febrero 28, 2012

DE FOTOS Y BUSCADORES©


En algún lugar de la Mancha, 20 de febrero de 2012

Mi preciosa Betty:

Ayer que te robaron tu lap me platicaste muy angustiada la experiencia. Es cierto, fue un cristalazo y te diste cuenta cuando regresaste al carro; qué bueno que no viviste la experiencia en carne propia, aunque no por eso deja de ser una vivencia escalofriante. Lo que más te hizo rabiar son las tres mensualidades que aún debes, “porque me costó $15,000 pesos” –dijiste- y yo, simple como soy, no pude aguantarme más y solté la carcajada. Pediste una explicación que no te pude dar por agarrarme el estómago, de barbaján e hijo de la tiznada no me bajaste; ni siquiera porque me cerraste la puerta dejándome fuera de tu casa pude dejar de reír. Y no, no fue porque te hubieran robado, ¡bendito sea el cielo que estás bien!, tampoco por los quince mil pesos ni las mensualidades que aún se deben –entre los dos las sacamos, no te apures-. No estoy seguro por qué me ganó la risa, supongo que era eso o ponerme a llorar, ¿cómo me explico?

“Todo se encuentra en internet, sólo es cuestión de buscar un poco”, alguna vez me dijiste y a veces lo dudo mucho: mi maestra de 4º año no aparece por ningún lado, aunque francamente supongo que el hecho de no recordar su nombre dificulta un poco las cosas; las llaves del carro que perdí la semana pasada tampoco están en internet ¡y mira que he hecho algo más que buscar “un poco”! De la receta secreta de la abuela mejor ni hablamos; alguna vez, medio en broma medio en serio, dijo que se la llevaría con ella a la tumba y ni  el poderoso internet ha sido capaz de arrancarle ese secreto. En defensa de la red, algún web-a-holic dirá que la abuela murió un par de años antes de que siquiera se lanzara oficialmente la World Wide Web –puntos dobles si me dices el año en que murió doña Cata- pero La Gioconda se pintó un par de siglos antes de que nacieran los bisabuelos de los tatarabuelos de la abuela y en la red puedes encontrar hasta la composición química de los pigmentos que se usaron para pintar el ojo izquierdo de la enigmática Mona, pero de la méndiga receta ni sus luces.

Así que mejor digamos que en la red puedes encontrarlo casi todo, por lo menos todo lo que alguien más, cualquiera, haya subido a la red. Aunque francamente no deja de chocarme la candidez con la que los buscadores de internet arrojan sus resultados: escribes cualquier término  de consulta y el motor de búsqueda te responde con un “¡Bingo! Encontré lo que buscabas, se encuentra en el planeta Tierra[i] y todavía te presume que encontró 1,582,000 resultados relacionados en 0,0045seg, lo cual te deja con 59 minutos 59.0055 segundos de tiempo libre para hacer lo que quieras, como explorar los primeros diez resultados que algún encantador algoritmo arroja como los más visitados o los más relevantes o los más  yo que sé qué.

A veces sí que hay que tener suerte para dar con lo que buscas no ya al primero ni al segundo intento, sino en algún momento de la existencia, ¿o acaso me equivoco?. Como sea, peccata minuta eso de buscar palabras en la red, debe serlo con poco más de 15 años dedicados a hacerlo. Lo más interesante que he visto en los últimos meses es la versión del mismo buscador pero adaptada para buscar fotografías digitalizadas en cualquier rincón del –correcto, adivinaste- planeta tierra, ¿lo has probado?

Que recibiste una solicitud de amistad de Susana Pérez, cuyo avatar muestra a una mujer despampanante… no hay problema: arrastra la imagen hacia el buscador y descubrirás hasta  el nombre de la modelo, que esa foto aparece en más de 529 sitios de todo tipo y que ni, por error, es pariente de la mentada Susana. ¿Aún quieres aceptar la solicitud de Susy…? Bajo tu propio riesgo. De acuerdo, olvidemos a Susana; lo más seguro es que tu recibieras una solicitud de Juan Pérez, el musculoso hermano boricua de Susy. El punto es que puedes investigar si la foto es de quien dice ser o tan sólo la imagen que un wannabe encontró por ahí.

