diciembre 26, 2011

Los Extraños caminos del parque Montebello © (parte 1 de 4)

A la memoria de Venn I. Río



Era una noche oscura y tormentosa, la recuerdo bien porque jamás había visto llorar a mi mejor amigo. No recuerdo la hora, seguro antes de las 8 o 9 pues no teníamos permiso de desvelarnos mucho, ni siquiera de salir solos. Regresábamos caminando a casa de Carlos; Paty –la mayor de sus hermanas- nos había llevado a ver una película, y mis papás pasarían por mí después de la cena. Tuvimos suerte con el agua, alcanzamos a llegar minutos antes de que comenzara a llover.

Beatriz –mamá de Carlos y quien insiste que la llame así, Beatriz- esperaba por nosotros a la entrada de la casa con una escoba en la mano, como si estuviera barriendo la banqueta; aunque a mí me pareció que se agarraba a ella como si fuera su salvación. En cuanto estuvimos cerca notamos su cara de tristeza, tan obvia que los tres callamos.

-¡Mamá! ¿Qué pasó? –preguntó Paty.

-…Croqueta…

Hasta ese día siempre me había doblado de la risa al escuchar el nombre de la perra schnauzer; me parecía demasiado bobo. Jamás se lo dije a nadie y, en realidad, siempre me aguantaba la risa pero cómo deseaba soltar la carcajada… hasta ese día en que “Croqueta” me sonó tan solemne. Carlos –con unos ojos estilo Bob Esponja a punto de soltar los lagrimones- miró hacia el rincón del patio donde estaba el plato metálico de Croqueta, luego hacia su mamá; Beatriz suspiró con tal sentimiento que quise correr a abrazarla, pero mi amigo fue más rápido.

De repente cayó un rayo fortísimo, de esos que hacen vibrar las ventanas; como si fuera una señal, Carlos ya no pudo aguantarse y lloró en franca competencia con la lluvia que comenzó a caer. No supe cómo comportarme, ¿qué haces en esos casos? Paty, silenciosa y quieta, miró a su hermano; la imité, aunque mirando el comedero metálico de la perra. Por primera vez me fijé en la forma de las croquetas: la mayoría eran unas bolitas, otras tenían forma de hueso o de “x” y las más extrañas de círculo con dos patitas; todas las que estaban dentro del plato se hincharon hasta que de repente algunas ¡puf! se disolvieron en el agua.

¿Qué pudo suceder? ¿Por qué llorar por un perro aún antes de saber cuál fue su suerte? ¿Qué pasó para que Beatriz tuviera esa cara tan larga? ¿Y por qué se aferraba a la escoba? Mirando el plato de metal hice memoria de todo lo que sabía de Croqueta, y comencé a entender el llanto de Carlos y la expresión de su mamá.

La perra schnauzer, de poco más de dos años de edad, llegó a casa de Carlos siendo una cachorrita. Era de color gris claro con las cuatro patas blancas, el hocico con una mezcla de ambos colores y las orejas dobladas hacia adelante –una de ellas, ligeramente chueca, se curvaba hacia afuera-.

Con frecuencia saliendo de la escuela Carlos iba a mi casa o yo a la suya. Cuando me tocaba ir de visita, Beatriz nos esperaba a la salida y Carlos nos apresuraba a su mamá y a mí para llegar con Croqueta; ya en su casa soltaba la mochila por cualquier lado y pasaba al patio de atrás por la escoba y el recogedor para limpiar la popó de la schnauzer. De regreso en el patio de entrada, soltaba sus utensilios para hacerle a Croqueta las mismas fiestas que ella le prodigaba. Viendo a Carlos brincar como loco me ganaba la risa, lo que de paso aprovechaba para reírme por el bobo nombre de Croqueta sin mucho peligro. Después de un rato, Carlos se ponía a limpiar la popó que hubiera; jamás lo vi poner cara de asco –excepto aquella vez en que le dimos de comer prefiero no decir qué a Croqueta-. Luego de limpiar, Carlos enjuagaba la escoba y el recogedor para regresarlos a su sitio; finalmente se lavaba muy bien las manos.
-¡Hasta los codos, no te olvides! –le decía su mamá-.
Las visitas a su casa después de la escuela siempre comenzaban de ese modo, era como un rito pero también había reglas: Croqueta sólo podía estar en el patio delantero; tenía prohibido entrar a la casa; todo aquél que tuviera contacto directo con la schnauzer debía lavarse –“hasta los codos, no lo olviden”-. Mucho rigor y trabajo para tener un perro, sin embargo Carlos nunca lo veía como una carga: lo que hubiera que hacer por Croqueta lo hacía, y lo hacía con gusto.

