diciembre 03, 2011

Lino Zendía © 1.0

Lino Zendia                                                                                  



Para: Claudia V.

Asunto: Reporte



Claudia, estoy seguro que le sorprende leer mi segundo correo de hoy lunes 17. Sobre todo porque son más de las nueve y lo único que de mí hay en la oficina es este mail que, efectivamente, fue escrito el sábado 15 a las 6:40 de la mañana, apenas 32 minutos después del primero, donde le envío el reporte pormenorizado de los resultados de la Feria Comercial –todo un éxito, como habrá leído en aquél-. Mónica sabe la mayor parte de la historia, y el contador también; a él lo pudimos localizar el viernes para explicarle la situación, no sé para qué pero Mónica insistió mucho en ello. Hoy lunes, mientras lee éstas líneas, debo estar en algún punto de la autopista rumbo a la ciudad. Espero no llegar demasiado tarde a la oficina, en todo caso no olvido la cita que tenemos a las 12pm con la gente de la Inmobiliaria; no se preocupe, llegaré.


Lo que más debe intrigarle es que haya escrito un reporte de trabajo la madrugada de un sábado; obsesivo hasta para un adicto al trabajo como yo, pero sólo aproveché la última luz de cordura que había en mí antes de perderme: o lo escribía justo ahora que lo recordé u hoy lunes tendré que lidiar con algo más que mi primer retardo… Además, la sensación que provoca el ambiente que me rodea es demasiado placentera para turbarla con pendientes tan mundanos.


¿Cómo me explico? ¿Qué le puedo decir? Simplemente seguí su consejo y me perdí en el camino; no es queja ni mucho menos reproche… tal vez suene a excusa. Después de todo, desde hace tiempo deseaba perderme, y éste viaje relámpago me ha dado la oportunidad perfecta. Usted me lo ha repetido hasta el cansancio: debo aprender a relajarme. ¿Y sabe qué…? Lo logré: aunque mi yo normal debería estar preocupado, en realidad me siento tan bien, pero tan bien que de buena gana me seguía de largo con la fiesta. Sólo que de momento todo está muy quieto y tranquilo, supongo que por la hora; debería aprovechar y dormir un poco pues estoy cansado y con algo de sueño. Antes quiero platicarle los resultados no oficiales de la mentada Expo. ¿Por dónde empiezo?


Después de estacionar en el Centro de Convenciones, en cuanto al autobús abrió la puerta el efecto fue instantáneo, casi mágico. La atmósfera del puerto invadió el interior del vehículo y me tomó por sorpresa, lo podía sentir en la piel. Estoy seguro que se oía el vaivén de las olas, al menos eso creo. Justo ahí empezó mi perdición, ahora lo sé. Antes de bajar del autobús rentado nos recordaron que el regreso sería a las siete de la tarde –fue la última vez que tuve conciencia del tiempo-. Mónica se acercó a las mesas de registro para recoger nuestros gafetes mientras yo esperaba ligeramente frustrado porque desde el estacionamiento no se veía ni el mar ni la playa, aunque podía sentirlos en todos lados; como si el recinto fuese una isla rodeada por aquellos; de esas veces que percibe una presencia muy fuerte y cercana que sin embargo no alcanza a ver, la siente detrás de usted y al voltear a buscarla siempre sale de su campo de visión. La excesiva humedad y calor del ambiente resultaron sofocantes al principio, cada bocanada de aire una pelea. ¿Ha intentado respirar bajo del agua? Más o menos así pero después de ese primer instante de lucha, como si de la brisa misma emanara la respuesta en un susurro, me dejé llevar e inhalé con fruición; el efecto fue diferente y agradable, aquella atmósfera me rendía para darme su bienvenida.


