noviembre 22, 2012

AVISO

He cumplido mas o menos un año en mi nuevo trabajo, aunque a estas alturas creo que de nuevo ya no tiene nada; quizá hace 350 ó 359 días fuera nuevo, hoy ya no lo creo. Es interesante, por eso no me quejo, pero en el segundo semestre se torna demasiado absorbente y los pendientes salen hasta por debajo de las piedras. Tampoco es queja, qué bueno que haya trabajo -mientras lo tenga para vivir y no viva para trabajar- pero ciertamente me agota y, con ello, agarro el pretexto para descuidar otros aspectos de mi quehacer; pregúntenle al del gimnasio, ciertamente brillo por mi ausencia.

Me curo en salud porque noto que últimamente mi blog está recibiendo muchas visitas, poco más  de 70 "clics" diarios, ¡un mundo de gente! y justo ahora que tengo medio olvidado mi querido blog (mi última entrada es de hace un mes y cacho). ¿Así cómo quiero que regresen o se queden a leer si no hay nada nuevo?

No sé cómo es que están llegando tantas personas, pero siempre es agradable saber que lo que uno dice tiene público, así sea uno, setenta o miles... el número no importa, pudieran ser los famosos "cuatro lectores" de Catón, el hecho es la audiencia. Audiencia que me anima para retomar y "plasmar en papel"  los curiosos y peculiares relatos que revolotean con la loca de la casa. 




septiembre 26, 2012

¡EXTRA! ¡EXTRA! ¡Mi 1er relato publicado en un libro!



Pues nada, que tienen frente a ustedes el libro #Relato Breve, editado en España y producto de un concurso organizado a través de las redes sociales por Fundacion Imprimatur,

Lo interesante del caso es que, en este libro, se incluye un relato de mi autoría, el cuál se hizo un lugar entre los 50 que fueron seleccionados para ser impresos en esa ocasión. Esto fue en septiembre del 2011, hace ya un año, pero eso es lo de menos. Lo fabuloso es el hecho de verlo publicado en papel. La foto en pantalla es del ejemplar de cortesía que la editorial me hizo llegar, junto con una carta de agradecimiento por haber participado en ese primer concurso.

Ciertamente esta entrada rompe  con el esquema tradicional de lo que aquí se puede normalmente leer, pero -adivinaron, sí- eso es lo de menos. Digamos que es un corte comercial y volvemos. Les diría que lo compren, lo cual son libres de hacer si les place, pero lo único que pretendo es usar este pequeño escaparate para anunciar la buena nueva de  ¡Mi 1er relato publicado en un libro!

¿Qué por qué un año después? Bueno... no se me da mucho eso de los auto-halagos.

Para terminar, y como diría Bob Ross, ¡felices trazos!


septiembre 21, 2012

DE SUEÑOS Y ETIQUETA©



A veces –aproximadamente en 10 de cada 10 oportunidades- mis actos se ven influenciados por algo o alguien a mi alrededor, por algo o alguien que resulta tan determinante que, una de dos: sería un insulto a mi inteligencia negar su influjo o todo un reto a ella comprobar su efecto en mis actos. Pensando en ello me pregunto por qué cojo las tazas del modo en que lo hago y nunca con el meñique al aire como indica el lugar común. Si además de las influencias del entorno tomamos en cuenta las asociaciones que la loca de la casa (la mente, para los más cuerdos) realiza con irreverencia y desenfreno entre las ideas más dispares, tenemos una shulada de cocktail como base para nuestros actos –para los míos en todo caso, que por los de los demás no respondo.  

Por ejemplo, acabo de escribir sobre tazas y meñiques y, aunque ni siquiera lo menciono, mi mente se fue ya por la tangente para llegar a la idea de “té”, de manzanilla por cierto, justo en el instante en que el Sombrerero me hace un guiño antes de sorber de su taza –él sí con el meñique al aire, no me lo imagino de otro modo-, y sonreír cómplice al Conejo que se divierte con la perplejidad de Alicia. Y ni siquiera hay que mirar a Alicia para asociar todo el galimatías anterior con el caos propio de cualquier sueño digno de ese nombre. Ya entrados en gastos, ¿qué mejor lugar para usar los influjos ajenos y las asociaciones más dispares que el de los sueños?

Precisamente fue una influencia externa la que me provocó uno de los sueños más extraños que he tenido o, por lo menos, que pueda recordar. Me gustaría decir que el sueño fue todo mío, pero jamás antes se me “ocurrió” soñar algo similar. Aunque el sueño en sí no fue nada extraordinario, fue su “estructura” la que me fascinó. Esa estructura, la idea que le dio forma a mi sueño, la aprendí de una película que vi.

No recuerdo el nombre, pero si les puedo decir que del grupo de 4 personas que vimos la película en el cine sólo a dos nos gustó, y que de entre el resto de conocidos con quienes platiqué sobre la misma sólo pude encontrar a una persona más para un total de tres opiniones favorables. Básicamente la película giraba en torno a la infiltración de un grupo de “especialistas” en los sueños ajenos. Lo más intrigante era la posibilidad de “dormir” a la victima dentro del sueño para que soñara que soñaba. No sé si me explico.

Estaba soñando que conducía un go-kart en loca carrera por el primer sitio contra un fulano con casco y traje negros cuando de repente sonó la alarma y, así, sin la menor transición, desperté con la consciencia alerta para sentarme de inmediato al borde de la cama, disfrutando esa sensación de descanso profundo que sólo una reparadora noche proporciona. Ya había amanecido pero la penumbra de las seis de la mañana aún dominaba, así que fui a descorrer las cortinas y de paso mirar al jardín como parte de mi ritual matutino. Al mirar por la ventana dos detalles llamaron mi atención, pero no les di mucha importancia atribuyéndolos a la modorra del momento: había algo de neblina y los caminos de cemento –de vil cemento, sin adorno alguno- que corren entre el pasto, no estaban encementados, no, ¡estaban empedrados! Extrañado con aquello caminé hacia la puerta del cuarto preguntándome si acaso no había estado equivocado todo ese tiempo pensando que los senderos eran de cemento cuando siempre habían sido de piedras ¡hombre, si acababa de verlos con mis propios ojos!