Algunas veces por la tarde caminábamos al parque Beatriz, Carlos y yo junto con Croqueta. El lugar tiene un montón de caminos de trazado caprichoso que lo cruzan por el interior: hay uno que te hace dar una gran vuelta para sacarte de nuevo al exterior sin llegar a ningún lado; el resto comunica con algún otro camino, el área de juegos o el kiosco; ningún camino es recto. El parque tiene forma circular, es de gran tamaño y se llama Montebello; por perímetro tiene una banqueta tan ancha que la gente lo mismo la usa para caminar que para correr, caben todos.

En Montebello, Carlos me prestaba la correa y dejaba a la schnauzer arrastrarme por donde quisiera; me botaba de la risa. Beatriz sólo nos pedía mantenernos al alcance de su vista; era suficiente con frenar un poco a Croqueta porque la mamá de Carlos siempre caminaba detrás de nosotros, era parte del juego. A veces también nos acompañaba Paty, entonces era más divertido; excepto cuando nos salió al paso uno de esos perrazos –de aquellos que basta con verlos para pensar “éste sí me muerde”- pero Croqueta no se intimidó ni dio un paso atrás ¡hasta le gruñó al perrote!
-¡Croqueta! ¡No! ¡…Croqueta! –gritaba Carlos mientras yo jalaba de la correa y me reía de puro nervio.
El dueño del otro perro, un bóxer o algo así, controló a su “bebé”, se disculpó y siguió su camino; Croqueta, vigilante y tensa, no se movió hasta que se perdieron de vista; entonces ¡defecó ahí, donde estaba! Ya no me pude controlar, solté una carcajada de alivio y hasta me agarré de una banca para no caer de la risa; Carlos sólo suspiro y, muy eficiente, recogió las heces. Por cierto, Carlos fue de los pioneros en eso de llevar su bolsita para recoger la popó de la perra. Eso me daba mucho asco y él siempre jugó a aventarme la bolsa sucia; supongo que de verdad me aprecia porque ni el día del bóxer fue más allá de solo “intentarlo” y eso que yo no paraba de reír, ni siquiera porque me dio dolor de caballo.
La bolsa para popó era otra de las reglas; incluso en el bosque cargaba con una, me consta. Alguna vez fui con Carlos y su enorme familia a uno de esos paseos: un lugar grandísimo que se extiende como de aquí hasta allá, con muchos pinos y hasta un lago con truchas que puedes pescar. Croqueta viajó dentro de su jaula en la camioneta de un sobrino de Carlos.
En el bosque, Croqueta corrió libre por todos lados como si le fuera la vida en ello; Carlos la perseguía tan cerca como podía –con su bolsa para la popó en el pantalón- y yo les iba a la zaga, feliz sin saber muy bien por qué.
En aquél paseo me enamoré de Croqueta. Jugando beisbol le pegué al rostro del pitcher, el papá de Carlos, con la pelota… ¡Trágame tierra! Con pena me acerqué para ver el daño y disculparme.
-¡Corre! ¡Corre! ¡A primera base! –me gritaban todos y yo no sabía qué hacer.

-¡Corre! –gritó el pitcher y para beneplácito general yo lo interpreté como un “¡HUYE!”.

-¡No! ¡A primera base! ¡A primera base! –gritó alguien más.

