaba la pluma a la mesera. Las dos se voltearon a ver cohibidas, la mesera dio la media vuelta y se fue.

De camino a la caja y en la fila de espera Ella no dejaba de mirarse la palma y de preguntarme el significado de aquello. “Dame unos minutos“ era todo lo que escuchaba de mi. Cuando llegó nuestro turno de pagar repetí el número de la pluma con la cajera, sólo que ahora escribí tres letras “E“ entre las anteriores; sin soltar su mano regresé la pluma, nos hicimos a un lado para no estorbar y le pedí que volviera a mirar su palma. Mirarse la mano, pegarla a su abdomen, gritar “¡OYE!“ y verme con sorpresa e incredulidad fue todo en un movimiento. Con la mayor inocencia de que fui capaz me encogí de hombros, sonreí y me llevé el dedo a los labios en gesto de que guardara el secreto. -“Eres… eres… ¿de verdad crees que puedes salirte con la tuya?“ -me dijo y yo sólo negué risueño con la cabeza. Caminamos por el estacionamiento; ella me miraba con los ojos entrecerrados, como si me estuviera tasando; traté de fingir indiferencia pero si de por sí iba feliz, al tratar de ignorarla estuve a punto de soltar la carcajada y ella al verme así hizo lo propio por aguantar su propia risa. Llegamos a su carro sin decir palabra, la besé en la mejilla y me despedí:

-“Nos vemos el sábado. ¡Cuídate!… ¡ah! No olvides la corbata“.
-“Pero no tengo“.
-“Bueno… pues entonces una mascada...“

enero 31, 2011

5 MINUTOS © (parte 1)

A la vuelta del trabajo hay una fonda de cierto renombre, sin pretensiones pero cumplidora. Te sirven de comer sabroso, en cantidad y a buen precio. No hay carta, sólo el menú del día: sopa, arroz o pasta, plato fuerte (uno de tres a escoger), postre y una jarra de agua. Esta ubicada en una casona antigua donde toda la planta baja y las flores suben... perdón, quise decir que toda la planta baja con excepción de la cocina es usada para dar el servicio. Justo a mitad de la casa se encuentra un trío de columnas; los dueños anteriores adaptaron dos planchas de acero a manera de barra entre ellas, dividiendo en dos el espacio para las mesas. De un lado quedó el acceso a la cocina y junto a esta la caja, además de tres mesas; del otro lado nueve mesas y la tele en una esquina. Dos de las nueve mesas están junto a la barra. Quienes se sientan a esas mesas y los de la barra están tan cerca unos de otros que es no solo imposible sino hasta grosero no platicar entre ambos.

Me gusta sentarme en la barra, cerca de la cocina donde no sólo puedo pedir y obtener lo que me haga falta con mayor rapidez, sino que además observo todo el lugar, las dos entradas y la tele. De pilón, en la barra, obtengo cierta privacidad y espacio pues en las fondas no es extraño, cuando se llenan las mesas, que un perfecto extraño te pida o la silla prestada o de plano asilo en tu mesa; todos trabajamos en los alrededores y con el tiempo contado para comer no es de mucho provecho perderlo esperando una mesa desocupada cuando puedes ocupar un lugar vacío en una ya ocupada. La forma de la barra te permite gozar de la privacidad que puedes perder en la mesa y aunque tienes vecinos cada quien tiene su propio y no invadido espacio para comer.

Con el tiempo, sin embargo, vas conociendo a los habituales y entablando cierta familiaridad con ellos, como con aquella mujer... Es verdad que ya la he visto en muchas ocasiones, suficientes para reconocernos y saludarnos cuando coincidimos pero nada más, ni siquiera hemos cruzado palabra sino hasta este día en que nos hemos sentado tan cerca. Tiene una personalidad magnética y parece sonreír no ya con el cuerpo todo sino desde el alma misma. Me gusta, pues y mucho. Parece mayor, se ve mayor, quizá treinta; no lo sé, eso de calcular edades no es lo mio, tal vez sean treinta y cinco ¿acaso importa? Me fascina pero también me aterra, ¿qué le dices a una mujer que ya sabía de sumas y restas cuando tu recién descubrías que gatear era lo mas divertido del mundo? ¿“agu-gu-da-da“ tal vez?

