enero 25, 2011

Miruska y Mila ©

En aquella casa había -todavía está, supongo- un pequeño invernadero cuyo claro se elevaba hasta la azotea. Siempre estuvo abierto (el claro) hasta que tuvieron a bien cerrarlo, pues las hojas de los árboles vecinos tenían el tino de caer dentro del invernadero por cientos. Recuerdo en particular una peculiar semilla en forma de lanza, mmm... como las pepitas pero mucho mas alargada y angosta o como las plumas de ganso pues igual terminaba en aguda punta. La punta era pesada y el resto de la semilla muy delgada, plana; era divertido verlas caer desde las alturas ya que giraban sobre si mismas como pequeños rehiletes. Cuando soplaba el viento caían por montones, infinidad de rehiletes cayendo a tierra con gracia y estilo, siempre y cuando nada se interpusiera en su camino pues perdían su impulso giroscópico para caer en un suave vaivén que nada tenía de emocionante.

En medio del invernadero había una pileta pintada de azul de unos diez o quince centímetros de profundidad que siempre estaba llena de agua, como de dos metros por uno y de forma irregular. En navidad se convertía en lago para dar otro ambiente al nacimiento (creo que hasta un puente hecho de cordón y palitos de paleta colocaban); el resto del año servía de estanque para las tortugas que de natural vivían ahí ya sin verse obligadas a sacarle la vuelta a las figurillas del nacimiento. En dos lados del pequeño estanque un montón de piedras les servía de playa a las tortugas para poder entrar y salir del agua con un poco más de gracia que mucha les faltaba; lo suyo era la pausa que no la agilidad. Y en medio de aquel mundo de agua, casi siempre había una mesa con una canasta llena de frutas: naranjas, plátanos, mandarinas, uvas, melones y que sé yo.

Construido dentro de la casa, el pequeño cubo del invernadero estaba cercado por dos paredes, una de ellas simulando una cascada de piedras negras, y por dos grandes ventanales que daban -siguen dando quiero creer- uno al pasillo y el otro a otro.
Era de lo mas grato mirar aquel espacio lleno de vida con el agua cayendo entre las piedras (merced al leve zumbido de una oculta bomba que la acumulaba en la alturas para dejarla escurrir luego), las plantas varias en derredor de la pretendida laguna y en medio de ella la canasta de frutas; bastaba abrir una de las puertas corredizas, poner pie en la orilla y guardar un poco de equilibrio para alcanzar una manzana o lo que más te viniera en gana. Era un oasis para los sentidos, en especial cuando entrabas de la calle.
Pero las hojas que caían de los árboles de la calle y sobre todo las dichosas semillas lanceoladas afeaban el conjunto. Casi a diario había que rastrillar la superficie del agua para quitar hojas y semillas, expulgar entre las plantas, retirar las semillas que, fieles a su forma, literalmente se clavaban como lanzas en las hojas vivas de las plantas.

Así que decidieron cerrar por la azotea el claro del cubo del invernadero. Mandaron construir y colocar un marco de herrería cruzado por dos travesaños; los cuatro paneles así resultantes fueron cubiertos con una fina malla de alambre. A partir de entonces, el invernadero se vio libre de tanta hojarasca y lució en todo su esplendor; pero (casi siempre hay un “pero“) las mentadas semillas se clavaban tan juntas unas de otras en la malla como juntos estaban los agujeros de aquella. Al principio barríamos la malla, pero las semillas se quebraban y hechas pedazos dificultaban más la limpieza del invernadero allá abajo. Así que decidimos dejarlo así; desde el invernadero, al mirar hacia arriba, se veía una sombra muy peculiar; desde la azotea, aquella malla era un tupido tapete de semillas. Ahora pienso que de haberle regado con constancia hubiéramos convertido aquella malla en la versión hidropónica del invernadero que protegía.

Poco después llegó a nosotros una pequeña cachorro de pastor alemán que más tardó en perder el miedo de subir a la azotea que en descubrir el tapete de semillas. Pero no es de ella de quien deseo platicar sino de la pointer que ahora me acompaña y de lo que ella hace precisamente con las hojas del jardín y unas piedras que en él hay, que es más o menos lo mismo que la pastor alemán gustó de hacer con las semillas de la malla y la malla en cuestión. No sólo comparten la inicial en su nombre sino el hecho de que yo no se los puse.