Pero más tarde en abrir la puerta que en olvidar las piedras ante el espectáculo que me esperaba en la sala. Se me fue el alma al suelo. Toda la casa estaba patas arriba, los muebles fuera de lugar o de cabeza, ganchos y ropa por todas partes, papeles tirados por doquier, un par de ventanas rotas, incluso una lámpara colgando precaria de un cable y a punto de caer del techo. ¡Otro robo! Como aquellos que sufrí hace ya tanto tiempo en esta misma casa, ¿cómo es posible que no haya escuchado nada? ¡Si hasta parece que pasó un huracán! ¿tan profundo dormí? El corazón me latía desbocado, algo no cuadraba. Con toda la aprehensión de la que fui capaz crucé la puerta hacia el pasillo mirando y remirando a todos lados buscando lo que no encajaba, pero aquí adentro no había ni una piedra de río para darme una pista. Había más cosas de las que realmente tengo, cierto, y estaba todo desordenado como para inventariar mis pertenencias, pero ese caos ocupaba más volumen del que jamás podrían ocupar todos los muebles de la casa. Cuando te roban por lo general hay menos cosas, nunca más de lo que sea que tuvieras. Al menos eso dice la lógica

Trataba de aferrarme a ese pedazo de sensatez para encontrarle el truco al asunto cuando de repente sonó la alarma y así, sin la menor transición, desperté con la consciencia alerta para sentarme de inmediato al borde de la cama, disfrutando esa sensación de descanso profundo que sólo una reparadora noche proporciona. Aunque había amanecido la penumbra de las seis de la mañana aún dominaba y… ¡un momento! ¡eso ya lo había vivido! ¿acaso en eso consisten los deja-vu? ¿o era un sueño dentro de otro? Sudé frío, no sabía si estaba dormido o despierto, asi que me quede quieto esperando despertar en cualquier instante pero nada. Me paré a mirar por la ventana -y con todo el temor que fui capaz de acumular- para comprobar el material de los malditos senderos que mi memoria insistía eran de vil cemento; en ese instante hubiera dado dos años de mi vida por tener una perinola a mano para girarla y salir de dudas, ¿estaba dormido o despierto?

Al borde del terror, con el corazón palpitando como si le fuera la vida en ello, de repente sentí unas gentiles palmaditas en el hombro mientras una apenada voz –mi propia voz- me decía:

-Disculpa, ¿me permites un minuto?

La amabilidad que percibí en el tono –amabilidad por la que Carreño hubiera derramado algunas lágrimas de aprobación-  desarmó  a mi loco corazón, que abandonó su frenético palpitar para latir en un apenado susurro, mientras que el pánico que estaba a punto de invadirme se sentó muy modosito a esperar su turno. Yo mismo quedé tan perplejo, con los sentidos tan alerta como fui capaz y a la espera de lo que fuera a suceder, concediéndole a la voz -mi propia voz- el minuto que pedía cuando, de repente, se hizo la luz...

Me había pedido permiso para escuchar el reloj despertador.         

marzo 29, 2012

01-800-SOLUCIONES©


pcactual.com
El  otro día me abordó un tipo muy simpático a la puerta de la casa; dijo ser un instalador de la compañía telefónica. ¡Hasta traía un gafete para probarlo! Según su dicho, la compañía de teléfono –y ¡ojo! hace unos 10 años eso sólo hubiera podido significar una única compañía y no la variedad que ahora tenemos- está instalando fibra óptica en toda su red y era el turno de nosotros para migrar al nuevo servicio, “completamente gratis”. Honestamente ahí fue dónde me perdió; eso de “gratis” no me la creo pero ni con chochos. ¿Qué les puedo decir? La burra no era arisca, la hicieron los palos.

El instalador –que debe tener nombre e historia y, aunque tiene nombre en su gafete, se presentó a si mismo únicamente como “el instalador”- me confió que la migración la están haciendo por zonas; me platicó varios detalles de la operación en general y de mi instalación en particular. Cuando dijo que cambiarían el módem viejo por uno nuevo supe que tendríamos problemas: la impresora viejita.

Escéptico  como soy –por no decirme arisco- le pedí la orden de servicio y con ella marqué a uno de los famosísimos y nunca bien ponderados 01-800 para verificar. Ana creyó que lo hice por desconfiado. Hoy en día no –repito, no- hay que dejar entrar a ningún extraño en la casa bajo ninguna circunstancia, aunque sea simpático y venga perfectamente identificado (cualquiera puede hacerse un identificación digna del mejor espía) o despertarás en un callejón oscuro, con jaqueca y la boca seca por la droga que te dieron para poder extraerte un riñón y venderlo en el mercado negro, ¿por qué crees que tendrás una cicatriz mal cocida en el costado izquierdo?. ¿Qué cómo lo sé? ¡Hombre! Pues la advertencia me llegó por correo electrónico.

La verdad si llamé por desconfianza, pero por el siguiente recibo de pago que ya me lo imaginaba con el cargo por el cambio “gratis” del nuevo módem. Me atendió una chica que debe ser socia fundadora del club de los optimistas –aunque yo me la imaginé sonriendo a punta de pistola o consciente de que algún supervisor podría escuchar la llamada grabada y reportarla en caso de que su voz no sonara como la de alguien que acaba de ganar la lotería-. Sonrisitas Lili me confirmó todo lo dicho por el instalador. Creo que le habré preguntado unas ocho o nueve veces si en realidad era “gratis”; ya con la confianza que da el trato le pedí fuese sincera conmigo y confesara dónde estaba la letra chiquita, pero supongo que la capacitan para lidiar con gente como yo, o incluso peores, porque no soltó prenda. Rendido, acepté su dicho y comenté con Ana todo lo que me dijo doña Sonrisas.


-¿Cómo ves? Dice que si es gratis.

-¿Te confirmó los datos del instalador?

-Si


Decidimos aceptar y salí de nuevo con el instalador para confirmarle la buena nueva. Cualquiera diría que le anuncié la venida del Salvador porque juro que hasta se le dilataron las pupilas de la emoción. Cinco minutos después lo tenía de nuevo frente a la puerta con un compañero, una escalera larguísima, una caja de herramientas, cable, el módem y creo que hasta un perico (como el de mi suegra, no como el que usa el plomero). Cuando le pregunté si ellos revisarían que mi pequeña red doméstica funcionara sin problemas después de instalar el aparatito me confesó que ellos sólo instalan cables, que para eso tendría que llamar a otro 01-800. Tuve la certeza más grande de mi vida: tendríamos problemas con la impresora viejita.

Hicieron todo el trabajo en menos de media hora, sólo faltaba hacer las pruebas de conexión y velocidad. Se metieron a no sé qué página a probar no sé qué chismes y luego a otra página –ésta pública- para verificar el ancho de banda: 6.8Mbps de bajada y ¡50.3Mbps de subida! Incrédulo como soy les pedí repetir la prueba, pero nunca bajó de cincuenta. Los instaladores se fueron muy contentos y yo me quedé muy preocupado y temerosa de la vieja impresora, sabía que no la reconocería el nuevo módem. Fue mucho peor de lo que pensé: ninguna computadora reconocía a la otra, adiós a las dos impresoras y de las carpetas compartidas ni hablar.