La plática resultó amena; lo suficiente al menos para buscar coincidir en horario y mesa pues siempre es mejor comer en compañía. Bueno, Ella en la mesa y yo en la barra; sólo un par de veces nos hemos sentado juntos. Jamás nos hemos puesto de acuerdo, cada quien llega por su lado y, si está vacío, el último en llegar ocupa el sitio asignado. Ella disfruta de la comida y de la plática; yo de su compañía. A veces un escalofrío traicionero me hace temblar de anticipado placer. -"¿Qué pasó?" -pregunta con esa mirada que rinde voluntades o por lo menos a la que yo quiero rendir la mía. -"No sé, un calofrío".

En una de tales pláticas seguimos el sendero de los magos y sus actos; recordando un truco con monedas aprendido mucho tiempo atrás, le pregunté si quería ver algo de magia; cuando dijo “si“ le pedí un cordón pero como no teníamos ninguno a la mano le prometí llevar uno para la próxima. Le pedí entonces una moneda y rogué al cielo por recordar el cómo del truco. ¡Ah! ¡Qué bella su sonrisa al celebrar mi éxito!

Al día siguiente encontré vacío mi lugar; al poco llegó Ella pero tuvo que sentarse lejos. Cuando terminé de comer pasé a saludarla y lo primero que hizo fue preguntar por el cordón -¡fabuloso! ¿no lo creen?-. Se lo mostré pero le dije que no haríamos nada hasta que terminara de comer; me senté con ella y platicamos mientras tanto. La noche anterior llegué a casa buscando el libro de magia que tanto leí de pequeño. El truco con la moneda no era como lo hice pero gracias al cielo me salió bien. Lo que me preocupaba era recordar en qué consistía el truco del cordón; lo practiqué hasta cansarme. Se supone que el cordón debía ir al cuello pero me aterraba la idea de acercarme tanto a Ella, así que le pedí un brazo; con calma se desvistió de sus pulseras y me lo ofreció. El truco con la magia está en distraer al publico, sobre todo con la plática para atraer la atención hacia uno y no hacia las manos que necesitan espacio para hacer su magia. Atenta a mi, su mirada me arrollaba, la voz y las manos comenzaron a temblar -las mías- y sólo dios sabe qué magia me permitió triunfar. Quedó encantada y yo salí corriendo literalmente de la fonda pretextando que debía regresar al trabajo.

Pasaron quizá dos semanas antes de volverla a ver. Se sentó tan lejos que apenas y me miró. Pedí un trozo de papel y ocho palabras escribí, lo doble en dos y le pedí a una de las meseras que lo entregara. La mesera pregunto si a la morena o a la delgada. ¿?  Junto a ella, la de mirada demoledora, había una mesa ocupada por dos chavas mas cercanas a mi en edad; supongo que a la mesera le pareció mas natural que me interesara por alguna de las dos. -“No, a la de pelo chino que esta al lado, por favor“. La mesera me miró, se encogió de hombros y fue a dar el billete; lo dejó sobre la mesa, algo preguntó Ella y la mesera me señaló. Saludé y moví la cabeza aceptando la autoría del papelito. Ella se turbó, tomó el papel y lo puso detrás del plato, donde no pude verlo; siguió tomando su sopa como si tal cosa. Nada hizo sino seguir comiendo; después de un rato se puso a jugar con el papel; evitó mirarme todo el tiempo y siguió comiendo. No podía mirarla eternamente, además el ir y venir de las dos meseras la ocultaba a ratos de mi vista; me distraje con la tele. ¿Lo leerá? ¿Ya lo habrá leído?