Y la misma manía también comparten, pero por querer explicar el contexto he terminado por no contar lo que en primer momento me impulsó a escribir, pero ¿a poco no el invernadero era bonito?

enero 18, 2011

BESO DE ANGEL ©

(foto: fotolog.com)


¿Por qué sus besos siempre tuvieron el sabor de las cerezas?

Muchas veces me lo han dicho: la diferencia está en que o son de agua o son de leche, pero no recuerdo cuáles son los helados y cuales son las nieves. Lo cierto es que me fascina saborearlos, sobre todo si los han hecho a la manera tradicional: en esos grandes botes de aluminio que alguien hace girar y girar dentro de las enormes tinas de madera llenas de hielo. Sera porque tienen otra consistencia. Hay nieves (helados) de limón, mamey, fresa, nanche, queso, rompope, kiwi, mango con chile, chocolate, guanábana, ron con pasas y cuantas mas se te ocurran.

Regresábamos de nuestro primer paseo; fuimos a recorrer las antiguas ruinas de la zona arqueológica, pero todo lo que hicimos fue platicar y platicar caminando al rayo del sol. Hubo un momento en que olvidados de todo nos sentamos a platicar solo dios sabe de qué porque yo solo recuerdo que estaba mas pendiente de las sensaciones que su cercanía despertaba en mi. Creo que hablaba de su abuelo o tal vez de las profecías mayas, no lo sé. Aunque intenté concentrarme con todas mis fuerzas y sabia que era importante recordar sus palabras, la razón, mi razón, estaba tan embobada como yo. En algún momento llego un guardia a quitarnos de nuestro asiento; con mas de mil años a cuestas el muro se podía mirar mas no tocar, lo cual explica la cara de horror del guardia al vernos sentados. Nos miramos un momento, saltamos del muro, pedimos disculpas, nos miramos de nuevo, avergonzados, y comenzamos a reír como si nos hubieran contado el mejor chiste del
mundo. Seguimos caminando por ahí hasta que el cansancio nos venció, subimos al carro y comenzamos el regreso.

A un costado de la carretera vimos un puesto de nieves -o helados ¿qué importa?- y le pregunté si andaba de antojo. Supe que también le fascinan los helados -o nieves, como sea- pero no pude menos que sonreír cuando confesó que un helado entre sus manos era promesa de un desastre. Creí que bromeaba.

Había tantos sabores que no se decidía. Escogi “beso de ángel“, una nieve de cereza con trozos de nuez de un intenso color rosa ( el helado no la nuez). Resultó dulce, fresca, francamente deliciosa; ella pidió otra  igual. No importa de que tamaño lo pidas, en cualquiera siempre hacen una torre de nieve por lo menos tan alta como el vaso; así que, y con el calor que hace por ahí, no tienes de otra mas que sorber, morder o lamer el exceso de helado antes de que se derrita.

Subimos al carro, de nuevo a la carretera, platicando y saboreando la nieve cuando de repente calló y me preguntó por unos kleenex. Volteo justo para ver una gran gota de nieve caer del vaso, entre sus piernas y sobre el asiento, pero lo único que llegó a mi mente fueron las piernas (que la tapiceria del carro se las arregle como pueda).

-¿Si tienes?... ¿kleenex, papel, un pañuelo?...

La veo a intervalos, debo mirar al frente (la carretera, ¿recuerdan?), hay helado entre sus dedos, sobre su blanca bermuda, en su blusa y en parte de la cara por no mencionar sus labios... ¡Argh! sus labios... ¿podré soltar el volante, ignorar el camino y los carros en contraflujo para besarla? ¿o mejor le digo que busque los kleenex en la guantera? Y ahí esta, mirándome entre apenada y divertida, insistiendo en lo del papel mientras me amenaza para no reírme.

Al llegar a su casa ya con los vasos vacíos, mirando uno de ellos, preguntó por qué le habrán puesto por nombre “Beso de Ángel“. La miré, solté el volante, mientras me acercaba a sus labios le dije: “Por dulce... fresca... deliciosa...“

¿Qué otra cosa podía contestar?


diciembre 15, 2010

Solo en Casa © (remasterizado)

Hace algunos años surgió la oportunidad de un trabajo interesante y, además,  en otra ciudad. Bueno, no llega a ciudad... aunque tampoco es pueblo ni rancheria, pero ciudad, lo que se dice ciudad tampoco lo es; pero eso sí, muy agradable el lugar.
En la entrevista me preguntaron si tenía algún problema en cambiar de residencia, a lo cual por supuesto que contesté lo primero que me vino a la mente y que por fortuna era lo mismo que pensaba: "No, no hay problema". Dos semanas después me despedía de la casa en donde creci y, pensando que lo mejor era viajar ligero, sólo llevaba dos maletas de ropa, alguna que otra chuchería y uno o dos libros.