Eso fue hace tres días, desde entonces marco a otro de los inagotables 01-800 ¿acaso se reproducen o qué?. Después de la cuarta conferencia perdí la cuenta de cuántas llamadas he hecho, pero con cada nuevo contacto me he familiarizado con términos como direcciones IP, puertos de enlace, DNS, pings, configuraciones manuales, protocolos, accesos remotos, canales, encriptaciones, grupos de trabajo, conexiones Ethernet y demás. Con cada nueva llamada de al menos media hora cada una se arregla algo, pero otra cosa deja de funcionar. Después de varios intentos uno de los asesores insinuó que, aprovechando la coyuntura, quería configurar  mi pequeña red doméstica a sus costillas; según él mi vieja impresora jamás había estado conectada a la red ¡¿Qué le pasa al tipo?! ¡Antes de su módem gratis mi red funcionaba de maravilla! Quizá no corría a 5Mbps en internet ¡pero carajo! podía mandar impresiones a la vieja impresora desde cualquier computadora sin problemas, ¡sin problemas!

Lo peor del caso es que en algunos equipos ni siquiera puedo ver las carpetas compartidas que tengo en otros, y según los TT –“Técnicos Telefónicos”, no se vuelen- es porque tengo diferentes sistemas operativos. ¡Por las barbas del tío Benito! Si, es cierto, son diferentes sistemas, una PC es de hace seis años, más o menos, y la más nueva no tiene ni cinco meses, una impresora es de puerto serial y la otra WiFi ¡pero todo funcionaba! ¡FUNCIONABA! ¡Lo único “diferente” que tengo en la red es su maldito módem gratis!

En la última asesoría me pidieron acudir con “mi técnico en sistemas” ¡Carajo! ¿Acaso creen que tengo uno de esos en la alacena? Si tuviera uno ni siquiera hubiera marcado sus mentados 01-800. Su méndigo “módem gratis” me va a costar la visita del técnico, que creo cobra más caro que el doctor.

Podría ser peor, cada vez que necesitamos imprimir un documento y no estamos en la computadora conectada directamente con la impresora respectiva (la de color o la viejita de toner) tenemos que guardar los archivos en una memoria y caminar hasta la computadora apropiada. ¡Háganme el refabrón cavor! 

No es tan malo; por lo menos hacemos ejercicio, pero definitivamente tendré que buscar un técnico en sistemas. Me pregunto si habrá algún 01-800 donde pueda encontrar uno.

marzo 13, 2012

De Redes Sociales©


Exey Panteleev***
La semana pasada fui de visita a la casa de la tía Azucena, reunión familiar. Creo que ese tipo de reuniones siempre están muy devaluadas, por lo menos la mayoría se burla de ellas con los amigos y las hace parecer como una carga, o un deber o algo desagradable por lo que se debe pasar, “por los viejos, tu sabes”. Probablemente para muchos son un martirio, cada quien; sin embargo también tienen algo de interesante.

Lo peculiar de esta particular reunión con la tía Azucena es que se juntaron familiares de otras regiones del país. Ahí está, por ejemplo,  el tío Pedro: recién desempacado de la costa pacífica, todo un personaje digno de novela costumbrista pero con el peculiar colorido que sólo los descendientes del astuto don Alejandro le pueden imprimir a la vida en esta dimensión. Pedro nació en las faldas de la Sierra Madre Occidental, hecho del que consigue hacer una mofa tan graciosa que, no por repetitiva, pierde su encanto.

Cuando tenía tres años, los abuelos se mudaron a la capital, punto del que se cuelga el tío Pedro para considerarse más chilango que los tacos de suadero y que  Mario, Sebastián y Azucena –los más chicos de mis tíos. Toda una vida después, el tío Pedro migró junto con su esposa y sus tres hijos a las costas de Manzanillo; sacando cuentas, eso sucedió hace unos 18 ó 20 años. Desde entonces, al multi mentado tío lo habré visto en cuatro o cinco ocasiones, pero siempre con gusto y cariño. Lo curioso es que en cada ocasión nos hemos sentado a platicar como si apenas la semana pasada hubiésemos estado juntos. Al menos eso creía, hasta ahora en que de verdad parece que apenas la semana pasada nos vimos.

En algún momento el tío Pedro, impulsado por Julián o Ana –mis primos- o por iniciativa de su ronco pecho, no lo sé, se metió en la ola ésta de las redes sociales. Poco publica, poco se mete, poco comenta y mucho menos contesta las menciones, etiquetas, fotos y demás. De las felicitaciones por su cumpleaños mejor ni hablamos.


Ayer que nos vimos, después de abrazarnos, lo primero que me dijo fue “Siento como si apenas ayer nos hubiésemos visto” –hasta aquí todo normal-. Y entonces empezó a preguntarme por la carrera de 10km en la que se me ocurrió participar; por la fiesta sorpresa para Martha –la más grande de las primas-; me dio algunos consejos para mejorar en el próximo rally al que planeo inscribirme; me pidió los detalles pormenorizados de la reunión en casa del tío Paco. Quiso saber qué fue de la computadora que tuve que regresar por garantía y los motivos de mi pospuesto viaje a la playa. Incluso comentó lo flaco que me veo últimamente; lo cual es cierto, en los últimos meses bajé algunos kilos –no sé cuantos, no tengo la costumbre de pesarme-.


Lo increíble es que hace cinco o seis años que no nos veíamos; sin embargo me sabe vida, obra y milagro. Y no es que el tío Pedro sea un stalker profesional, ni siquiera amateur o de bolsillo. Lo único que ha tenido que hacer es abrir su perfil y, fiel a su naturaleza humana, tan sólo ejercitar un poco su curiosidad y ponerse a leer la vida, obra y milagro que yo mismo público para conocimiento “público”.





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Este relato se publicó originalmente en www.imaginario.mx 



*** exeypanteleev.com En este sitio puedes encontrar más fotos de Exey Panteleev. Por favor, antes de entrar en la página considera que las fotos incluyen desnudos.

marzo 07, 2012

Tirititi-Tirititi©


Reloj Despertador Digital Abit-601
Dice un amigo que hoy en día “hasta los chinos están hechos en China”, supongo es su manera de asumir lo que muchos nos tomamos a broma: una buena parte de las cosas que usamos están hechas, ensambladas, sub ensambladas, terminadas, o lo que sea, en aquel país. Y no sólo las copias baratas que uno puede encontrar en los tianguis –según me dice el primo de un amigo-  sino hasta un Smartphone de última tecnología, la mega pantalla LCD que sacaste a 72 mensualidades sin intereses o la misma computadora en la que esto escribo…

…Perdón por la pausa, pero me dio curiosidad por comprobar mi dicho: el teclado y el mouse –equipo original, con etiquetas, hologramas y el nombre de la marca gringa grabado por todos lados- traen por la parte de atrás una etiqueta que, entre otras cosas, dice “made in China”; la memoria USB que tengo tiene grabada la misma leyenda y lo mismo dice la caja de un juego de mesa que apenas compré dos semanas atrás en un supermercado. Vamos, no sólo copias y piratería, hasta los productos originales están hechos en China ¿por qué los chinos habían de ser la excepción?