Al no ver mayor respuesta dejé de observarla; una eternidad después, regreso la mesera con una extraña sonrisa, soltó igual el papel sobre la mesa y, a voz en cuello, me dijo: “Dice que no puede leerlo porque esta esperando compañía y no quiere que la encuentren leyendo papelitos“... Silencio mortal en la fonda, todos voltearon a mirar, a descubrir el por qué del comentario, Ella se puso colorada, un tipo formado en la caja soltó una hiriente carcajada y la mesera ahí, con su mirada de triunfo mientras yo recordaba a su santa madre (la de la mesera) pensando “más fuerte, babosa, que no te han escuchado en el barrio de al lado“. Agarré mi papelito (doblado en ocho, por cierto), lo puse junto a mi plato dándole las gracias a la mesera y seguí comiendo como si tal cosa. Quiero creer que los flemáticos ingleses hubieran estado orgullosos de mi.

¿Quien podría ser su compañía? Jamás la había visto comer con alguien. ¿Una amiga? ¿Compañero del trabajo, amigo, novio, amante, esposo? ¿Su jefe, su papá? ¿Algún hermano? ¿Quién? ¡Por todos los santos! ¿Quién? ¿Santa Clos tal vez? Al rato llegó un hombre algo mayor... mmm... de cuarenta ... ¿quién será? Pero sobre todo, si lo estaba esperando ¿por que comenzó a comer sin él?

Pasaron los días. Las dos o tres veces que la vi, por mas que la buscaba con la mirada, Ella parecía esquivarla. ¿Cómo acercarme? Fue extraño, después de eso varias veces estuvimos a centímetros del otro (al momento de entrar, salir o pagar la cuenta) pero ninguno se atrevía ya.

Hasta hoy; después de pagar, se paró justo detrás y puso su mano sobre mi hombro para saludar “¡Hola!“ y después dijo: -“Oye, Carlos, ¿ya te mandaron los papeles de Toluca?“ -“No, aún no“ -le contestó el tipo sentado al otro lado de la barra en la mesa que Ella solía ocupar. Un par mas de cosas hablaron; en ningún momento soltó mi hombro y, entonces, se volvió a mi: -“Hace rato que no coincidimos para comer, ojalá pueda robarte cinco minutos la próxima vez“ -dijo apretando suavemente mi hombro y con incertidumbre en la mirada. Me quedé mudo de asombro, después de todo si leyó el billete... Como pude asentí con la cabeza y balbucí “encantado“. Ella volvió a sonreír como en cielo despejado, apretó de nuevo mi hombro al despedirse y se fue.

¿Qué?… ¡ah!… ¿que qué decía el billete?...

“Tu sonrisa me seduce, me permites 5 minutos“

enero 25, 2011

Miruska y Mila ©

En aquella casa había -todavía está, supongo- un pequeño invernadero cuyo claro se elevaba hasta la azotea. Siempre estuvo abierto (el claro) hasta que tuvieron a bien cerrarlo, pues las hojas de los árboles vecinos tenían el tino de caer dentro del invernadero por cientos. Recuerdo en particular una peculiar semilla en forma de lanza, mmm... como las pepitas pero mucho mas alargada y angosta o como las plumas de ganso pues igual terminaba en aguda punta. La punta era pesada y el resto de la semilla muy delgada, plana; era divertido verlas caer desde las alturas ya que giraban sobre si mismas como pequeños rehiletes. Cuando soplaba el viento caían por montones, infinidad de rehiletes cayendo a tierra con gracia y estilo, siempre y cuando nada se interpusiera en su camino pues perdían su impulso giroscópico para caer en un suave vaivén que nada tenía de emocionante.

En medio del invernadero había una pileta pintada de azul de unos diez o quince centímetros de profundidad que siempre estaba llena de agua, como de dos metros por uno y de forma irregular. En navidad se convertía en lago para dar otro ambiente al nacimiento (creo que hasta un puente hecho de cordón y palitos de paleta colocaban); el resto del año servía de estanque para las tortugas que de natural vivían ahí ya sin verse obligadas a sacarle la vuelta a las figurillas del nacimiento. En dos lados del pequeño estanque un montón de piedras les servía de playa a las tortugas para poder entrar y salir del agua con un poco más de gracia que mucha les faltaba; lo suyo era la pausa que no la agilidad. Y en medio de aquel mundo de agua, casi siempre había una mesa con una canasta llena de frutas: naranjas, plátanos, mandarinas, uvas, melones y que sé yo.

