febrero 23, 2011

EL ÚLTIMO VUELO ©


ESTE FUE EL AVIÓN...

Después de haber leído la frase “El hombre es un animal de costumbres“, Mafalda se cuestionaba si no sería que “de costumbre el hombre es un animal“. Amo a Mafalda, aunque sólo sea un personaje de ficción. De momento me quedo con el asunto de las costumbres. Es cierto, hacemos una repetición de todo hasta que se vuelve automático: si el despertador suena todos los días a las 7am incluso el domingo nos despertaremos cerca de esa hora aunque el despertador esté apagado; en el carro siempre tomaremos la misma ruta; compramos en la misma tienda; la pasta de dientes sólo tiene una forma correcta de estar en el lavabo (algún costumbrista dirá escandalizado que la pasta no va en el lavabo); en fin... costumbres. Las costumbres nos facilitan la vida, aunque también nos pueden adormecer. Pero no es la repetición lo que crea la costumbre, si así fuera ¡qué fácil sería la vida!

Por ejemplo, los sepelios. Son repetitivos: te vistes de negro; vas y te congregas en el lugar convenido; siempre hay flores, coronas y unas grandes veladoras (creo que hay unos cirios que te dan desde el bautizo y se prenden en todas las ocasiones religiosas, me pregunto si alguien llevará dicho cirio al sepelio); se rezan rosarios y oraciones; cantan… ¡cantan! (lo del canto merece mención aparte, luego será). Por lo general son las personas mayores quienes, literalmente, llevan la voz cantante en eso de los cantos y los rezos, pero como siempre son los mismos (“mismos" creo que aplica tanto para las personas mayores como para los cantos y rezos) terminas por aprenderlos aunque sea a medias. De hecho creo que esa parte repetitiva de los sepelios de algún modo te conforta, te serena. Regresando a las canciones, ¿han escuchado esa de “pescador de otros mares“? La de “en mi barca no hay oro ni espadas...“ Pues esa canción tiene la costumbre de ponerme en modo “sepelio“, es decir, triste y melancólico. Será porque es costumbre cantarla en los sepelios y he terminado por asociar una con otros como algo inseparable. Todo es igual en los sepelios, lo tienen todo para ser costumbre, pero jamás lo serán porque el muerto es siempre diferente. Y qué bueno que nunca sea el mismo porque nadie es tan malo que merezca morir dos veces.

Llegamos al sepelio justo a la hora de los cantos; de entrada no queríamos entrar, atravesar toda la estancia y ser observados por todos. Justo al fondo estaba la cara más familiar; hacia allá fuimos. Me senté en el descansabrazos del sillón, ya no había sitio. Me dediqué a reconocer el terreno, pocas, muy pocas caras conocidas (veintitantos años no pasan en balde), ojos rojos, caras hinchadas; rostros tristes y miradas perdidas en el infinito. Algunos dormitaban sin dormir, seguramente quienes vivieron la experiencia desde el principio, a quienes el cansancio y la angustia les cobraban ya factura.

Y en el lugar principal, el féretro con tres cuadros encima, flores y demás parafernalia. Es tan irreal. Tan sólo una caja de metal, pero su significado es tan fuerte... Debo creer que su cuerpo que no él, sus restos porque él ya no esta (ya murió), están dentro de aquella caja. Quiero decir que la última vez que lo vi estaba vivo y no le dolía nada -quizá el alma, pero eso sólo él lo sabría- así que de verdad era extraño hacerse a la idea de que sus restos estaban dentro de aquella caja metálica y, por tanto, que él ya no existía. Fue un accidente, de avión; de los verdaderos accidentes en avión, no del ocasional despiste ni nada por el estilo ¿necesito añadir más? Por eso es tan chocante: está vivo y segundos después ya no. Y luego te ponen enfrente el féretro y ya, eso es todo. ¿Y se supone que debes creerlo a pie juntillas? ¿Amén y a lo que sigue? Ahora comprendo por qué la gente prefiere saber la verdad por cruda que sea: porque la incertidumbre mata. Perdón, la incertidumbre no mata tan sólo produce angustia; el golpe es lo que aniquila -y si no me creen que se lo pregunten al del féretro-. Quizá deba decir porque la incertidumbre "mata". Ahora sé por qué algunos se asoman dentro del ataúd: porque constatar el hecho te proporciona paz. Yo lo veía como algún tipo de profanación,  ¿pero cómo negar lo que estás comprobando con tus propios sentidos? Algo asi como un golpe de realidad, que tampoco son de los que matan pero son buenísimos para poner los pies sobre la tierra.

