enero 31, 2014

De Antojos y Pecados Capitales ©

Lo malo de los antojos es que pierdes de vista los medios –no te importan- para fijarte sólo en el fin. Si no me crees no te creo, porque todos tenemos antojos y a las pruebas me remito, pero como la verdad hoy no tengo mucho humor para hacerte polvo te daré cierta ventaja. Mientras nos ponemos de acuerdo en las condiciones, he de platicarte el extraño caso de las fresas.
Hoy fue uno de esos días en que, cosa curiosa, no había mucho que hacer en la oficina, así que de común acuerdo decidimos que al menos por hoy no habría nada de horas extras y saldríamos justo a la hora en punto. Así que, dicho y hecho, a la hora en punto salimos rumbo a la vida –como si trabajar no fuera una especie de vida- y eso lo cambió todo.
Pensé en visitar algún amigo, pero de repente me ganó el cansancio acumulado y lo único que desee fue encerrarme en casa bajo siete llaves; entonces recordé que por andar en la visita de las Siete casas llevaba ya varios días sin cenar en la mía; seguro que no habría muchas opciones para armar un menú  decente, si por “decente” se entiende algo más que atún enlatado, verduras enlatadas, chiles de lata y hasta duraznos enlatados. Vamos, comida si había y por hambre-hambre, lo que se dice hambre no moriría pero de repente se me antojó algo más fresco, algo así como fruta. A media semana, con la urgencia de llegar a casa creí más fácil y rápido pasar al mercado que meterse al estacionamiento del súper, agarrar un carrito y recorrer toda la tienda hasta el fondo, donde según sus estudios de mercado debe ponerse la comida para que uno tenga oportunidad de pasar por toda la sección de chucherías del súper –por “chuchería” entiéndase “el resto de la tienda”-, para coger una papaya, naranjas y cualquier otra fruta que me hiciera ojitos en el camino. En el mercado bastó estacionar el carro en la calle y caminar unos pasos hasta el puesto más cercano que tenía, igual que el resto, toda la facha de un bodegón de esos que abundan en los óleos: montones de fruta por todos lados y ordenados en una bonita cacofonía de colores –ya sé que escribir “cacofonía de colores” es como decir “abigarrada sinfonía”, pero me gusta como suena-.
En realidad tenía ganas de conseguir plátanos para prepararlos con leche en vez de crema –el por qué plátanos con leche en vez de plátanos con crema es una interesante y larga historia, luego regresaré a ella- pero estaban demasiado verdes; nada tan sencillo como comprar una penca y esperar unos días a que terminaran de madurar, pero los antojos no combinan muy bien con los periodos de espera. Papaya, melón, mandarinas y un poco de guayabas tomaron el lugar de los plátanos. Ya para pagar, y después del típico “¿qué más le doy?”, paseé la mirada por todo el puesto por mera cortesía; entonces las vi, mi gran debilidad en la vida: fresas con crema.
Obvio que literalmente no eran “fresas con crema”, al menos no todavía, pero con ellas me pasa como con Ella: basta con mirarlas para salivar con fruición e imaginarlas saciando mis ansias por saborearlas –y que conste en actas que sigo hablando de las fresas-. Por cierto, ahora que lo pienso, las fresas con crema no son mi “gran debilidad en la vida”, por lo menos no son la única, ahí está también Ella –no necesariamente en ese orden- y por lo menos 322 debilidades más, sin contar las que adopte esta semana, pero el punto son las fresas.