No puedo dejar de recordar el comentario de un economista que estaba dando su opinión sobre un foro que pretendía abordar el desafío que China representa a las plantas productivas de muchos países: “De bienvenida nos dieron a todos un bonito portafolios de piel, revisé la etiqueta y decía ´made in China´…” 
Implicaciones aparte –dejemos esas para los que saben de eso- el punto es que son tantas las cosas hechas en China que no es difícil creer que todo está fabricado allá. Pensando en ello me los imagino fabricando exactamente lo mismo sin importar la marca para la que maquilen. ¡Vamos! eso sí que sería producción en serie y no pedazos: que están fabricando pantallas planas, bueno, pues todo lo que llevan por dentro imagino que es exactamente lo mismo y sólo cuando las pantallas llegan al final de la línea les ponen la etiqueta de la marca fulana o mengana junto con su instructivo en español, portugués o alemán –según su mercado final- o, mejor aún, esos nuevos instructivos multilenguaje que vienen como en 20 idiomas, versión moderna de la piedra Roseta que nos ilustran sobre cómo se escribe “cambie las pilas” en lenguas que –nada personal- ni en el mundo hacíamos.

Lo más probable es que cada fábrica se especialice en cada uno de los componentes –iguales a todas las pantallas, por seguir con ellas- y la del final arme las piezas, como si de un rompecabezas se tratara, en las carcasas que la marca fulana tiene en exclusiva para las pantallas que llevan su nombre; así alguna se especializa en construir el chip P24EA, otra en fabricar la resistencia de 3 ohm y una más en armar el circuito PCBx21.98G, por decir. Y el resto de nosotros los mortales, al comparar la marca fulana contra la zutana juramos que son completamente distintas cuando por dentro son la misma gata pero revolcada.
Al menos a esa conclusión llegué después de toda una vida de cambiar a cada rato de reloj despertador. He tenido de todo tipo: grandes, pequeños –creo que hasta uno de Mickey Mouse-, digitales, de manecillas, con radio incluido, fosforescentes, transparentes –de esos a los que se les ven todas las entrañas-, de pilas, de los que enchufas al tomacorriente –los peores cuando se va la luz-; algunos con botones, otros con perillas, interruptores, sensores y yo que sé cuántas mugres más. Si aún tuviera todos esos despertadores y los ordenara en una fila, cualquiera que los viera estaría dispuesto a jurar que son  completamente distintos, pero se equivocaría. En primera por el hecho de que la mayoría tenía grabado un –adivine usted…- “made in China”; y segunda porque todos, todos sin excepción, tenían al mismo proveedor de la alarma: un maldito chip cuya función es hacer “TIRITITI-TIRITITI-TIRITITI”.

Y yo me pregunto, siendo tan fácil armar un circuito para que haga casi cualquier cosa ¿por qué los de los despertadores los programan todos con ese maldito tirititi? ¡Por la tía Lola! que mentarme la madre es menos agresivo que despertarme con ese ruido. ¿O es que la mayoría tiene el sueño tan pesado que necesita un reloj despertador que suene como si los cuatro jinetes del apocalipsis se hubieran vuelto locos? Quizá el primer diseñador se tomo muy literal eso de “alarma” para reloj despertador y desde entonces a nadie se la ha ocurrido cambiarla; lo más seguro es que fabricar un circuito que sólo haga tirititi es lo más barato de producir y por eso todos los relojes suenan igual. Es tan violenta esa alarma que aprendí a despertarme justo antes de que empezara a sonar, cuando el reloj hace un pequeño “click” previo a su apocalíptica trompetilla. Pobre de mí el día que mi brazo no era más veloz que el rayo.

¿Por qué a nadie se la ha ocurrido fabricar un reloj despertador MP3? Así cada quien lo puede personalizar como hacen todos con el timbre de su celular. Supongo que la mayoría se quedaría con el mentado tirititi –cuestión de gustos- y los realmente masoquistas buscarían algo más fuerte, aunque para ellos ya existen esos relojes despertadores que saltan en pedazos del buró y no se callan sino hasta que puedes armar de nuevo todas las piezas en que estalló.

Por eso desde que tuve mi primer celular me deshice de mi último despertador y desde entonces amanecer es una delicia al ritmo de la canción en turno; aunque me han dicho que mis alarmas más bien parecen canciones para arrullar que para despertar. Cuestión de gustos…   


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*Este relato se publicó originalmente en www.imaginario.mx 

febrero 28, 2012

DE FOTOS Y BUSCADORES©


En algún lugar de la Mancha, 20 de febrero de 2012

Mi preciosa Betty:

Ayer que te robaron tu lap me platicaste muy angustiada la experiencia. Es cierto, fue un cristalazo y te diste cuenta cuando regresaste al carro; qué bueno que no viviste la experiencia en carne propia, aunque no por eso deja de ser una vivencia escalofriante. Lo que más te hizo rabiar son las tres mensualidades que aún debes, “porque me costó $15,000 pesos” –dijiste- y yo, simple como soy, no pude aguantarme más y solté la carcajada. Pediste una explicación que no te pude dar por agarrarme el estómago, de barbaján e hijo de la tiznada no me bajaste; ni siquiera porque me cerraste la puerta dejándome fuera de tu casa pude dejar de reír. Y no, no fue porque te hubieran robado, ¡bendito sea el cielo que estás bien!, tampoco por los quince mil pesos ni las mensualidades que aún se deben –entre los dos las sacamos, no te apures-. No estoy seguro por qué me ganó la risa, supongo que era eso o ponerme a llorar, ¿cómo me explico?

“Todo se encuentra en internet, sólo es cuestión de buscar un poco”, alguna vez me dijiste y a veces lo dudo mucho: mi maestra de 4º año no aparece por ningún lado, aunque francamente supongo que el hecho de no recordar su nombre dificulta un poco las cosas; las llaves del carro que perdí la semana pasada tampoco están en internet ¡y mira que he hecho algo más que buscar “un poco”! De la receta secreta de la abuela mejor ni hablamos; alguna vez, medio en broma medio en serio, dijo que se la llevaría con ella a la tumba y ni  el poderoso internet ha sido capaz de arrancarle ese secreto. En defensa de la red, algún web-a-holic dirá que la abuela murió un par de años antes de que siquiera se lanzara oficialmente la World Wide Web –puntos dobles si me dices el año en que murió doña Cata- pero La Gioconda se pintó un par de siglos antes de que nacieran los bisabuelos de los tatarabuelos de la abuela y en la red puedes encontrar hasta la composición química de los pigmentos que se usaron para pintar el ojo izquierdo de la enigmática Mona, pero de la méndiga receta ni sus luces.