Cuando bajé la tapa y di la vuelta, había menos gente en la sala y los aún presentes estaban un poco pálidos. ¿Por qué encontramos la muerte tan intimidante? Para allá vamos todos. Digo, no que me corra prisa alguna, pero el que está vivo habrá de morir, le guste o no.

Y todavía falta el entierro...

Al salir de ahí, me dije a mi mismo y comenté que en mi funeral no habría cantos ni rezos; mejor mariachi y en vez de primer, segundo y tercer misterio que al primer acorde se suelten con la de “El Mariachi Loco“ nomás por ver qué cara ponen todos; en el segundo acorde la de “La Vida no Vale Nada“ para estar a tono con la ocasión; que se sigan con la de “Que Suerte la Mía“ por recordar que en la vida hay otros dolores más fuertes que ya los quisiera el muerto porque solo quien vivo es siente; luego las complacencias y al final la del Pescador para darle el toque tradicional al asunto. Y lo digo en serio.

Al día siguiente, a las puertas del panteón esperábamos cuando desde el fondo de la avenida dobló el cortejo en la esquina con el féretro al frente, cargado en hombros, las flores -siempre las flores-, los deudos, los vecinos y ¡el mariachi!… ¡Un mariachi!… ¡Hombre! ¡Qué casi espero con ansia toparme con alguna plañidera!; ellas y un perro flaco cerrando la comitiva son los únicos que faltan. ¡Por mi vida que el mariachi me ha impactado! Con un codazo le digo a mi hermana “¡Mira! No andaba tan errado“.

Todos mis sepelios previos han sido de cripta: nichos revestidos de cemento donde cabe el ataúd, metes la cajita y un par de albañiles tapia la entrada con ladrillos y mezcla previamente preparada; al final resanan la pared y frente a ti sólo queda un flamante muro de cemento ¡Vualá!

Éste es en tierra, cavan un agujero con picos y palas; de la vieja escuela, pues. Junto al hoyo están todos. Los únicos tranquilos son los sepultureros, casi se ven aburridos, respetuosos si, pero aburridos como si ya estuvieran acostumbrados. Para ellos, aunque siempre cambie, el muerto es siempre el mismo: un perfecto desconocido. El mariachi no deja de tocar y de las plañideras ni sus luces, pero ni hacen falta pues por espontáneos(as) no paramos. Mojan el fondo del agujero con agua de una  jarra de cristal -muy bonita por cierto, no cualquier jarra- como marcando el territorio. Lo siento, mi vena irreverente; en realidad dibujan una cruz con el agua de la jarra para consagrar la tierra y alejar al demonio, al menos eso me dijo un lugareño; o sea que sí marcan el territorio ¿ven cómo no andaba tan errado? Se preparan para bajar el féretro, pero antes dicen algunos discursos del tipo "a-los-ojos-de-la-muerte-todos-son-unos-santos".

¡Pinche Muerte! ¡Además de hija de la chingada, cegatona!

Dentro del gran agujero que es la fosa hay uno más pequeño dónde cabe justo el ataúd y cuyas paredes sirven de apoyo para colocar unas lozas de concreto; las lozas sirven para soportar el peso de la tierra y evitar que el féretro y su inquilino terminen aplastados -literalmente. Entonces si, a echarle tierra al asunto, perdón al difunto; acomodan las flores -con un poco de suerte dentro de poco se verán tan viejas y secas como las de las tumbas vecinas-; colocan la placa “conmemorativa“; abrazos, besos, "veámonos más seguido" y adiós, todos salen en desbandada.

