septiembre 26, 2012

¡EXTRA! ¡EXTRA! ¡Mi 1er relato publicado en un libro!



Pues nada, que tienen frente a ustedes el libro #Relato Breve, editado en España y producto de un concurso organizado a través de las redes sociales por Fundacion Imprimatur,

Lo interesante del caso es que, en este libro, se incluye un relato de mi autoría, el cuál se hizo un lugar entre los 50 que fueron seleccionados para ser impresos en esa ocasión. Esto fue en septiembre del 2011, hace ya un año, pero eso es lo de menos. Lo fabuloso es el hecho de verlo publicado en papel. La foto en pantalla es del ejemplar de cortesía que la editorial me hizo llegar, junto con una carta de agradecimiento por haber participado en ese primer concurso.

Ciertamente esta entrada rompe  con el esquema tradicional de lo que aquí se puede normalmente leer, pero -adivinaron, sí- eso es lo de menos. Digamos que es un corte comercial y volvemos. Les diría que lo compren, lo cual son libres de hacer si les place, pero lo único que pretendo es usar este pequeño escaparate para anunciar la buena nueva de  ¡Mi 1er relato publicado en un libro!

¿Qué por qué un año después? Bueno... no se me da mucho eso de los auto-halagos.

Para terminar, y como diría Bob Ross, ¡felices trazos!


septiembre 21, 2012

DE SUEÑOS Y ETIQUETA©



A veces –aproximadamente en 10 de cada 10 oportunidades- mis actos se ven influenciados por algo o alguien a mi alrededor, por algo o alguien que resulta tan determinante que, una de dos: sería un insulto a mi inteligencia negar su influjo o todo un reto a ella comprobar su efecto en mis actos. Pensando en ello me pregunto por qué cojo las tazas del modo en que lo hago y nunca con el meñique al aire como indica el lugar común. Si además de las influencias del entorno tomamos en cuenta las asociaciones que la loca de la casa (la mente, para los más cuerdos) realiza con irreverencia y desenfreno entre las ideas más dispares, tenemos una shulada de cocktail como base para nuestros actos –para los míos en todo caso, que por los de los demás no respondo.  

Por ejemplo, acabo de escribir sobre tazas y meñiques y, aunque ni siquiera lo menciono, mi mente se fue ya por la tangente para llegar a la idea de “té”, de manzanilla por cierto, justo en el instante en que el Sombrerero me hace un guiño antes de sorber de su taza –él sí con el meñique al aire, no me lo imagino de otro modo-, y sonreír cómplice al Conejo que se divierte con la perplejidad de Alicia. Y ni siquiera hay que mirar a Alicia para asociar todo el galimatías anterior con el caos propio de cualquier sueño digno de ese nombre. Ya entrados en gastos, ¿qué mejor lugar para usar los influjos ajenos y las asociaciones más dispares que el de los sueños?

Precisamente fue una influencia externa la que me provocó uno de los sueños más extraños que he tenido o, por lo menos, que pueda recordar. Me gustaría decir que el sueño fue todo mío, pero jamás antes se me “ocurrió” soñar algo similar. Aunque el sueño en sí no fue nada extraordinario, fue su “estructura” la que me fascinó. Esa estructura, la idea que le dio forma a mi sueño, la aprendí de una película que vi.

No recuerdo el nombre, pero si les puedo decir que del grupo de 4 personas que vimos la película en el cine sólo a dos nos gustó, y que de entre el resto de conocidos con quienes platiqué sobre la misma sólo pude encontrar a una persona más para un total de tres opiniones favorables. Básicamente la película giraba en torno a la infiltración de un grupo de “especialistas” en los sueños ajenos. Lo más intrigante era la posibilidad de “dormir” a la victima dentro del sueño para que soñara que soñaba. No sé si me explico.