Que tu amigo del alma  subió fotos de su más reciente viaje… ni te angusties: sobre alguna de esas fotos pícale al botón derecho del ratón y dale –si tienes instalada la extensión- a “buscar esta imagen” y pronto descubrirás que la foto de ese hermoso paisaje salió en la portada del National Geographic de enero de 1993.

Así que técnicamente, supongo, si puedes encontrar todo en internet, como por ejemplo las fotos que nos tomamos aquel fin de semana que nos encerramos en aquella linda cabaña de San Miguel de Allende; aquellas fotos que se  nos hizo muy divertido tomar al amparo de nuestras locuras. Las mismas fotos que no me dejaste conservar porque “te conozco y sé que terminarás enseñándoselas a tus amigotes, seguro que hasta las mandas por correo o algo” –dijiste. Las mismas fotos que guardaste en tu Lap “para que estén seguras” –dijiste. Las mismas fotos que después ya no quisiste borrar “porque son mías, pero no te preocupes porque las voy a guardar bien” –dijiste. Las mismas fotos por las que morirías de vergüenza “si cualquier otra persona en el planeta llegara a verlas” –dijiste. Las mismas fotos que están en la lap que te robaron ayer… Supongo que por eso me reí y quizá ello haga de mí un barbaján, pero no pude dejar de imaginar a un pequeño enano cósmico carcajeándose de lo lindo mientras mueve los “hilos” de nuestras vidas, seguro somos muy cómicos.

Mi único consuelo es que doña Cata, mi querida abuela, jamás podrá comprobar qué tan cierto es eso de que “todo se encuentra en internet”, ¿te imaginas que se topara con esas fotos de su nieto?

Besos

Julián


[i] Que conste que entrecomillo la frase, no me vayan a acusar de plagio, tan común en estos días… 




Este relato se publicó originalmente en www.imaginario.mx 

febrero 10, 2012

METRO ©

Wikipedia


Aún había tres personas delante de mí en la fila; mientras esperaba mi turno recordé –“escuché” sería mejor dicho- las palabras de mi tía cuando le platiqué de mi nuevo trabajo en otra ciudad: “Una vez que te salgas no querrás regresar y si no me crees, mírame”. Nunca me tomé muy en serio su dicho, aunque admito que mi tía era fiel a su propio consejo y se le veía muy feliz viviendo en provincia. A las tres semanas de aquella plática me salí de la ciudad y desde entonces no he regresado; no por falta de ganas, no, lejos de mi pensar siquiera en tremenda herejía hacía mi odiada ciudad –odiada no por mi, qué va, pero si por la mayoría de las personas que no son de ahí- sino porque la vida simplemente me llevó por otros lados. Hasta hoy.

La chica del mostrador –“Susana F.” según su gafete- me hizo la pregunta con tal seriedad que lo primero que pensé fue que de mi respuesta dependía una cuestión vital, y eso hizo que me fijara realmente en ella; busqué trazos de sarcasmo en su pregunta, aunque su interés parecía genuino y su sonrisa sincera. Yo en su lugar habría hecho la misma consulta –la cual seguro repite cientos de veces en un día- con el mismo interés que tengo en saber cuánto pesa una bola de boliche en Tetis, una de las lunas de Saturno –bien pensado, ese es un dato que si despierta mi curiosidad, pero no es el punto . Susana F. incluso levantó sus manos del teclado a la espera de mi respuesta, ¿cómo podía defraudarla? Le compré un boleto de ventanilla porque ir del lado del pasillo me da claustrofobia, lo cual es tonto si se considera el hecho de que todos los asientos, ventanilla o pasillo, están dentro del autobús pero la loca de la casa –la mente para los que se pregunten de quién hablo- tiene sus propias manías y más vale llevarle la fiesta en paz.