¿Quién puede llegar a acostumbrarse al numerito?

Yo no. De hecho he decidido que el mío será el último sepelio al que asista; después de todo, cuando sepan a quién se le ocurrió lo del mariachi loco no creo que me dejaran entrar a ningún otro.

PD
Perdón, antes de la desbandada sigue la comida en honor del difunto (es velorio de pueblo):
-Comes.
-¡Provecho!
-Lágrimas y risas. Jajaja-jejeje.
-Abrazos, besos.
-"Veámonos más seguido".
-Adiós.
-Desbandada.
-La vida sigue...
En los pueblos son sabios.


febrero 13, 2011

DE BESOS Y MASCADAS © (parte 3)

Estoy un poco desesperado, calculé mal mis tiempos y voy justo ya. Olvidé el tráfico de los sábados por la noche. Todavía tengo que meter el carro al estacionamiento y salir corriendo para encontrarla en la entrada de Moliere. Al medio día que hablamos para confirmar la hora y lugar le dije que la esperaría justo en ese lado.

-¿Por qué no nos vemos en el cine? -preguntó con mucha lógica y razón.
-Porque arruinaría la sorpresa.
-¿Otra sorpresa? -¡por favor, que mencione la mascada! ¡que mencione la mascada!…
-Algo así.
-De verdad que eres raro.
-Mmm… velo como parte de mi encanto -¡Eh! ¿Qué tal? Humilde, sencillito y carismático.

Estuve a punto de recordarle la mascada para que no la olvide, pero si la menciono yo antes que ella la sorpresa perdería parte de su encanto. En realidad por eso insistí en verla a la entrada no del cine sino del centro comercial, para tener tiempo y espacio, sobre todo espacio para que la idea con la mascada funcione. Si es curiosa -¡y por dios!, si es humana seguro lo es- desde que se la pedí debe estar preguntándose para qué quiero una mascada para ir al cine, sobre todo cuando al principio era corbata; bueno… al menos eso espero.

He entrado por Moliere. Aunque la mayoría de los carros ingresan por ésta que es la entrada principal, casi todos se estacionan tan cerca como sea posible de las escaleras del cine que están justo al otro lado; benditos sean porque he encontrado lugar de inmediato. Bajo corriendo del carro y me apresuro a regresar a la entrada, como a cien metros. Faltan cinco minutos para las ocho; técnicamente voy a tiempo, sólo espero que ella aún no haya llegado; empieza a sonar el celular, sin dejar de correr lo saco de la bolsa y lo contesto justo donde están las plumas de acceso. Es Ella, dice que acabo de alejarme corriendo sin hacerle caso -“Como si estuvieras huyendo de mí” -dice con fingido reproche- “No muerdo ¿sabes?”. Volteo hacia donde dejé el carro, buscando el suyo; me siento observado, como si me hubieran pescado justo antes de hacer una travesura. No que hubiera hecho alguna –todavía- pero esa es la sensación. No la veo. La carrera ya me hizo efecto, respiro algo agitado mientras regreso sobre mis pasos, buscándola en una especie de “frío-caliente” que parece estar disfrutando de lo lindo. He regresado junto al carro, cerca hay uno que me parece muy familiar pero está vacío; se lo digo y ella, con un ataque sofocado de risa, me pide seguir buscando porque ese no es el suyo; me las huelo -¿existe esa palabra? ¿huelo?-, así que me acerco al auto preguntándole si acaso está cerca del carro morado; me dice que sí pero… ¡no hay ningún carro morado!; me acerco más al auto y ¿qué veo?. A ella, recostada para que no la viera desde afuera, mirando el techo de su carro y con la más pícara sonrisa, bueno... sólo le faltaba el cable que tenían los teléfonos de antes para jugarlo entre los dedos. Cuando me vio se puso seria, muy seria y luego fingió no verme; por el teléfono me dice -“Bueno, te dejo porque ya llegaron por mí. Ciao”. Se incorporó sobre su asiento y bajo del carro riendo a carcajadas.