Estaba soñando que conducía un go-kart en loca carrera por el primer sitio contra un fulano con casco y traje negros cuando de repente sonó la alarma y, así, sin la menor transición, desperté con la consciencia alerta para sentarme de inmediato al borde de la cama, disfrutando esa sensación de descanso profundo que sólo una reparadora noche proporciona. Ya había amanecido pero la penumbra de las seis de la mañana aún dominaba, así que fui a descorrer las cortinas y de paso mirar al jardín como parte de mi ritual matutino. Al mirar por la ventana dos detalles llamaron mi atención, pero no les di mucha importancia atribuyéndolos a la modorra del momento: había algo de neblina y los caminos de cemento –de vil cemento, sin adorno alguno- que corren entre el pasto, no estaban encementados, no, ¡estaban empedrados! Extrañado con aquello caminé hacia la puerta del cuarto preguntándome si acaso no había estado equivocado todo ese tiempo pensando que los senderos eran de cemento cuando siempre habían sido de piedras ¡hombre, si acababa de verlos con mis propios ojos!

Pero más tarde en abrir la puerta que en olvidar las piedras ante el espectáculo que me esperaba en la sala. Se me fue el alma al suelo. Toda la casa estaba patas arriba, los muebles fuera de lugar o de cabeza, ganchos y ropa por todas partes, papeles tirados por doquier, un par de ventanas rotas, incluso una lámpara colgando precaria de un cable y a punto de caer del techo. ¡Otro robo! Como aquellos que sufrí hace ya tanto tiempo en esta misma casa, ¿cómo es posible que no haya escuchado nada? ¡Si hasta parece que pasó un huracán! ¿tan profundo dormí? El corazón me latía desbocado, algo no cuadraba. Con toda la aprehensión de la que fui capaz crucé la puerta hacia el pasillo mirando y remirando a todos lados buscando lo que no encajaba, pero aquí adentro no había ni una piedra de río para darme una pista. Había más cosas de las que realmente tengo, cierto, y estaba todo desordenado como para inventariar mis pertenencias, pero ese caos ocupaba más volumen del que jamás podrían ocupar todos los muebles de la casa. Cuando te roban por lo general hay menos cosas, nunca más de lo que sea que tuvieras. Al menos eso dice la lógica

Trataba de aferrarme a ese pedazo de sensatez para encontrarle el truco al asunto cuando de repente sonó la alarma y así, sin la menor transición, desperté con la consciencia alerta para sentarme de inmediato al borde de la cama, disfrutando esa sensación de descanso profundo que sólo una reparadora noche proporciona. Aunque había amanecido la penumbra de las seis de la mañana aún dominaba y… ¡un momento! ¡eso ya lo había vivido! ¿acaso en eso consisten los deja-vu? ¿o era un sueño dentro de otro? Sudé frío, no sabía si estaba dormido o despierto, asi que me quede quieto esperando despertar en cualquier instante pero nada. Me paré a mirar por la ventana -y con todo el temor que fui capaz de acumular- para comprobar el material de los malditos senderos que mi memoria insistía eran de vil cemento; en ese instante hubiera dado dos años de mi vida por tener una perinola a mano para girarla y salir de dudas, ¿estaba dormido o despierto?

Al borde del terror, con el corazón palpitando como si le fuera la vida en ello, de repente sentí unas gentiles palmaditas en el hombro mientras una apenada voz –mi propia voz- me decía:

-Disculpa, ¿me permites un minuto?

La amabilidad que percibí en el tono –amabilidad por la que Carreño hubiera derramado algunas lágrimas de aprobación-  desarmó  a mi loco corazón, que abandonó su frenético palpitar para latir en un apenado susurro, mientras que el pánico que estaba a punto de invadirme se sentó muy modosito a esperar su turno. Yo mismo quedé tan perplejo, con los sentidos tan alerta como fui capaz y a la espera de lo que fuera a suceder, concediéndole a la voz -mi propia voz- el minuto que pedía cuando, de repente, se hizo la luz...

Me había pedido permiso para escuchar el reloj despertador.         

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