Palmeras enormes, palmeras por todos lados con sus grandes hojas meciéndose al compás del viento, casi todas llevando el ritmo; al otro lado del enorme estacionamiento una ordenada fila de ellas sigue el trazado de la avenida que rodea el recinto ferial y se pierde más allá de donde alcanzo a ver. Muchas palmeras, árboles, arbustos… ni siquiera sé cómo se llaman todas las plantas que estoy mirando. Jamás pensé que un color fuese lujurioso, pero a fe mía que a la vista de tanto verde una sensación extraña, casi impúdica, se apoderó de mí. No llevo ni diez minutos afuera del autobús y ¿cuántas veces me ha conquistado ya ésta tierra? Cómo quisiera quitarme los zapatos y salir corriendo en busca de la playa más cercana.


Mónica ha regresado con los gafetes. ¡Por mi vida! Que la veo caminar más erguida y derecha, con una coquetería inusual en ella –cualquiera diría que la dichosa brisa es la culpable-. Me observa risueña y curiosa, tal vez notó los cambios que el ambiente empieza a operar en mí. Le han dicho que debemos reunirnos junto a las escalinatas para recibir una bienvenida informal (la oficial fue dos días atrás, el miércoles). Mientras nuestros anfitriones nos dirigen las palabras de rigor, he notado la puerta de acceso custodiada por un par de hermosas edecanes, cada una con un escáner en la mano para leer el código impreso en los gafetes. Una de ellas juega de local o por lo menos lleva varios días en el puerto, el color dorado de su piel la delata; al mirarla me sonríe por el puro gusto de sonreír –su sonrisa no es para nadie en particular, vamos, pero incluye a todo el que la mira-. ¿Soy yo o aquí todo es una conspiración? La vida parece hacerte guiños allí dónde eches un vistazo. No me pida explicaciones, ni yo mismo entiendo lo que digo, sólo me dejo llevar por lo que siento.


¿Qué le puedo contar de la Feria misma? Los expositores y visitantes, los negocios, el ambiente tras bambalinas, lo que se dice, lo que se calla; siempre son excitantes estas reuniones, sin embargo no tiene caso hablar de ello por conocido, y de lo que logramos en lo particular ya se enteró por el correo anterior. No, de lo que quiero hablarle es del pulso que recorría toda la Expo, de una fuerte corriente contenida a punto de desbordarse; la mayoría parece darse cuenta de sí mismo y eso los pone contentos por el puro gusto de estar contentos –jacarandosos, dirían en mi rancho-. Por ejemplo, aunque nunca falta el expositor aburrido o fastidiado por la poca afluencia en su stand o el abrumado porque no cabe ni un alfiler en el suyo, aquí no vi ninguno de los dos. Todos los expositores con la sonrisa a flor de piel: el que tenía su stand lleno te miraba con cierta de pena, se encogía de hombros y te invitaba a esperar turno; el que tenía lugar también se encogía de hombros pero te acercaba una silla para recibirte como si estuvieras en su casa. Cualquier pretexto es excelente para iniciar una conversación. Lo divertido fue constatar que el tipo de bronceado, junto con la plática de cómo lo habían conseguido, era el tema predilecto para romper el hielo; la mayoría, si no es que todos los presentes, acusa ya en su piel diferentes grados de ese tono dorado tan propio de la bahía. Varios confesaron levantarse temprano para salir a caminar o correr por la playa, para buscar algún rincón novedoso o distinto para desayunar o simplemente para pasear un rato por la Costera antes de ingresar a la Feria que abre sus puertas a las diez. Todo mundo platica hasta por los codos –algunos, incluso, escribimos correos de madrugada- y lo importante no es el tema, sino la conversación misma.


Una atractiva mujer de Querétaro me presumió sus lindas piernas bronceadas como lo más natural del mundo, y muy ufana me aseguró que había aprovechado cada minuto libre para tomar el sol; apuesto que en otra ciudad ni ella hubiera platicado sobre sus piernas con un extraño ni yo me hubiera realmente interesado por el bronceado.


C O N T I N U A R Á…


NOTA:
Debido a que la historia es más larga que las entradas habituales de este blog, para facilitar su lectura se ha divido en dos. Podrás leer la 2ª parte (Lino Zendía 2.0 ©) a partir del 12 de diciembre de 2011. Tus comentarios sobre éste o cualquier otro punto son bienvenidos.




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