¿Qué les cuento? Aquello acabó en grandes carcajadas y conmigo tratando de desaparecer en éste y los demás universos conocidos. Croqueta era la única que me veía sin doblarse de la risa –con su oreja chueca-. ¡Cómo adoré a la schnauzer ese día!
Algunas aventuras más compartí con ellos y la perra. Carlos puede contar las suyas por cientos: paseos, cumpleaños, días normales, reuniones, un funeral y hasta una liposucción –eso dijo-. Durante esos dos años Croqueta siempre fue parte de aquella familia; una mascota a la que todos trataban con cariño y que contaba con su propio espacio, pero que tenía prohibidísimo entrar a la casa. Carlos la adoraba, le hacía muchos mimos y jugaba con ella; amaba sin condiciones a Croqueta; y se volvió igual de cariñoso con todos, abrazaba con la misma intensidad a sus hermanos, a sus papás, a mí y a cuanta persona le cayera bien; desde que tuvo a Croqueta lo notaba más paciente y tolerante con los demás, porque Carlos a veces era Carlos, no sé si me explico. Cuando lo platiqué con mis papás, ellos dijeron que de los perros puedes aprender a ser más sociable con los demás. Trataron de explicarme cómo era eso posible pero me perdieron cuando se pusieron profundos, así que simplemente lo di por hecho.
Recordando todo eso, en aquella noche de tormenta mientras miraba el plato de metal, pude intuir lo que Croqueta significaba para Carlos.
Esa noche fue rara para todos: Paty se apoltronó en la sala a ver la televisión con el volumen bajo; Carmen, la otra hermana de Carlos, hizo su tarea sin poner la música que tanto le gustaba; Mario, el tercer hijo de Beatriz, iba y venía de la sala a la cocina donde Carlos, su mamá y yo preparábamos la cena: hot cakes, nada del otro mundo. Apostamos chupar el jugo de un limón a ver quién podía hacer un hot cake perfecto, como el de la foto en la caja de harina; Carlos estaba muy concentrado quemando el suyo.

-¡Carlos! Estás quemando tu hot cake –le avisó Beatriz.

-No te apures, se lo doy a Croq…queta… –Carlos se atragantó, empezó a llorar de nuevo, me ganó el sentimiento y lo acompañé.

Por descuidar los hot cakes también se quemó el mío y dos de los cuatro que cocía Beatriz en la parrilla principal –su estufa es enorme-; puesto que ninguno ganó, decidimos que los tres debíamos pagar la apuesta. Carlos fue el único que chupó su limón; Beatriz exprimió el suyo en un vaso y se lo tomó como jugo; yo la imité; Carmen sacó una cámara. Fue divertido ver nuestras caras y gestos –Carlos y yo con los ojos rojos- y una de las fotos quedó genial: los hot cakes quemados en un platón sobre la mesa y nosotros tres brindando con los limones; la mejor cara fue la de Beatriz. Como dije, la noche fue rara.
El lunes siguiente platicamos toda la historia con Susana, quien juró que ella no podría estar tan tranquila si alguno de sus perros tuviera la suerte de Croqueta. Carlos la miró con ojos de pistola; en lo general no le simpatiza mucho Susana y, aunque muchas veces le he preguntado, no sabe explicarme el por qué su desagrado. Tal vez lo que no le gusta son las pecas o el cabello claro de Susana, quizá el hecho de que ella es más alta; sólo me dice que le parece muy rara, sobre todo con sus perros; Carlos observa mucho a esa familia y de “extraña” no la baja, pero ¿quién en esta vida no es extraño para otro?



C O N T I N U A R Á…
Busca la parte 2 de 4 a partir del 02-ene-2012



2 comentarios:

Pilar dijo...

Sólo ante quien no reclama nada, somos capaces de entregarnos.

(vuelvo por el resto.)

Besos navideños

Gil dijo...

Tengo la hipótesis de que los animales pueden abrirnos hacia nosotros mismos y hacia el resto del mundo.

Siento raro publicar la historia por entregas, locuras de verano (invierno) que se le ocurren a uno. Bienvenida eres hoy y siempre.

Abrazos de año nuevo

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