Construido dentro de la casa, el pequeño cubo del invernadero estaba cercado por dos paredes, una de ellas simulando una cascada de piedras negras, y por dos grandes ventanales que daban -siguen dando quiero creer- uno al pasillo y el otro a otro.
Era de lo mas grato mirar aquel espacio lleno de vida con el agua cayendo entre las piedras (merced al leve zumbido de una oculta bomba que la acumulaba en la alturas para dejarla escurrir luego), las plantas varias en derredor de la pretendida laguna y en medio de ella la canasta de frutas; bastaba abrir una de las puertas corredizas, poner pie en la orilla y guardar un poco de equilibrio para alcanzar una manzana o lo que más te viniera en gana. Era un oasis para los sentidos, en especial cuando entrabas de la calle.
Pero las hojas que caían de los árboles de la calle y sobre todo las dichosas semillas lanceoladas afeaban el conjunto. Casi a diario había que rastrillar la superficie del agua para quitar hojas y semillas, expulgar entre las plantas, retirar las semillas que, fieles a su forma, literalmente se clavaban como lanzas en las hojas vivas de las plantas.

Así que decidieron cerrar por la azotea el claro del cubo del invernadero. Mandaron construir y colocar un marco de herrería cruzado por dos travesaños; los cuatro paneles así resultantes fueron cubiertos con una fina malla de alambre. A partir de entonces, el invernadero se vio libre de tanta hojarasca y lució en todo su esplendor; pero (casi siempre hay un “pero“) las mentadas semillas se clavaban tan juntas unas de otras en la malla como juntos estaban los agujeros de aquella. Al principio barríamos la malla, pero las semillas se quebraban y hechas pedazos dificultaban más la limpieza del invernadero allá abajo. Así que decidimos dejarlo así; desde el invernadero, al mirar hacia arriba, se veía una sombra muy peculiar; desde la azotea, aquella malla era un tupido tapete de semillas. Ahora pienso que de haberle regado con constancia hubiéramos convertido aquella malla en la versión hidropónica del invernadero que protegía.

Poco después llegó a nosotros una pequeña cachorro de pastor alemán que más tardó en perder el miedo de subir a la azotea que en descubrir el tapete de semillas. Pero no es de ella de quien deseo platicar sino de la pointer que ahora me acompaña y de lo que ella hace precisamente con las hojas del jardín y unas piedras que en él hay, que es más o menos lo mismo que la pastor alemán gustó de hacer con las semillas de la malla y la malla en cuestión. No sólo comparten la inicial en su nombre sino el hecho de que yo no se los puse.

Y la misma manía también comparten, pero por querer explicar el contexto he terminado por no contar lo que en primer momento me impulsó a escribir, pero ¿a poco no el invernadero era bonito?

enero 18, 2011

BESO DE ANGEL ©

(foto: fotolog.com)


¿Por qué sus besos siempre tuvieron el sabor de las cerezas?

Muchas veces me lo han dicho: la diferencia está en que o son de agua o son de leche, pero no recuerdo cuáles son los helados y cuales son las nieves. Lo cierto es que me fascina saborearlos, sobre todo si los han hecho a la manera tradicional: en esos grandes botes de aluminio que alguien hace girar y girar dentro de las enormes tinas de madera llenas de hielo. Sera porque tienen otra consistencia. Hay nieves (helados) de limón, mamey, fresa, nanche, queso, rompope, kiwi, mango con chile, chocolate, guanábana, ron con pasas y cuantas mas se te ocurran.

Regresábamos de nuestro primer paseo; fuimos a recorrer las antiguas ruinas de la zona arqueológica, pero todo lo que hicimos fue platicar y platicar caminando al rayo del sol. Hubo un momento en que olvidados de todo nos sentamos a platicar solo dios sabe de qué porque yo solo recuerdo que estaba mas pendiente de las sensaciones que su cercanía despertaba en mi. Creo que hablaba de su abuelo o tal vez de las profecías mayas, no lo sé. Aunque intenté concentrarme con todas mis fuerzas y sabia que era importante recordar sus palabras, la razón, mi razón, estaba tan embobada como yo. En algún momento llego un guardia a quitarnos de nuestro asiento; con mas de mil años a cuestas el muro se podía mirar mas no tocar, lo cual explica la cara de horror del guardia al vernos sentados. Nos miramos un momento, saltamos del muro, pedimos disculpas, nos miramos de nuevo, avergonzados, y comenzamos a reír como si nos hubieran contado el mejor chiste del
mundo. Seguimos caminando por ahí hasta que el cansancio nos venció, subimos al carro y comenzamos el regreso.