Resulta que quiso llegar temprano para ver qué era lo que yo tramaba. Dice que verme correr como corrí ya pagó el haberla tenido en ascuas con lo de la mascada. ¡Ah! ¡La ha mencionado!

-¿La traes?
-Un minuto, un minuto -hizo mímica de buscarla a su alrededor y de repente- ¡Ah! ¡Ya me acordé!

Giró dándome la espalda y se agachó dentro del carro hacia el asiento del acompañante, pero a medio camino se arrepintió; volteó a mirarme, se enderezó y con gesto teatral, pausado, giró sobre si misma dejando en claro que no quería que la viera desde aquél ángulo, incluso negó con la cabeza. Se sentó entonces muy propia frente al volante y estiró la mano para alcanzar su bolso.  ¿Cuál sería mi sorpresa al ver que la mascada era del mismo color de su vestido? (de acuerdo, “casi“ del mismo color). Por cierto, su vestido merece mención a parte. Es de diseño primaveral, se ve fresco y ligero; aunque no es ceñido dibuja su silueta; termina algo arriba de la rodilla. Se ve tan liviano…

-¿En qué piensas? -pregunta.

Le contesto que en su vestido: Sin dejar de mirarla, llevo mi mano a la altura de su rodilla –a la altura del vestido en realidad- y a unos cuantos centímetros de ella junto el pulgar y el índice como si hubiera cogido algo con los dedos; con gesto lento recorriendo su cuerpo, siguiendo su contorno sin tocarla, levanto la mano hasta llegar por encima de su cabeza como si estuviera retirando un velo... Ahora la del calofrío fue Ella pero de inmediato me pregunta que vamos a hacer con la mascada. -“Jugar…“ -contesto. Le explico que la idea es que uno de los dos se ponga la mascada a modo de venda en los ojos y se deje guiar por el otro. Me mira incrédula, no sabe si hablo en serio o bromeo. Cree que estoy loco; en realidad me ofendería que lo dudara. Como no se decide agarro la mascada y me vendo yo mismo -espero que me compre- los ojos, pongo mi mejor sonrisa y estiro las manos en espera de que me de las suyas. Tras unos instantes la escucho suspirar, me toma la mano y caminamos hacia las escaleras más cercanas; tropecé en ellas y de inmediato me ayudó, acercándose más a mí.

-No es buena idea. Quítate la venda.
-Hueles delicioso ¿sabes?
-Estoy hablando en serio.
-Yo también.
-… ¿en serio?
-Mmm... -subimos por el siguiente tramo de escaleras.
-Todos nos miran -me dijo al oído y yo aproveché para inclinarme sobre su hombre derecho y olerla a conciencia- ¡Oye!
-Deja que nos miren...