Como al llegar al que sería mi primer hogar fuera de casa lo único que llevaba conmigo era el par de maletas, instalarme fue de lo más sencillo pues sólo tuve que desempacar.

Hoy, a tres años de aquella aventura, hago mi primer mudanza... ¡Por Dios! ¿Qué fue de aquellos tiempos en que toda mi vida cabía en un par de maletas? Que por cierto, a saber dónde quedaron las dichosas maletas porque jamás volví a verlas. Ahora necesite de dos viajes en camioneta para mover mi vida entera y aunque la nueva casa es más grande, o quizá por ello, llegar a mi nuevo hogar no resulta tan sencillo como la primera vez. Tampoco es que sea enorme, pero comparada con el bonito palomar que ocupaba antes resulta gigantesca. Se ve tan grande que incluso estoy pensando en comprar unos patines para usarlos en la sala y acondicionar el comedor para practicar tiro con arco. ¿Con que lleno los espacios vacios? Me sobra un cuarto con todo y su baño y el pasillo de entrada parece tan largo que estoy seguro que cada vez que lo camino de un extremo a otro me vuelvo mas viejo. Creo que lo llamaré "el pasillo del tiempo".

Aprendí algo nuevo: mudarse de casa no se trata de tan solo empacar en un lado y desempacar en el otro como si de maletas se tratara, ¡oh no! de ninguna manera. Es un poquito más complicado. Cajas por aquí y por allá, bolsas llenas sólo Dios sabe de qué, trastos, cacharros, cubetas, muebles y ¿mencioné ya las cajas? Juro que se reproducen como Gremlins pero no necesitan de agua, basta con dejar de mirarlas por un instante y cuando volteas de nuevo ¡presto! dos cajas donde antes había una. Además todo es un caos -si, ya sé, todo se parece a su dueño. Durante tres días tuve que usar el mismo pantalón porque solo la providencia sabía donde guardé los demas. Ahora sé por qué etiquetan las cajas... Y lo mejor es que ni siquiera sabía que tenía ese pantalón, apareció de la nada, probablemente en una de esas cajas con alma de Gremlin. Mi cepillo de dientes quedó en la "m" de miscelaneos, así que tuve que comprar otro y eso que con el primero no había cumplido los tres meses "recomendados por los dentistas". Y apareció una alcancia de barro con figura de fantasma al abrir otra caja ¿cuándo me hice de ella?


La nueva casa es nueva para mi pero no es muy moderna su instalación eléctrica. Todos los enchufes son de dos agujeritos y todos mis aparatos, empezando por el refri, son de tres patitas. Eso si, tiene tantas lámparas que, estoy seguro, de prenderlas todos me sentiría como en un quirófano o bajo la luz de los reflectores en un escenario. Pero la mayoria no tiene focos o los tiene fundidos; asi que esa primer noche fue de penumbras y sin ningún tipo de aparato. Al poco tiempo me descubrí sentado en la sala y pensando en nada mirando las cajas y con las tres únicas luces que prendían arrojando su luz. Extraño, cierto pero extrañamente reconfortante.

En el segundo día fui a comprar focos, adaptadores para las clavijas y algo de comida para meterle al refri. De regreso tuve otro problema. La casa tiene una estancia principal que abarca parte del pasillo del tiempo, la sala y el comedor; del pasillo cuelga una lámpara y en la sala-comedor hay seis lámparas empotradas en el techo. El techo. Es muy alto y no tengo una escalera a la mano; nunca tuve necesidad de comprar una pues en la otra casa-palomar bastaba con estirar un poco la mano para alcanzar los techos y cambiar focos. Bueno, era más fácil subirse a una silla y después cambiar los focos. En la casa-pista-de-patinaje-tiro-
con-arco con las sillas nomás no alcanzo. Tuve que parar uno de los sillones sobre su costado para usarlo de escalera. Son más pesados de lo que parecen. Y ahi me tienen, haciendo circo, maroma y teatro tratando de subirme a un mueble diseñado para sentarse no para treparlo, encaramado como chango a metro y medio del suelo y pensando que si me caigo nadie escuchará mi grito. Para ser franco, mi sentido común salió por piernas en cuanto se me ocurrió usar el sillón, se lavó las manos pues; así que subí en él completamente sólo y por mi cuenta. Y el numerito lo tuve que hacer siete veces, siete veces. O sea, por necedad no paramos. Pero como traigo el celular en la cintura agarro valor. Iluso de mí pienso que si caigo podré llamar a alguien para que me ayude, pero no pienso que si caigo de cabeza o si aterrizo sobre el celular... Y luego hay quien dice que soy muy inteligente. Si supieran...