A un costado de la carretera vimos un puesto de nieves -o helados ¿qué importa?- y le pregunté si andaba de antojo. Supe que también le fascinan los helados -o nieves, como sea- pero no pude menos que sonreír cuando confesó que un helado entre sus manos era promesa de un desastre. Creí que bromeaba.

Había tantos sabores que no se decidía. Escogi “beso de ángel“, una nieve de cereza con trozos de nuez de un intenso color rosa ( el helado no la nuez). Resultó dulce, fresca, francamente deliciosa; ella pidió otra  igual. No importa de que tamaño lo pidas, en cualquiera siempre hacen una torre de nieve por lo menos tan alta como el vaso; así que, y con el calor que hace por ahí, no tienes de otra mas que sorber, morder o lamer el exceso de helado antes de que se derrita.

Subimos al carro, de nuevo a la carretera, platicando y saboreando la nieve cuando de repente calló y me preguntó por unos kleenex. Volteo justo para ver una gran gota de nieve caer del vaso, entre sus piernas y sobre el asiento, pero lo único que llegó a mi mente fueron las piernas (que la tapiceria del carro se las arregle como pueda).

-¿Si tienes?... ¿kleenex, papel, un pañuelo?...

La veo a intervalos, debo mirar al frente (la carretera, ¿recuerdan?), hay helado entre sus dedos, sobre su blanca bermuda, en su blusa y en parte de la cara por no mencionar sus labios... ¡Argh! sus labios... ¿podré soltar el volante, ignorar el camino y los carros en contraflujo para besarla? ¿o mejor le digo que busque los kleenex en la guantera? Y ahí esta, mirándome entre apenada y divertida, insistiendo en lo del papel mientras me amenaza para no reírme.

Al llegar a su casa ya con los vasos vacíos, mirando uno de ellos, preguntó por qué le habrán puesto por nombre “Beso de Ángel“. La miré, solté el volante, mientras me acercaba a sus labios le dije: “Por dulce... fresca... deliciosa...“

¿Qué otra cosa podía contestar?


diciembre 15, 2010

Solo en Casa © (remasterizado)

Hace algunos años surgió la oportunidad de un trabajo interesante y, además,  en otra ciudad. Bueno, no llega a ciudad... aunque tampoco es pueblo ni rancheria, pero ciudad, lo que se dice ciudad tampoco lo es; pero eso sí, muy agradable el lugar.
En la entrevista me preguntaron si tenía algún problema en cambiar de residencia, a lo cual por supuesto que contesté lo primero que me vino a la mente y que por fortuna era lo mismo que pensaba: "No, no hay problema". Dos semanas después me despedía de la casa en donde creci y, pensando que lo mejor era viajar ligero, sólo llevaba dos maletas de ropa, alguna que otra chuchería y uno o dos libros.

Como al llegar al que sería mi primer hogar fuera de casa lo único que llevaba conmigo era el par de maletas, instalarme fue de lo más sencillo pues sólo tuve que desempacar.

Hoy, a tres años de aquella aventura, hago mi primer mudanza... ¡Por Dios! ¿Qué fue de aquellos tiempos en que toda mi vida cabía en un par de maletas? Que por cierto, a saber dónde quedaron las dichosas maletas porque jamás volví a verlas. Ahora necesite de dos viajes en camioneta para mover mi vida entera y aunque la nueva casa es más grande, o quizá por ello, llegar a mi nuevo hogar no resulta tan sencillo como la primera vez. Tampoco es que sea enorme, pero comparada con el bonito palomar que ocupaba antes resulta gigantesca. Se ve tan grande que incluso estoy pensando en comprar unos patines para usarlos en la sala y acondicionar el comedor para practicar tiro con arco. ¿Con que lleno los espacios vacios? Me sobra un cuarto con todo y su baño y el pasillo de entrada parece tan largo que estoy seguro que cada vez que lo camino de un extremo a otro me vuelvo mas viejo. Creo que lo llamaré "el pasillo del tiempo".