Así que mejor digamos que en la red puedes encontrarlo casi todo, por lo menos todo lo que alguien más, cualquiera, haya subido a la red. Aunque francamente no deja de chocarme la candidez con la que los buscadores de internet arrojan sus resultados: escribes cualquier término  de consulta y el motor de búsqueda te responde con un “¡Bingo! Encontré lo que buscabas, se encuentra en el planeta Tierra[i] y todavía te presume que encontró 1,582,000 resultados relacionados en 0,0045seg, lo cual te deja con 59 minutos 59.0055 segundos de tiempo libre para hacer lo que quieras, como explorar los primeros diez resultados que algún encantador algoritmo arroja como los más visitados o los más relevantes o los más  yo que sé qué.

A veces sí que hay que tener suerte para dar con lo que buscas no ya al primero ni al segundo intento, sino en algún momento de la existencia, ¿o acaso me equivoco?. Como sea, peccata minuta eso de buscar palabras en la red, debe serlo con poco más de 15 años dedicados a hacerlo. Lo más interesante que he visto en los últimos meses es la versión del mismo buscador pero adaptada para buscar fotografías digitalizadas en cualquier rincón del –correcto, adivinaste- planeta tierra, ¿lo has probado?

Que recibiste una solicitud de amistad de Susana Pérez, cuyo avatar muestra a una mujer despampanante… no hay problema: arrastra la imagen hacia el buscador y descubrirás hasta  el nombre de la modelo, que esa foto aparece en más de 529 sitios de todo tipo y que ni, por error, es pariente de la mentada Susana. ¿Aún quieres aceptar la solicitud de Susy…? Bajo tu propio riesgo. De acuerdo, olvidemos a Susana; lo más seguro es que tu recibieras una solicitud de Juan Pérez, el musculoso hermano boricua de Susy. El punto es que puedes investigar si la foto es de quien dice ser o tan sólo la imagen que un wannabe encontró por ahí.

Que tu amigo del alma  subió fotos de su más reciente viaje… ni te angusties: sobre alguna de esas fotos pícale al botón derecho del ratón y dale –si tienes instalada la extensión- a “buscar esta imagen” y pronto descubrirás que la foto de ese hermoso paisaje salió en la portada del National Geographic de enero de 1993.

Así que técnicamente, supongo, si puedes encontrar todo en internet, como por ejemplo las fotos que nos tomamos aquel fin de semana que nos encerramos en aquella linda cabaña de San Miguel de Allende; aquellas fotos que se  nos hizo muy divertido tomar al amparo de nuestras locuras. Las mismas fotos que no me dejaste conservar porque “te conozco y sé que terminarás enseñándoselas a tus amigotes, seguro que hasta las mandas por correo o algo” –dijiste. Las mismas fotos que guardaste en tu Lap “para que estén seguras” –dijiste. Las mismas fotos que después ya no quisiste borrar “porque son mías, pero no te preocupes porque las voy a guardar bien” –dijiste. Las mismas fotos por las que morirías de vergüenza “si cualquier otra persona en el planeta llegara a verlas” –dijiste. Las mismas fotos que están en la lap que te robaron ayer… Supongo que por eso me reí y quizá ello haga de mí un barbaján, pero no pude dejar de imaginar a un pequeño enano cósmico carcajeándose de lo lindo mientras mueve los “hilos” de nuestras vidas, seguro somos muy cómicos.

Mi único consuelo es que doña Cata, mi querida abuela, jamás podrá comprobar qué tan cierto es eso de que “todo se encuentra en internet”, ¿te imaginas que se topara con esas fotos de su nieto?

Besos

Julián


[i] Que conste que entrecomillo la frase, no me vayan a acusar de plagio, tan común en estos días… 




Este relato se publicó originalmente en www.imaginario.mx 

febrero 10, 2012

METRO ©

Wikipedia


Aún había tres personas delante de mí en la fila; mientras esperaba mi turno recordé –“escuché” sería mejor dicho- las palabras de mi tía cuando le platiqué de mi nuevo trabajo en otra ciudad: “Una vez que te salgas no querrás regresar y si no me crees, mírame”. Nunca me tomé muy en serio su dicho, aunque admito que mi tía era fiel a su propio consejo y se le veía muy feliz viviendo en provincia. A las tres semanas de aquella plática me salí de la ciudad y desde entonces no he regresado; no por falta de ganas, no, lejos de mi pensar siquiera en tremenda herejía hacía mi odiada ciudad –odiada no por mi, qué va, pero si por la mayoría de las personas que no son de ahí- sino porque la vida simplemente me llevó por otros lados. Hasta hoy.

La chica del mostrador –“Susana F.” según su gafete- me hizo la pregunta con tal seriedad que lo primero que pensé fue que de mi respuesta dependía una cuestión vital, y eso hizo que me fijara realmente en ella; busqué trazos de sarcasmo en su pregunta, aunque su interés parecía genuino y su sonrisa sincera. Yo en su lugar habría hecho la misma consulta –la cual seguro repite cientos de veces en un día- con el mismo interés que tengo en saber cuánto pesa una bola de boliche en Tetis, una de las lunas de Saturno –bien pensado, ese es un dato que si despierta mi curiosidad, pero no es el punto . Susana F. incluso levantó sus manos del teclado a la espera de mi respuesta, ¿cómo podía defraudarla? Le compré un boleto de ventanilla porque ir del lado del pasillo me da claustrofobia, lo cual es tonto si se considera el hecho de que todos los asientos, ventanilla o pasillo, están dentro del autobús pero la loca de la casa –la mente para los que se pregunten de quién hablo- tiene sus propias manías y más vale llevarle la fiesta en paz.

Con boleto en mano me dirigí hacia los andenes, solo faltaban diez minutos para que saliera mi corrida –el autobús, obviamente- pero antes había que pasar por el filtro de seguridad donde me pidieron sacar “llaves, monedas, cartera, celular y cualquier otro objeto que lleve en las bolsas” para depositarlos en unas charolas de plástico traslucido que bien me recordaron a las que vendían en el mercado sobre ruedas al que mi abuela me llevaba cuando niño; incluso estuve a punto de preguntarle al guardia si, de pura casualidad, no habían comprado las charolitas en el puesto de Doña Petra.