Caminamos despacio pero finalmente llegamos a la taquilla. Tiene las manos tan suaves. Pidió los boletos, le di mi cartera para pagar y luego le ofrecí el bolsillo del pantalón para que la guardara. -“Ni lo sueñes” -dijo mientras me regresaba la cartera en la mano. Pasamos por unas palomitas con refrescos. Como tuvo que agarrar la charola con las dos manos yo me agarré de su brazo para continuar hacia la sala. Una vez sentados preguntó si no pensaba quitarme la mascada; acepté pero con una condición. Cuando preguntó cuál, abrí los brazos de par en par. Se hizo silencio... de repente movió el brazo del sillón, se acomodó más cerca, me quitó la mascada y apoyó su cabeza sobre mi pecho. -“Pero si te comportas como adolescente...” -¿por qué me da ideas? ¿ y por qué me dan ganas de jugar cuando estoy con ella? Supongo que se refiere sólo a las manos. Como a los veinte minutos comencé a besarle la frente y poco a poco, igual que Homero con Morticia, me fui acercando hasta que me ofreció sus labios. Aunque la película era buena, cuando una escena captaba su atención yo volvía a buscarla y ella a aceptarme, así que en realidad ninguno de los dos supo muy bien de que iba la trama, pero se desarrollaba en una provincia de Francia y recuerdo haber visto a la protagonista con un vestido muy parecido al de Ella. Por favor, no pregunten más porque de verdad no supe de qué iba; en mi defensa sólo puedo decir que a pesar de que Ella escogió la película porque salía su actor favorito, fue la primera vez que va a verlo y no le presta atención religiosa a  su actuación. Eso me lo confesó después. ¡Fabuloso! ¿No creen? -me refiero a haber acaparado su atención.

Al terminar la función -estamos hablando de la película- pasamos por las máquinas automáticas para el pago de los boletos de estacionamiento; ella mencionó que la próxima vez sería buena idea moverse en un sólo carro, yo sólo volví a besarla para mostrarle mi acuerdo. Caminamos de la mano por el estacionamiento, platicando su sorpresa por no haberse fijado en la historia y en el guapísimo actor; de hecho me lo decía con cierto reproche en la voz, pero su sonrisa y el brillo en su mirada la traicionaban. Soy humano, no pude aguantar más, así que de repente me volví para darle un rápido beso sin dejar de caminar.

-¡OYE! -¿soy yo u “oye“ es lo que más me dice?

Cada dos por tres repito el numerito; cuando me tomó la medida ya hasta me esperaba. La última vez, cerca del carro, casi se detuvo esperándome de nuevo, pero yo seguí caminando mientras se me escapaba una risilla. Dio dos pasos más y entonces sí se detuvo, me giró y jaló hacia si para besarme. La abracé y levantándola ligeramente del suelo la moví el metro que nos faltaba para llegar al carro; la oprimí suavemente contra él y entonces si, realmente nos besamos. Con las yemas de sus dedos en mi espalda me apretó con fuerza contra ella y me besó con una pasión que sólo pude corresponder  con una  caricia que resbalaba por su caderas y de repente:

-¡Jóvenes!...

Enfundada en un traje de policía de seguridad privada, en cuanto volteamos a verla aquella mujer nos dijo, muy seria ella, que “allí“ no podíamos “hacer eso“. Y se quedó plantada precisamente "ahí", dispuesta a no moverse sino hasta que lo hiciéramos nosotros, me refiero a movernos.

febrero 06, 2011

¿Y LA CORBATA? © (parte2)

Aún no llega, pero no es su culpa. En mí acelere por llegar se me ha hecho temprano: 20 minutos más o menos. No me gusta esperar en un café, no lo siento mi mundo -por cierto, aunque el café si me gusta no tolero las cosas calientes, ni siquiera la comida; siempre me quemo, es mejor que se enfríe-, por ello le agradezco que cambiara el lugar por un restaurante (de cadena, cierto pero al fin y al cabo restaurante). Nada mas entrar me recibe una mujer en traje sastre con una carta en la mano y me pregunta: -“¿Área de fumar o no fumar?“. Supongo que estoy de buen humor, pues la suya me ha parecido una pregunta encantadora. Ya en la mesa he pedido una limonada en lo que espero y repaso nuestro último encuentro.