Con boleto en mano me dirigí hacia los andenes, solo faltaban diez minutos para que saliera mi corrida –el autobús, obviamente- pero antes había que pasar por el filtro de seguridad donde me pidieron sacar “llaves, monedas, cartera, celular y cualquier otro objeto que lleve en las bolsas” para depositarlos en unas charolas de plástico traslucido que bien me recordaron a las que vendían en el mercado sobre ruedas al que mi abuela me llevaba cuando niño; incluso estuve a punto de preguntarle al guardia si, de pura casualidad, no habían comprado las charolitas en el puesto de Doña Petra.

Junto a la puerta del autobús esperan tres personas: el operador, su asistente –quien me pide el boleto para perforarlo- y otro tío de seguridad con un detector portátil que empuña como bat de beisbol y me recuerda a la tabla con clavo de doña Eufrosina. Mi lugar es uno de los pocos que todavía están vacíos y el único –bendito sea el cielo- que está junto a otro asiento desocupado. Ya han puesto la película, las dos horas y media de trayecto deben ser suficientes para verla toda, presumiendo que valga la pena. Aunque no llevo prisa no puedo evitar mirar el reloj a cada rato, sobre todo después que dio la hora marcada en el boleto y el autobús nomás no partía.

A la 1:05 cerraron la puerta, el operador comenzó a maniobrar el autobús y su asistente nos recitó su famosísimo discurso de bienvenida. Bien linda ella, incluso tuvo el tino de alabar nuestro buen gusto al elegirlos a ellos en vez de a la competencia. Así hasta es una delicia viajar.

Por alguna razón me siento extraño, soy consciente de mi mismo; sé que traigo una boba sonrisa dibujada en el rostro y tengo unas ganas irresistibles de sacar la cabeza por la ventana, del modo que solía hacer Croqueta, la schnauzer que salió corriendo por la puerta para nunca más volver. Creo que estoy ansioso, incluso tengo las palmas sudadas para demostrarlo. Saco cuenta del tiempo que he estado lejos, objetivamente no puedo hablar de toda una vida, pero por las pantuflas viejas de la abuela juro que así se siente ¡y todavía faltan dos horas y media para llegar!

La película resultó tan interesante como una verruga. Para no aburrirme imaginé que el paisaje era una pista de obstáculos que debía sortear con una BMX que corría a la par del autobús; de niño prefería entretenerme así en los largos viajes a tener que soportar la irritada mirada de mi padre después de escuchar mi enésimo “¿ya llegamos?”. Por supuesto que después de años de no jugar a eso ocupé muchísimas “vidas” para sortear todos los obstáculos –sobre todo cuando el autobús entraba en un túnel o pasaba por algún barranco- hasta que recordé que en el NES había un botón para el “turbo”, ¿qué me impedía usarlo en mi imaginario juego?

Acababa de brincar un grupo de casas –con un doble mortal hacia atrás para más puntos- cuando me olvidé de la bici, del monito de la bici y del juego. Mi primer reacción al verlo fue pegarme al vidrio de la ventana. ¡Jamás creí que me daría tanto gusto ver un taxi ecológico! ¡y un vochito!, con placas de sitio, por cierto. Me lo bebí con los ojos, ¡tanto tiempo sin ver uno de esos! ¡En verdad estaba ya en la ciudad! Minutos después la evidencia era irrefutable: automovilistas con cara de estrés, microbuses, peceras y taxis pa´ventar pa´rriba, espectaculares hasta en la sopa, ríos de gente, camiones repartidores; todo mundo con mucha prisa, como si les hubieran puesto un cohete en el… bueno, con mucha prisa.

Al llegar a la estación bajé como tromba del autobús. En la calle un gordito me hizo señas –“¿Taxi?”- y estuve a punto de subirme al Tsuru, pero a unos pasos estaba la estación del metro. Nada como viajar en metro para sentirse en casa.

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