Cuando finalmente baje por última vez del sillón, lo que es más fácil de escribir que de hacer, y prendí las luces... ¡zaz! que se funden tres focos.

noviembre 11, 2010

Paleta de Hielo ©

 Toda la semana anterior me la pasé metido en el Excusado.  No, aunque el nombre le quedaría que ni pintado a más de uno, no estoy hablando de un antro; literalmente me pasé toda una semana en el baño. Pero no por lo que se pudiera pensar, alguna rebelión estomacal o algo por el estilo,  más bien fue por un exceso de testosterona.

Me explico: El inodoro del segundo piso se descompuso  por viejo (exceso de herrumbre), así que tuvimos que comprar el juego completo de tripas (flotador, sapo, mangueritas, manguerotas, empaques, etc). En letras enormes la caja de las tripas traía impresa la leyenda “DE FÁCIL INSTALACIÓN. INCLUYE TODO LO NECESARIO”;  en cuanto leí aquello, como diría un amigo, que sale don Pendejo y digo “Yo lo instalo”. Si chucha, cómo no…  Con mucho ánimo, pocas herramientas y menos neuronas me di a la tarea.

Para poder cambiar las piezas, era necesario (según las instrucciones de “hágalo usted mismo”) desarmar la caja de agua del resto del inodoro; fue muy fácil, pude quitar todo menos un par de tornillos, el par de tornillos que sujetaban la caja al inodoro. Así que conseguí unas pinzas y nada, compré y empapé los tornillos con un lata de “afloja-todo”  y nada (“afloja-todo” mis... polainas), los agarré a martillazos (eso fue como al cuarto día, cuando la desesperación estaba en su apogeo) y nada. Para entonces comenzaron las sugerencias de llamar al plomero –peor que bofetada con guante blanco–, mismas que yo declinaba cortésmente ¡Mira que ofenderme de esa manera!  ¿Cómo aceptar frente a un perfecto desconocido que no pude con un triste inodoro?

Total, el sábado me conseguí una segueta (muy barata, por cierto) y me encerré con ella en el baño; de la manera más atenta les pedí a todos en casa que no me molestaran hasta que volviera a abrir la puerta: aquello ya no era un trabajo de plomería ¡No señor! ¡De ninguna manera! Aquello ya era personal.  No me quise ver en el espejo, pero apuesto que mi mirada era la de un enajenado o por lo menos así me sentía.

 El espacio para maniobrar con la dichosa segueta era muy reducido, pero la tozudez puede más. Tras batallar no sé cuanto tiempo y sudar como si me fuera la vida en ello finalmente alcancé la victoria: cercené los dos tornillos y pude levantar por encima de mi cabeza la caja del inodoro en señal de triunfo. Si no grité como salvaje fue por no espantar a los demás, no fuera que se acercaran a preguntar si todo iba bien (no quería que nadie interrumpiera mi momento de triunfo)  ¡Hombre! ¿Qué les platico? En ese momento Superman junto a mí era un pobre pendejo; estaba tan contento que por poco y tiro la caja para ponerme a bailar sobre sus restos, pero recordé que ese no era mi objetivo…

 Terminé tan cansado que me di un baño y me tomé el resto de la tarde. Al día siguiente instalé el juego de repuesto que, en honor a la verdad, es realmente fácil de instalar; no me llevó más de 20 minutos, mismos que me supieron a gloria. No cabe duda, la felicidad proviene de muy diversas fuentes. Abrí la llave de paso y ¡listo!

El sistema que instalé es muy moderno, tiene dos botones: uno para “líquidos” y otro para “sólidos”. Así que accioné uno y otro en dos o tres ocasiones (hagan de cuenta niño con juguete nuevo). Después de convencerme de la calidad de mi trabajo pensé en reestrenar el inodoro, pero eso sería un sacrilegio. Pensándolo mejor que alguien más haga el trabajo sucio.