Llegué el segundo; Ella ya estaba en la mesa -la más apartada- y, en cuanto me vio, hizo señas ofreciéndome un lugar a su lado (por un capricho del destino todas las mesas estaban ocupadas). De inmediato miré hacia la cocina, temeroso de la mesera (si, infantil, ya lo sé). Me acerqué, saludé y me senté. -“¡Qué alivio! Por un momento creí que hoy tampoco te vería. He hecho tiempo esperándote“ -fue lo primero que dijo mientras sonreía y apoyaba suavemente su mano sobre la mía; resultó tan placentero su gesto que incluso vibré como los gatos al ronronear, ¿han tocado a alguno mientras lo hace? Sin hacer mucho caso de mi temblor, Ella se disculpó por la mesera y la forma en que todo pasó. Aunque sentía que su mirada reclamaba la mía yo estaba más interesado en mirar la mano que tantas sensaciones despertaba en mí; la retiró. Cuando dijo que de buena gana me daba los cinco minutos que pedí, intenté decir algo, bueno más bien intenté abrir la boca porque no tenía ni idea de que decirle; pero Ella me evitó la pena de simplemente boquear  pues siguió hablando; insistió en que esa fonda, cumplidora en su estilo, no era lugar para platicar nada con calma. Sugirió un café, pero entonces le conté mi cuento con los cafés y acordamos el restaurante donde ahora la espero. Después de eso, se despidió y yo pedí de comer.

Y ahora estoy aquí, esperando junto a mi limonada a que den las tres y media de la tarde. Una semana... siete largos… eternos... e inacabables días después de que acordamos vernos hoy. Siete días... si a partir del tercero ya me trepaba por las paredes desesperado por el lento pasar del tiempo.

El restaurante tiene una terraza alrededor de la cual hay un bonito jardín. La espero en una de las mesas del fondo, no por otra cosa sino porque desde aquí puedo ver casi todo el restaurante (esa maldita manía por observarlo todo… luego me dicen que parezco escáner), y a pesar de ello -de estar siempre observando según yo- de repente una mano toca mi hombro. ¿Soy yo o ella es propensa al contacto físico? Lleva puesto un pantalón de mezclilla que resalta sus piernas -¡ah! ¡Cómo quisiera hacerlas a un lado!- y una blusa holgada que le ciñe el pecho; suena raro pero así es, tendrían que verla. Me paré a saludarla, me tendió la mano, la besé (a ella no a su mano) por primera vez ahora que lo pienso y nos sentamos. Me preguntó cómo he estado; ¿“ansioso“, le puedo decir?... le contesto que fascinado; entonces le pregunté si sabía por qué le pedí los 5 minutos. Sonrió como si supiera la respuesta y sin embargo me preguntó por qué. -“Porque me gustas, ¿pero que te parece si pedimos antes de comer?“.

Comida... mientras nos sirven empezamos a platicar de comida; resulta que uno de sus platillos favoritos es el espaguetti pero sin crema ¿sin crema? ¿Cómo es eso posible? Con valentía empiezo una cátedra sobre el espaguetti sin insistir en lo que se pierde al evitar la crema; sonríe, muestra sorpresa, duda, a veces me mira socarrona, coquetea, finge enojo, se burla y hace mil preguntas; habla poco, sus silencios me invitan a hablar hasta por los codos y ella controla todo, absolutamente todo, con la mirada. Su mirada… eso me da una idea: le he pedido que lleve una corbata la próxima vez y su sorpresa ahora si fue mayúscula pues ¿qué tienen que ver las corbatas con el espaguetti? -“Ya lo verás, sólo lleva una“ -contesté cuando preguntó para qué.

Trabaja en una inmobiliaria, le gusta el boliche, no sabe nadar pero le encanta meterse al mar -“Sólo hasta la cintura porque más adentro me da miedo“ -confiesa. ¿Cómo se verá en traje de baño? No soporta a su jefe (le digo que no tiene porque cargarlo, pero se le escapó lo que quise decir). Siempre ha querido cantar en un karaoke pero le da pena; “karaoke“, tomo nota pero tendrá que ser después de la corbata. El baile la vuelve loca (son sus palabras, no las mías): me la imagino agitada, con una enorme sonrisa, los ojos brillantes y la piel brillosa de sudor tras bailar tres piezas seguidas y con ánimo de seguir bailando ¡oh! ¡Vida mía! ¿Cómo decirle que le guardaré cualquier secreto? ¿Y cómo le confieso que ya tiene rendida mi voluntad sin siquiera haberla pedido? Otra vez pienso en un gato, pero ahora jugando con una bola de estambre. Obvio, yo no soy el gato, aunque la bola de estambre jamás podrá sentir la oleada de placer que galvaniza mi espina.