Dos kilos por treinta y cinco pesos. Supongo que es un buen precio, pero ¿para qué demonios quiero dos kilos de fresas para mi solito? Digo, no tengo nada en contra de pecar por gula, que dios me perdone, y en el pecado llevaría la penitencia –si no me creen, intenten comer impunemente dos kilos de lo que quieran- así que pedí menos fruta, medio kilo para ser precisos. Sin embargo las fresas estaban de promoción y su precio era de treinta y cinco pesos por dos kilos; si yo insistía podían venderme lo que yo quisiera, siempre y cuando no pase de dos kilos, pero por treinta y cinco pesos. El prudente, el avaro, el goloso y hasta el tesorero que hay  en mí convocaron una reunión de emergencia: Tesorero decía que por el mismo precio más convenían dos kilos  que la mitad de uno; Goloso miraba suplicante a los otros tres sin entender el por qué de la discusión; Avaro se preguntaba si podría acabarme las fresas antes de que se descompusieran y cuando los tres voltearon a ver a Prudente, este puso cara de “por mi ni se detengan”.
Ya en el carro y rumbo a la casa caí en la cuenta de que hace meses no tengo azúcar en la casa, de que para hacer “fresas con crema” también necesito crema y de que para el caso no tengo un traste con tapa lo suficientemente grande para guardar dos kilos de fruta en él. O sea que, por no pensarlo antes de salir del mercado, tendría que hacer otra parada para conseguir lo que faltaba. En medio del tráfico, mucho más pesado que de costumbre, pensé en la mejor ruta para comprar en el súper más cercano de paso a la casa; cuando llegué ahí me seguí de largo ante la pereza de volver al tráfico al salir de esa tienda. Estuve a punto de irme derecho a la casa, pero las fresas con crema son “las fresas con crema”. De cualquier modo, hay otro súper no tan lejos de mi ruta pero a unos metros de la vía rápida que lleva a mi casa, es decir, con poco tráfico; hacia allá me dirigí.
Azúcar, crema y un tupper; la lista de compras más fácil de toda la historia. Si, Chucha, ¡cómo no…! Terminé comprando hasta shampoo –digo, hay que aprovechar esas vueltas al súper-. De la lista original, lo primero que encontré fue la crema. Frente a dos kilos de fresa los vasitos de 200ml parecen una mala broma, no sirven ni para tapar una muela; los de 450ml se ven más decentes y pueden dar la pelea pero seguramente tendría que comprar dos, así que escogí uno de 900ml. Al ver el tamaño del bote me dio miedo, llevo ya tres kilos para preparar un antojo para una persona y todavía falta el azúcar, pero para eso y muchas cosas más soy como una bola de nieve: una vez que empiezo a rodar… hasta donde llegue. Tal vez sería buena idea comprar dos de 450 para que no se echara a perder la crema, aunque luego pensé que primero se fermentaría la fruta antes que la crema estuviera incomible. Me aferré al bote grande. El azúcar… un paquete de un kilo que me acompañará mucho, muchísimo tiempo después de que se acaben las fresas, la crema, la papaya, el melón, las mandarinas y hasta el shampoo que compré ese mismo día. Por cierto, el azúcar la tienen junto a la sección de frutas donde, cosa de notar, las fresas brillaban por su ausencia, ni siquiera las que luego tienen en la sección de refrigerados, esas que vienen muy bien escogidas en cajitas plásticas con mil rendijas. Mi pequeño avaro-déjenme creer que es pequeño- brincó de júbilo al saber que tenía un pequeño tesoro que nadie, absolutamente nadie de los cientos de personas en aquella tienda podría obtener ahí; Aguafiestas sólo pensó “pasillo de congelados, sección de frutas, bolsas de medio kilo de fresa congelada…”; a Avaro no le simpatiza Aguafiestas.
Al pasar junto a las lechugas sonó una de las incontables campanitas pavlovianas que pueblan mi vida: las lechugas –y por supuesto las fresas- se remojan en agua con desinfectante. Todo mundo sabe que en los súper el desinfectante para frutas, ese que tiene plata coloidal, debe ir precisamente en la sección de frutas, en las esquinas de los grandes exhibidores, junto a los rollos de bolsa y las básculas; todo mundo lo sabe excepto los del súper. Tuve que preguntar dónde y me mandaron al pasillo seis –“para mayor referencia el que está después del pasillo cinco”, según el empleado, muchas gracias-.      