Bajé a la cocina y, entonces, me enteré de que ese domingo era mi fecha límite: si el baño no quedaba listo la noche de ese día, para el lunes cuando yo regresara del trabajo el plomero ya habría hecho el suyo. Juro que no pude evitar una sonrisa de perdona vidas mientras les decía que no sería necesario llamar a nadie. No sé cuánto hubiera cobrado el plomero, pero seguro hubiera hecho el trabajo en una hora. A mí sólo me dieron las gracias y una paleta de hielo. Me habría dado a robado, pero la paleta era de fresa, mi favorita.

febrero 08, 2010

Dolce Vita ©

Toda la vida -desde la primera vez que escuche aquello de "lente oscuro, marihuano seguro"- he pensado que las personas que usan lentes oscuros quieren ocultar algo. Unos ojos rojos, irritados de tanto... de tanto... pues de tanto desvelo o de tanto llorar, fumar, beber o que se yo; un cardenal marca diablo de su "-azo"preferido (guamAZO, banquetAZO, botellAZO, etc); una mirada indiscreta, lujuriosa o simplemente curiosa o quizá, ¿por qué no?, ocultarse a si mismos del resto del mundo.

Tal vez por ello, la curiosidad me incitaba a mirar a traves de los lentes oscuros cuando de casualidad estaba cerca de alguno. Nunca me gustó la forma en que se veia el mundo a traves de ellos: demasiado oscuro (zonzo, ¿que me extraña si en el nombre lleva la fama de oscuro?).

Hace un par de semanas fui con mi oftalmóloga de confianza a revisar mis ojos de lince miope y resultó ser necesario un cambio en mi graduación. Comentando con ella el deslumbramiento causado por el sol, me recomienda, adivinen... ¡exacto!, unos lentes oscuros (aunque el termino correcto es polarizados) con todo y graduación. Total que después de un cocowash profesional (ML, no te creas nada, sabes que te aprecio mucho) me convencen y encargo mis lentes graduados polarizados con protección no se qué y filtro quien sabe cuál en micas de sepa Dios qué tipo en unos lentes de oferta por fin de temporada navideña en Timbuctú (¡lo que es vivir en un mundo globalizado!).

Dos semanas después paso a recoger mis nuevos lentes graduados con más escepticismo que entusiasmo. ¡Pero todo ese día estuvo nublado y el día siguiente tampoco hubo sol!

El lunes siguiente finalmente salio el sol y que los estreno; fue amor a primera vista. Yo no se si son de marihuano, pero de verdad que aumenta tu percepción de los detalles; todo, absolutamente todo, se ve de otro color -que no de colores- y me canso que influye en tu estado de ánimo, por no decir que cambia tu percepción de lo que te rodea. Se ve tan claro...

Dicen que todo depende del cristal con que se mire. Es tan cierto. Con los lentes polarizados el mundo se ve...¿cómo decirlo?... más cálido, pero sobre todo más brillante y atractivo. Bueno, yo diría que hasta sensual se ve el mundo.

He descubierto que, sin importar el ánimo que tenga, cuando uso esos lentes, al ver el mundo con mayor calidez, se me escapa una sonrisa. En esos momentos confirmo que la vida es bella...

Los lentes pueden tener muchos usos, pero jamás creí que por si sólos pudieran servir de estimulante. Quiza ahora cambie lo de "lente oscuro, marihuano seguro" por "lente oscuro, pasón seguro"

febrero 03, 2010

Mi cepillo de dientes ©

Alguna vez dije que la vida me sonrie, pero que no estaba seguro si se reía conmigo o de mi. En semanas como la que recien terminó me inclino a pensar que la vida se rie de mi. Y por lo que puedo ver, le he de resultar muuuy divertido. Tiene un sentido del humor muy fino, irónico, ¿negro?... ¿o tal vez retorcido?, yo qué sé.

La vez anterior mencioné mi cepillo de dientes y sus menos de tres meses de vida. Sin proponermelo dicho cepillo se convirtió en el personaje principal de mi siguiente pato aventura. ¿Fue la vida misma quien le dio el papel protagónico?

Aún estaba pensando que otros arreglos necesita mi nuevo hogar, cuando la respuesta me llegó no del cielo, sino de un agujero en la alambrada que rodea la casa y en las puertas y ventanas violadas de la misma: necesito barrotes o -como la gente prefiere llamarlos- herrería; me refiero a esas protecciones para puertas y ventanas que más bien parecen barrotes.

