febrero 10, 2012

METRO ©

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Aún había tres personas delante de mí en la fila; mientras esperaba mi turno recordé –“escuché” sería mejor dicho- las palabras de mi tía cuando le platiqué de mi nuevo trabajo en otra ciudad: “Una vez que te salgas no querrás regresar y si no me crees, mírame”. Nunca me tomé muy en serio su dicho, aunque admito que mi tía era fiel a su propio consejo y se le veía muy feliz viviendo en provincia. A las tres semanas de aquella plática me salí de la ciudad y desde entonces no he regresado; no por falta de ganas, no, lejos de mi pensar siquiera en tremenda herejía hacía mi odiada ciudad –odiada no por mi, qué va, pero si por la mayoría de las personas que no son de ahí- sino porque la vida simplemente me llevó por otros lados. Hasta hoy.

La chica del mostrador –“Susana F.” según su gafete- me hizo la pregunta con tal seriedad que lo primero que pensé fue que de mi respuesta dependía una cuestión vital, y eso hizo que me fijara realmente en ella; busqué trazos de sarcasmo en su pregunta, aunque su interés parecía genuino y su sonrisa sincera. Yo en su lugar habría hecho la misma consulta –la cual seguro repite cientos de veces en un día- con el mismo interés que tengo en saber cuánto pesa una bola de boliche en Tetis, una de las lunas de Saturno –bien pensado, ese es un dato que si despierta mi curiosidad, pero no es el punto . Susana F. incluso levantó sus manos del teclado a la espera de mi respuesta, ¿cómo podía defraudarla? Le compré un boleto de ventanilla porque ir del lado del pasillo me da claustrofobia, lo cual es tonto si se considera el hecho de que todos los asientos, ventanilla o pasillo, están dentro del autobús pero la loca de la casa –la mente para los que se pregunten de quién hablo- tiene sus propias manías y más vale llevarle la fiesta en paz.

Con boleto en mano me dirigí hacia los andenes, solo faltaban diez minutos para que saliera mi corrida –el autobús, obviamente- pero antes había que pasar por el filtro de seguridad donde me pidieron sacar “llaves, monedas, cartera, celular y cualquier otro objeto que lleve en las bolsas” para depositarlos en unas charolas de plástico traslucido que bien me recordaron a las que vendían en el mercado sobre ruedas al que mi abuela me llevaba cuando niño; incluso estuve a punto de preguntarle al guardia si, de pura casualidad, no habían comprado las charolitas en el puesto de Doña Petra.

Junto a la puerta del autobús esperan tres personas: el operador, su asistente –quien me pide el boleto para perforarlo- y otro tío de seguridad con un detector portátil que empuña como bat de beisbol y me recuerda a la tabla con clavo de doña Eufrosina. Mi lugar es uno de los pocos que todavía están vacíos y el único –bendito sea el cielo- que está junto a otro asiento desocupado. Ya han puesto la película, las dos horas y media de trayecto deben ser suficientes para verla toda, presumiendo que valga la pena. Aunque no llevo prisa no puedo evitar mirar el reloj a cada rato, sobre todo después que dio la hora marcada en el boleto y el autobús nomás no partía.

A la 1:05 cerraron la puerta, el operador comenzó a maniobrar el autobús y su asistente nos recitó su famosísimo discurso de bienvenida. Bien linda ella, incluso tuvo el tino de alabar nuestro buen gusto al elegirlos a ellos en vez de a la competencia. Así hasta es una delicia viajar.

Por alguna razón me siento extraño, soy consciente de mi mismo; sé que traigo una boba sonrisa dibujada en el rostro y tengo unas ganas irresistibles de sacar la cabeza por la ventana, del modo que solía hacer Croqueta, la schnauzer que salió corriendo por la puerta para nunca más volver. Creo que estoy ansioso, incluso tengo las palmas sudadas para demostrarlo. Saco cuenta del tiempo que he estado lejos, objetivamente no puedo hablar de toda una vida, pero por las pantuflas viejas de la abuela juro que así se siente ¡y todavía faltan dos horas y media para llegar!

La película resultó tan interesante como una verruga. Para no aburrirme imaginé que el paisaje era una pista de obstáculos que debía sortear con una BMX que corría a la par del autobús; de niño prefería entretenerme así en los largos viajes a tener que soportar la irritada mirada de mi padre después de escuchar mi enésimo “¿ya llegamos?”. Por supuesto que después de años de no jugar a eso ocupé muchísimas “vidas” para sortear todos los obstáculos –sobre todo cuando el autobús entraba en un túnel o pasaba por algún barranco- hasta que recordé que en el NES había un botón para el “turbo”, ¿qué me impedía usarlo en mi imaginario juego?

Acababa de brincar un grupo de casas –con un doble mortal hacia atrás para más puntos- cuando me olvidé de la bici, del monito de la bici y del juego. Mi primer reacción al verlo fue pegarme al vidrio de la ventana. ¡Jamás creí que me daría tanto gusto ver un taxi ecológico! ¡y un vochito!, con placas de sitio, por cierto. Me lo bebí con los ojos, ¡tanto tiempo sin ver uno de esos! ¡En verdad estaba ya en la ciudad! Minutos después la evidencia era irrefutable: automovilistas con cara de estrés, microbuses, peceras y taxis pa´ventar pa´rriba, espectaculares hasta en la sopa, ríos de gente, camiones repartidores; todo mundo con mucha prisa, como si les hubieran puesto un cohete en el… bueno, con mucha prisa.

Al llegar a la estación bajé como tromba del autobús. En la calle un gordito me hizo señas –“¿Taxi?”- y estuve a punto de subirme al Tsuru, pero a unos pasos estaba la estación del metro. Nada como viajar en metro para sentirse en casa.

2 comentarios:

Pilar dijo...

Feliz regreso.

Gil dijo...

Nada como siempre regresar a donde uno es bien recibido :)
Saludos

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