Aprendí algo nuevo: mudarse de casa no se trata de tan solo empacar en un lado y desempacar en el otro como si de maletas se tratara, ¡oh no! de ninguna manera. Es un poquito más complicado. Cajas por aquí y por allá, bolsas llenas sólo Dios sabe de qué, trastos, cacharros, cubetas, muebles y ¿mencioné ya las cajas? Juro que se reproducen como Gremlins pero no necesitan de agua, basta con dejar de mirarlas por un instante y cuando volteas de nuevo ¡presto! dos cajas donde antes había una. Además todo es un caos -si, ya sé, todo se parece a su dueño. Durante tres días tuve que usar el mismo pantalón porque solo la providencia sabía donde guardé los demas. Ahora sé por qué etiquetan las cajas... Y lo mejor es que ni siquiera sabía que tenía ese pantalón, apareció de la nada, probablemente en una de esas cajas con alma de Gremlin. Mi cepillo de dientes quedó en la "m" de miscelaneos, así que tuve que comprar otro y eso que con el primero no había cumplido los tres meses "recomendados por los dentistas". Y apareció una alcancia de barro con figura de fantasma al abrir otra caja ¿cuándo me hice de ella?


La nueva casa es nueva para mi pero no es muy moderna su instalación eléctrica. Todos los enchufes son de dos agujeritos y todos mis aparatos, empezando por el refri, son de tres patitas. Eso si, tiene tantas lámparas que, estoy seguro, de prenderlas todos me sentiría como en un quirófano o bajo la luz de los reflectores en un escenario. Pero la mayoria no tiene focos o los tiene fundidos; asi que esa primer noche fue de penumbras y sin ningún tipo de aparato. Al poco tiempo me descubrí sentado en la sala y pensando en nada mirando las cajas y con las tres únicas luces que prendían arrojando su luz. Extraño, cierto pero extrañamente reconfortante.

En el segundo día fui a comprar focos, adaptadores para las clavijas y algo de comida para meterle al refri. De regreso tuve otro problema. La casa tiene una estancia principal que abarca parte del pasillo del tiempo, la sala y el comedor; del pasillo cuelga una lámpara y en la sala-comedor hay seis lámparas empotradas en el techo. El techo. Es muy alto y no tengo una escalera a la mano; nunca tuve necesidad de comprar una pues en la otra casa-palomar bastaba con estirar un poco la mano para alcanzar los techos y cambiar focos. Bueno, era más fácil subirse a una silla y después cambiar los focos. En la casa-pista-de-patinaje-tiro-
con-arco con las sillas nomás no alcanzo. Tuve que parar uno de los sillones sobre su costado para usarlo de escalera. Son más pesados de lo que parecen. Y ahi me tienen, haciendo circo, maroma y teatro tratando de subirme a un mueble diseñado para sentarse no para treparlo, encaramado como chango a metro y medio del suelo y pensando que si me caigo nadie escuchará mi grito. Para ser franco, mi sentido común salió por piernas en cuanto se me ocurrió usar el sillón, se lavó las manos pues; así que subí en él completamente sólo y por mi cuenta. Y el numerito lo tuve que hacer siete veces, siete veces. O sea, por necedad no paramos. Pero como traigo el celular en la cintura agarro valor. Iluso de mí pienso que si caigo podré llamar a alguien para que me ayude, pero no pienso que si caigo de cabeza o si aterrizo sobre el celular... Y luego hay quien dice que soy muy inteligente. Si supieran...

Cuando finalmente baje por última vez del sillón, lo que es más fácil de escribir que de hacer, y prendí las luces... ¡zaz! que se funden tres focos.

LAS SOMBRAS DE LA CUEVA ©

  Ahí estoy yo, recostado sobre el pasto en uno de los prados del parque, rodeado de muchos y muy altos edificios. Mirar hacia arriba es cas...