Se metieron a la casa y se llevaron casi todo, bueno incluso se llevaron hasta la maleta donde guardaba -¿ustedes que creen?- mi cepillo de dientes y la pasta. ¡Mi cepillo de dientes con menos de tres meses de uso! ¿Pueden creerlo? ¿Qué va a decir mi odontólogo de mi?... Bueno, lo primero que me diría es que tiene más de, mucho más de, muchísimo más de 6 meses que no paso por su consultorio; pero no, ese no es el punto. Seguramente me recriminaría por ni siquiera poder hacerme cargo de un triste cepillo de dientes.

En la casa no tengo flores de maceta, ni pececitos ni nada que necesite cuidados especiales; por eso empecé con un cepillo de dientes, sólo tengo que cuidarlo por tres meses y después cambiarlo por otro ¿qué puede haber de difícil en ello?. Llevo años haciendolo, claro que jamás lo había hecho justo después de una mudanza en toda forma, supongo que esa variable fue mi perdición -o más bien la perdición del cepillo.

Lo robado, robado está. Lo que perdí, perdido seguirá. Lo que sigue es tapar el pozo pa´que no se me ahogue otro niño, porque el primero vaya y pase, pero el segundo ni tiene perdón ni razón de ser.

Pero la vida, esa bendita ingrata de humor retorcido, es muy sabia y justa: al día siguiente, revisando por donde se metieron a robar y buscando alrededor de la casa encontré... ¡exacto! ¡el cepillo de dientes!

¡Mi recompensa por haberme preocupado por cambiar mi cepillo de dientes cada tres meses fue no perderlo!

Diganme si la vida es o no una chulada...

Yo la adoro, pero no siempre comprendo su humor; asi que yo sonrió con ella, aunque eso signifique reirme de mi mismo.

enero 20, 2010

HOME ALONE ©

Hace ya tres años -septiembre del 2006- salió la oportunidad de un trabajo, sólo que en otra ciudad. Me preguntaron si tenía algun reparo en ello y yo contesté que no había problema. De regreso en mi casa platiqué con mi adorada madre. Acordamos que lo mejor era viajar ligero, asi que llene dos maletas de ropa y dos semanas después ella se despedía de mi.

Cuando llegué al que sería mi primer hogar fuera de casa lo único que llevaba conmigo era el par de maletas. Asi que instalarme fue de lo más sencillo: sólo tuve que desempacar.

Hoy, a tres años de aquella aventura, hago mi primer mudanza... ¡Por Dios! ¿Qué fue de aquellos tiempos en que toda mi vida cabía en un par de maletas? Ahora toda mi vida cupo en dos camionetas y aunque la nueva casa es más grande, o quizá por ello, llegar a mi nuevo hogar no resulta tan sencillo como la primera vez.

De entrada aprendí algo: mudarse de casa no se trata de tan solo empacar en un lado y desempacar en el otro como si de maletas se tratara, ¡oh no! de ninguna manera. ¡Es más complicado! Durante tres días tuve que usar el mismo pantalón porque solo la providencia sabía donde había guardado los demas (ahora sé por qué etiquetan las cajas...),. Y lo mejor es que ni siquiera sabía que tenía ese pantalón, apareció de la nada. Mi cepillo de dientes quedó en la "m" de miscelaneos, así que tuve que comprar otro y eso que con el primero no había cumplido los tres meses "recomendados por los dentistas".

Todos los enchufes son de dos agujeritos y todos mis aparatos, empezando por el refri, son de tres patitas. Descubro que de las muchas lámparas que tiene esta casa la mayoría tiene los focos fundidos; asi que en el segundo día fui a comprar focos, contactos, y algo de comida para meterle al refri. Pero entonces tuve otro problema: los techos son muy altos y con las sillas nomás no alcanzo. Tuve que parar uno de los sillones para usarlo de escalera y ahi me tienen, haciendo equilibrio sobre un mueble diseñado para sentarse no para treparlo, encaramado como chango a metro y medio del suelo y pensando que si me caigo nadie escuchará mi grito, pero como traigo el celular en la cintura agarro valor. Iluso de mi pienso que si caigo podré llamar a alguien para que me ayude, pero no pienso que si caigo de cabeza o si aterrizo sobre el celular... Y luego hay quien dice que soy muy inteligente. Si supieran...

Cuando finalmente baje del sillón -lo que es más fácil de escribir que de hacer- y prendí las luces... ¡zaz! que se funden tres focos...





LAS SOMBRAS DE LA CUEVA ©

  Ahí estoy yo, recostado sobre el pasto en uno de los prados del parque, rodeado de muchos y muy altos edificios. Mirar hacia arriba es cas...