Junto a la puerta del autobús esperan tres personas: el operador, su asistente –quien me pide el boleto para perforarlo- y otro tío de seguridad con un detector portátil que empuña como bat de beisbol y me recuerda a la tabla con clavo de doña Eufrosina. Mi lugar es uno de los pocos que todavía están vacíos y el único –bendito sea el cielo- que está junto a otro asiento desocupado. Ya han puesto la película, las dos horas y media de trayecto deben ser suficientes para verla toda, presumiendo que valga la pena. Aunque no llevo prisa no puedo evitar mirar el reloj a cada rato, sobre todo después que dio la hora marcada en el boleto y el autobús nomás no partía.

A la 1:05 cerraron la puerta, el operador comenzó a maniobrar el autobús y su asistente nos recitó su famosísimo discurso de bienvenida. Bien linda ella, incluso tuvo el tino de alabar nuestro buen gusto al elegirlos a ellos en vez de a la competencia. Así hasta es una delicia viajar.

Por alguna razón me siento extraño, soy consciente de mi mismo; sé que traigo una boba sonrisa dibujada en el rostro y tengo unas ganas irresistibles de sacar la cabeza por la ventana, del modo que solía hacer Croqueta, la schnauzer que salió corriendo por la puerta para nunca más volver. Creo que estoy ansioso, incluso tengo las palmas sudadas para demostrarlo. Saco cuenta del tiempo que he estado lejos, objetivamente no puedo hablar de toda una vida, pero por las pantuflas viejas de la abuela juro que así se siente ¡y todavía faltan dos horas y media para llegar!

La película resultó tan interesante como una verruga. Para no aburrirme imaginé que el paisaje era una pista de obstáculos que debía sortear con una BMX que corría a la par del autobús; de niño prefería entretenerme así en los largos viajes a tener que soportar la irritada mirada de mi padre después de escuchar mi enésimo “¿ya llegamos?”. Por supuesto que después de años de no jugar a eso ocupé muchísimas “vidas” para sortear todos los obstáculos –sobre todo cuando el autobús entraba en un túnel o pasaba por algún barranco- hasta que recordé que en el NES había un botón para el “turbo”, ¿qué me impedía usarlo en mi imaginario juego?

Acababa de brincar un grupo de casas –con un doble mortal hacia atrás para más puntos- cuando me olvidé de la bici, del monito de la bici y del juego. Mi primer reacción al verlo fue pegarme al vidrio de la ventana. ¡Jamás creí que me daría tanto gusto ver un taxi ecológico! ¡y un vochito!, con placas de sitio, por cierto. Me lo bebí con los ojos, ¡tanto tiempo sin ver uno de esos! ¡En verdad estaba ya en la ciudad! Minutos después la evidencia era irrefutable: automovilistas con cara de estrés, microbuses, peceras y taxis pa´ventar pa´rriba, espectaculares hasta en la sopa, ríos de gente, camiones repartidores; todo mundo con mucha prisa, como si les hubieran puesto un cohete en el… bueno, con mucha prisa.

Al llegar a la estación bajé como tromba del autobús. En la calle un gordito me hizo señas –“¿Taxi?”- y estuve a punto de subirme al Tsuru, pero a unos pasos estaba la estación del metro. Nada como viajar en metro para sentirse en casa.

enero 16, 2012

Los Extraños caminos del parque Montebello © (parte 4 de 4)

A la memoria de Venn I. Río

(Aquí puedes leer la parte 3 de 4)
(Aquí la parte 2 de 4)
(Aquí la parte 1 de 4)



Esa es la tía Tere con todo e historia. Si he contado sobre ella, Carlos, Susana y sus perros es porque mencionarlos tanto en mis pláticas fue el origen de lo que finalmente pasó en mi casa. Julián y yo discutíamos mucho el tema entre nosotros y también con mis papás –por discutir quiero decir comentar y darle muchas vueltas al asunto de los perros, no pelear por ello-. Creo que se puede saber mucho de las personas por la forma en que se relacionan con sus mascotas; Julián no está convencido.

Como sea, a partir de esas discusiones mis papás se sentaron a platicar entre ellos; del resultado de esa plática y la que después tuvieron con nosotros nació mi presente obsesión. ¿Me pregunto dónde podré conseguir una Smith Corona? ¿O tal vez una Underwood? Sí, creo que una Underwood sería más apropiada. Aclaro, esos nombres raros nada significaban para mí y tampoco sabía nada sobre máquinas de escribir; para eso existe el bendito internet –¿me está escuchando, Profe? más rápido que ir a la biblioteca-, aunque hay que buscarle un poco porque también hay mucha basura –Profe, ya no escuche-.

Supongo que pude decir lo que sucedió en mi casa sin entrar en antecedentes, pero contarles toda la historia explica mejor el origen de lo que pasó. El problema es que empiezo a platicar y me disperso como si mis cabras se fueran al monte… pero con todo y pastor ¿ya lo notaron?

¿En qué estaba…? ¡Ah, sí! ¡La plática entre mis papás! Mamá nos mandó a Julián y a mí a su cuarto –el de mis papás, no el de Julián- por ser el más alejado de la cocina.

-Papá y yo tenemos que hablar –fue lo único que dijo.

Julián tenía razón al decir que ninguno de los dos se veía molesto ni había actuado raro en las últimas semanas; no tenían motivo para pelear, pues. Tampoco se acercaba el cumpleaños de nadie, ningún aniversario –bueno, eso tendría que confirmarlo con mamá, ella es buena con la fechas-, vacaciones, nada. Ni a Julián ni a mí nos debían premio ni sorpresa alguna; ya saben, alguna de esas cosas con las que siempre quieren comprarnos. Es decir, tampoco tenían motivo para alejarnos mientras planeaban nada con lo cual sorprendernos porque sencillamente no había nada que planear. ¿Cómo es posible que sepamos cuando nos van a dar una sorpresa? Ese es el punto: mis papás son súper predecibles. A veces me dan ganas de aprovecharme pero me remordería la conciencia; en realidad son simpáticos –cuando quieren-, aquí el punto es que son predecibles. ¿Por qué, entonces, ninguno de los dos sospechamos que habría una reunión de cocina tan inesperada? ¿De qué carambas estaban hablando?

Y ahí estuvimos los dos sentados en la cama de mis papás, con cara de tontos al descubrir que a veces todavía son capaces de sorprendernos, hasta que nos acordamos del play. Mi papá recién había comprado una enorme pantalla plana y egoístamente la puso en su cuarto; Julián logró convencerlo para que le permitiera conectar su consola ahí a cambio de un horario más estricto para jugar. No fue mal trato: los juegos se ven increíbles y las bocinas ¡guau! suenan de fábula.

Estaba lloviendo cañón, con el ruido del agua quedaba descartado cualquier intento por espiar a mis papás. Y ya que estábamos en su cuarto –porque ellos nos mandaron ahí- no podíamos desperdiciar la oportunidad: jugamos uno de esos títulos tetos que tanto le gustan a Julián –a mí también, pero jamás se lo pienso decir-. Mis papás se aventaron una larga plática, lo suficientemente larga para terminar el nivel en que nos atoramos por más de dos semanas. Cuando finalmente nos llamaron para cenar seguía lloviendo y los dos se veían bastante inquietos.