Al llegar a casa tuve que bajar las bolsas del mercado, las del súper y una computadora que traía paseando en el carro; acomodar la fruta, el mandado y la máquina en su lugar; sacar al perro a pasear, servir su comida, cambiarle el agua y darle sus cinco minutos de atención que, la verdad, creo le sirven tanto al animalito como a mí. Con el cansancio que traía, después de eso lo normal hubiera sido unos roles chopeados y a         dormir, pero estaba tan cansado que estaba dispuesto a pasar por alto mi ritual previo a soñar –me refiero a los roles chopeados- y mandarlo todo al demonio, fresas incluidas. A las fresas por lo menos hasta al día siguiente.
Me gustaría decir que mis pecados capitales son todos unos titanes y que se desato una batalla campal entre los dos que me reclamaban en ese momento; lo cierto es que Pereza nada, pero nada tiene que hacer frente a Gula y, de cualquier forma, sospecho que fiel a su naturaleza Pereza se dejó ganar, ¡qué flojera ponerse al brinco! Además, tumbarse en tu sillón favorito a matar el tiempo con un plato de tu postre favorito en la mano bien vale la pena un poco de trabajo, sobre todo si al final satisfaces a dos, ¿para qué batallar? Cada quien cede un poco, nadie pierde y todo mundo feliz y contento. Y luego hay quien dice que no se puede llegar a acuerdos…
Inicié el rito de lavar y quitarle los rabos a las fresas, a dos, si, a dos kilos de fresas, aunque lo primero fue enjuagar el dichoso tupper; el lavado me llevó no sé cuanto tiempo y al terminar descubrí contento que mi ojo de buen cubero no anda tan errado porque el traste que compré fue del tamaño perfecto para guardar toda la fruta. Entonces hubo que usar el desinfectante y esperar los quince minutos más largos, desesperantes y aburridos de los que tenga memoria.
Hablando de memoria, desde que tengo uso de ella, en casa de mi madre a las fresas se les espolvorea con azúcar antes de meterlas al refrigerador, para que duren más según creo recordar; nunca lo he puesto en duda ni he tenido la curiosidad por comprobar el caso contrario, así que lo mismo hago en la mía. Como sea, con el azúcar las fresas sueltan más jugo que, al combinarse con aquella, hace un jarabe que es la delicia de cualquier glotón que se precie.
Finalmente lavadas, desinfectadas, espolvoreadas y guardadas en su traste, pude tomar una porción generosa -¿para qué ser pichicato?- para prepararla a mi gusto; caí en la cuenta de que necesito comprar un machacador, ese utensilio que es un disco de acero inoxidable con incontables agujeros unido perpendicularmente a un mango con el que, generalmente, machacan los frijoles y que, en mi experiencia y después de incontables tenedores doblados, es excelente para machacar fresas, sobre todo cuando son muy frescas y están más firmes y duras. Las tuve que cortar en cuadritos con la ayuda de un cuchillo y, ya en pedazos pequeños, fue más fácil aplastarlas.

Habrán pasado unas tres horas desde que la marchante preguntó “¿qué más le doy?”. Tres horas de malabares e imprevistos, de buscar medios para llegar a este delicioso fin: un gran plato lleno de fresas –machacadas- con crema. Justo ahora que le doy gusto al gusto ¿qué me importan en este instante el pasado y el futuro? Sobre todo si lo que he vivido hasta el momento, y no sólo las últimas tres horas, me ha puesto frente a este particular manjar y todo lo que viva después, empezando por los minutos que vengan en seguida del plato, me encontrarán con el gusto satisfecho. Si eso es pecar –Orgulloso por rebelde y vanidoso quiere creer que si- me declaro pecador, lo cual me obliga a incluir el pensamiento ocioso como la debilidad número 323 en mi vida porque ¿qué demonios tienen que ver las fresas con los pecados? 

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