Está comiendo su postre, un flan napolitano (¿vendrá de Nápoles la receta o será como las enchiladas suizas?); voltea la cuchara por el revés y le da un lengüetazo con fruición hasta que se topa con mi curiosa mirada, la he pescado infraganti; sin perder el estilo guiña un ojo y se lleva la cuchara a la boca con gesto coqueto. ¡Qué encanto de mujer! ¡Me divierte! -“Tienes algo aquí…“ -aproveché para señalar la comisura de mi boca; se sorprendió, sacó la cuchara de la suya, con la servilleta se limpió y me interrogó con la mirada; negué con la cabeza al tiempo que señalaba más o menos donde; usó de nuevo la servilleta y otra vez me miró; cuando volví a negar agarró su bolso, sacó un espejo y se revisó con celo; entonces le dije: -“…Una bonita sonrisa“. Por un instante me miró extrañada; al siguiente se turbo y me dio las gracias. Con mi pay de fresas remedé su gesto con la cuchara y ella me enseño la lengua mientras fruncía el ceño. ¡Nos la estábamos pasando bomba!

Pedimos la cuenta, mientras llegaba la invité al cine.
-“¿Con la corbata?“ -preguntó.
-“Si, la necesitamos para ir al cine“.
-“¿Por qué?“.
-“¿De verdad quieres saber?“.
-“Si“.
-“Sólo llévala“.
-“...“
-“Por favor, valdrá la pena. Te lo prometo“

Regresó la mesera con la cuenta y le pedí una pluma; con la mano derecha le pedí la izquierda a Ella; escribí en su palma una “ T“, una “D“, una “ S“ y una “O“ mayúsculas y ligeramente separadas; sin dejarle ver lo que escribí, puse su mano sobre la mesa con la palma hacia abajo al tiempo que le pedí no preguntar nada de momento, que ya le explicaría después. -“¿Por qué?“ -me preguntó. -“Porque si te explico ahora a los tres nos va a dar pena“ -le confié mientras le regresaba la pluma a la mesera. Las dos se voltearon a ver cohibidas, la mesera dio la media vuelta y se fue.

De camino a la caja y en la fila de espera Ella no dejaba de mirarse la palma y de preguntarme el significado de aquello. “Dame unos minutos“ era todo lo que escuchaba de mi. Cuando llegó nuestro turno de pagar repetí el número de la pluma con la cajera, sólo que ahora escribí tres letras “E“ entre las anteriores; sin soltar su mano regresé la pluma, nos hicimos a un lado para no estorbar y le pedí que volviera a mirar su palma. Mirarse la mano, pegarla a su abdomen, gritar “¡OYE!“ y verme con sorpresa e incredulidad fue todo en un movimiento. Con la mayor inocencia de que fui capaz me encogí de hombros, sonreí y me llevé el dedo a los labios en gesto de que guardara el secreto. -“Eres… eres… ¿de verdad crees que puedes salirte con la tuya?“ -me dijo y yo sólo negué risueño con la cabeza. Caminamos por el estacionamiento; ella me miraba con los ojos entrecerrados, como si me estuviera tasando; traté de fingir indiferencia pero si de por sí iba feliz, al tratar de ignorarla estuve a punto de soltar la carcajada y ella al verme así hizo lo propio por aguantar su propia risa. Llegamos a su carro sin decir palabra, la besé en la mejilla y me despedí:

-“Nos vemos el sábado. ¡Cuídate!… ¡ah! No olvides la corbata“.
-“Pero no tengo“.
-“Bueno… pues entonces una mascada...“

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