Para la cena hubo sincronizadas, quesadillas y tacos de camarones –con tortillas de harina, tienen que probarlos-, salsa pico de gallo, un poco de ensalada de frutas que sobró de la comida y pan con leche –ya que menciono los panes, mi papá llevó unos rellenos de higo; nada mas de acordarme hasta se me hace agua la boca: recién hechos, esponjosos y chorreando la misma miel de la fruta… para chuparse los dedos-.

Para no hacerles el cuento más largo, resulta que mis santos padres interpretaron mis comentarios muy a su estilo. ¡Vaya que consiguieron sorprendernos a Julián y a mí! ¡Un perro…! ¡Nos van a regalar un perro…! No pude evitar mirar a Julián; él sólo se encogió de hombros y me lanzó su mirada de “si te ofrecen algo, acéptalo”.

Mis papás acordaron que nosotros elegiríamos la raza –“siempre que sea razonable”- y el nombre del perro. Yo dejé en claro que el nombre no me preocupaba tanto y que sería feliz si podía escoger su perrera. Los tres me vieron como si estuviera loca, pero ya me la estoy imaginando: la típica casita de perro, en color rojo y si es de madera tanto mejor. Para eso quiero la Underwood, para ponerla sobre el techo de la misma. Ahora que si el perro pudiera ser un As de la Primera Guerra Mundial… bueno, pues eso sería la bomba.

Ya lo sé, suena muy raro lo último que he dicho. La culpa es de mi madre y su obsesión con las tiras cómicas, algo se me pegó. Si por ella fuera, Julián se llamaría Carlitos y yo sería Sally. ¡Vamos! si al perro ya lo quería llamar Snoopy.

Obvio que no pienso buscar una máquina de escribir y mucho menos ponerla en el techo de la perrera, ¿qué culpa tiene el perro? Con todo, si quiero conseguirle su casita roja, me parece divertido. En fin, estuvimos platicando en la cocina mucho después de la cena; negociando y acordando las obligaciones y derechos que tendría cada uno con el nuevo integrante de la familia, planeando a detalle todo lo que tendríamos que hacer, eso les encanta a mis papás.

Hoy es sábado y el abuelo nos acompaña, vamos rumbo al criadero de perros que le recomendaron a mi papá; él y mi mamá son los más emocionados, Julián disimula bien su alegría y todos insisten que la idea fue mía; no mi abuelo, él sólo sonríe con complicidad y me guiña un ojo –Alma y yo somos sus nietas favoritas-. Siento el nerviosismo de los demás en la camioneta del tío Saúl; en nuestro carro no cabía la jaula que le pedí prestada a Carlos para recoger al perro –mi querido amigo aprobó que usara sus métodos y no los de Susana para transportar al animalito-.

Es nuestro segundo viaje. La semana pasada fuimos a comprar la casa de madera, aunque sólo la encontramos barnizada y tuve que pintarla de rojo; en el fondo no creí que se viera bien de ese color pero a todos les gustó como quedó, a mí también. Aún no escogemos el nombre, acordamos que sería buena idea conocer al perro y su temperamento para luego encontrarle uno.

¡Lo que hace la gente por una mascota! Todavía no la tenemos y ya modificó la forma en qué nos comportamos: papá compró un costal de croquetas para cachorro, huesos de carnaza, platos, juguetes y habla de consultas con el veterinario; mamá consiguió un montón de libros y revistas sobre perros; Julián es la novedad en su salón y hasta hizo un calendario de visitas para que sus amigos conozcan al perrito; yo soy la loca que pintó de rojo la casita de madera, ¿recuerdan? Todos hablan de las nuevas aventuras que tendremos con el perro; sin embargo, lo que más me inquieta es saber cómo lo trataremos y qué estaremos reflejando con ello…

enero 09, 2012

Los Extraños caminos del parque Montebello © (parte 3 de 4)

A la memoria de Venn I. Río

(Aquí puedes leer la parte 2 de 4)

(Aquí la parte 1 de 4)



Tienen dos perros de nombre Toto y Abakún. Toto es un pastor alemán que me hace pensar en un guarura de película, enorme y mal encarado, de nombre Pulgarcito –ahora que lo pienso, muchos nombres de perro tienen algo de hilarante; Croqueta, por ejemplo-. Abakún es una alaskan malamute, más robusto que Toto, de ojos claros y mirada inquisitiva.

Por lo que sé, Abakún es veterano de varias guerras; llegó a la edad de 4 años a casa de mi tía, al que se convertiría en su tercer hogar. En ese sentido Toto es primerizo, ha estado en esa casa desde que en verdad no era más grande que un pulgarcito; curiosamente tiene la misma edad que Abakún y los dos parecen llevarse de maravilla, tanto que comparten plato de comida y bebedero.

Por bebedero tienen una enorme cubeta de color blanco con asa de metal y manija de plástico negro. De esas que en sus mejores tiempos servían como cubetas de pintura –“azul chiclamino”, todavía se puede leer en la etiqueta de ésta-; dice mi papá que son de veinte litros ¿o de diecinueve…? no recuerdo. ¡Diecinueve litros! Según mi tía para que el agua les alcance para varios días. ¡Pobres perros! si que les “alcanza”, pero creo que a la conciencia de mi tía le falta la palabra “fresca” en su vocabulario.

Y su plato de comida… en realidad es una de esas tinas de plástico donde los bebes juegan en el agua; entre que Abakún y Toto son perros grandes y mis tíos gente muy práctica –la cubeta de agua no me dejará mentir- resulta “obvio” que el “platito” tiene apenas el tamaño apropiado: siempre hay una pequeña montaña de croquetas para que “les alcance para varios días”. Alguna vez le pregunté al tío Rodolfo si no se supone que los perros deben comer cierta cantidad de alimento y nada más.

-¡Por supuesto! No te preocupes. Ellos sólo comen lo que necesitan y el resto lo dejan para después.

Su comedero se me figura a un cono de helado al que sólo le vas reponiendo la bola de arriba mientras que el helado dentro del cono se va haciendo viejo: nunca te lo comes porque cuando llegas hasta él ya te sirvieron una nueva bola de helado, ¿no sé si me explico? –¿…cuántas veces he preguntado lo mismo?-. En varias ocasiones he visto cómo tiran las croquetas a la basura cuando resulta innegable que ninguno de los perros se las comerá ¡son kilos! Eso si, todos los días Alma –mi prima- limpia el pequeño patio donde viven sus mascotas.

A propósito del patio, entre las dos perreras, la lavadora, Toto y Abakún, el conjunto me recuerda a un vagón del metro por lo apretado que se ve todo –¡Hombre! sólo falta el color naranja y el “Tu-ru-ru”- o quizá a la celda de una prisión; sí, creo que se asemeja más. Por lo menos Abakún ya tiene bien dominado su papel de “prisionero”, la mirada melancólica y todo; sería genial si supiera tocar la armónica. A veces me dan ganas de llevarle un sombrerillo de rayas negras y blancas, como en las películas, y tomarle su foto de archivo –de frente y de perfil, obvio- con su número de reo y al fondo la pared con marcas cada diez centímetros para saber su altura.

La tía Tere vive en un fraccionamiento donde las casas son iguales y, al fondo de cada privada, tienen parque o alberca común. Cuando llegas frente a la vivienda de mi tía lo primero que ves es un jardín que también sirve de estacionamiento, luego entras a la casa, y hasta el fondo está el pequeño patio donde viven Toto y Abakún. A los perros no les permiten deambular dentro del hogar –igual que a Croqueta ¿recuerdan?- pero disponen de poco espacio para moverse, así que gozan de su hora para hacer ejercicios.

-¡Alma! No te olvides de sacar a los perros a pasear.

La primera vez que oí decir eso a mis tíos, pensé “ese espectáculo bien vale la pena verse”. Alma ya es grande, me lleva varios años, es alta y muy muy delgada, tanto que mi abuelo la llama “güera papalote” porque con cualquier aire –dice- saldrá volando, pero Alma sólo permite que el abuelo la llame así; cuando yo lo intenté me dedicó una de esas miradas que te quitan el aliento y te hacen salir corriendo para salvar el pellejo. Toto y Abakún tienen un par de verdaderas correas para perro, de cadena gruesa, con collar y asidera de cuero, todo unido con enormes remaches; el collar se abrocha en el cuello con una hebilla grandísima, como de vaquero texano –nada que ver con los “tirantitos” de Croqueta y compañía-. A lo que voy: Alma –ligera como papalote- más dos perrazos enormes, igual a diversión. Al menos eso creí, pero lo que vi a continuación me dejó sin palabras, a mí que para todo tengo opinión.

Alma fue a la puerta de entrada y la atoró junto con la del mosquitero para que se quedara abierta con una calza que tienen para ello; luego caminó hasta la puerta de atrás –la del patio- y haciéndose a un lado la abrió. Toto y Abakún, como si fueran caballos en la línea de salida –o galgos, qué se yo-, interpretaron el gesto como un “arrancan”: ambos salieron disparados como cohetes, tan rápido que incluso derraparon en el piso, se hicieron bolas en la puerta principal como diciendo “¡Yo primero! ¡Yo primero!” y luego, a toda velocidad, corrieron hasta la acera de enfrente para seguir su loca carrera y dar vuelta en la esquina perdiéndose de vista. Alma quitó la calza de la puerta, la cerró y regresó a su asiento para seguir jugando Play con Julián y conmigo.

-¿Alma…? ¿No vas a ir con los perros? –le pregunté.

-No, ¿por qué?

-Creí que los ibas a pasear…

-Así pasean ellos.

-¿Y luego…? ¿Vas a buscarlos o qué? ¿Cómo se regresan? ¿Y si se escapan?

-No se escapan; son muy listos y solitos regresan. Tu turno.

Aquella primera vez miré a mis tíos; los dos tan quitados de la pena platicando con mis papás. Como nadie parecía armar alboroto por los perros, decidí tomar el control que me daba Alma y seguir jugando; no pude hacerlo muy bien, sentía mucha angustia por ellos y Julián –mi hermano- parecía igual de preocupado. Precisamente por eso, en la vida pienso invitar a Carlos a casa de la tía Tere; de seguro ahí sí se me infarta y ¿luego qué hago? Eso fue más o menos lo mismo que pasó con Croqueta: Beatriz estaba barriendo las hojas de la banqueta y –cuando quiso entrar de nuevo a la casa- al abrir la puerta de la calle ¡zum! Croqueta le ganó, salió corriendo entre sus piernas hasta la acera de enfrente, siguió su loca carrera, dio vuelta en la esquina y se perdió de vista para nunca más volver.

Regresando con la despreocupada Alma, había pasado algo más de una hora cuando, de repente, se empezaron a escuchar ruidos en la puerta de enfrente. Alma se paró a abrir, pero primero se aseguró de atorar la puerta del patio, regresó hasta la entrada de la casa y ahí estaban, Toto y Abakún esperando a que les abrieran. Cuando Alma les franqueó el paso, los perros trotaron sin detenerse dentro de la casa hasta llegar a su patio, se sentaron de frente a la puerta y Alma la cerró.



C O N T I N U A R Á…
Busca la parte 4 de 4 a partir del 16-ene-2012

enero 02, 2012

Los Extraños caminos del parque Montebello © (parte 2 de 4)

A la memoria de Venn I. Río

(Aquí puedes leer la parte 1 de 4)



En casa de Susana tienen un cocker spaniel y una caniche –esa es la raza, creo, una perra pequeña de pelo blanco, blanco y chino hasta decir basta; la nariz de bolita y tan negra como sus ojos de botón-. Nunca sé como llamar a los perros, y me saca de quicio, porque Susana les dice de un modo, la señora Rebeca usa otros nombres y Paco –el hermano de Susana- para no quedarse atrás usa sus propios apelativos; varias veces les he preguntado por qué hacen eso… Resulta que cada quién los llama como quiere; por si fuera poco, el nombre de los pobres perros cambia según el humor de quien le hable o la intención con la que se dirija a ellos. De verdad, yo en el lugar de los perros ya estaría en el manicomio –¿perrocomio…?-.

Pobres bichos, deben tener algún equivalente de “trastorno de la personalidad múltiple”. Por ejemplo: cuando Susana está de buenas le puede llamar Yoyis al cocker, pero Paco le dice Cachito; si Susana está de malas entonces el cocker será Rufus y si quiere regañarlo ¡le dice Cachito! Por si fuera poco, “Yoyis”, “Rufus” y “Cachito” aplican para una u otra mascota.

-¡Yoyis! –le digo a los perros pero ninguno se acerca.

-Así no –me dice Paco-, fíjate: ¡Yoyis! –y se acerca la caniche-. ¿Lo ves?

Yo no veo nada. Esperaba que se acercara el cocker y en su lugar vino la caniche. Para no batallar los bauticé como Perro y Perra ¡así sí me hacen caso! El cocker tiene una bolita en la cabeza, tres o cuatro igual de chicas en el cuerpo y una en la pata trasera izquierda que puedes ver de inmediato; una vez pregunté cómo le había ido con el veterinario, no lo hubiera hecho.

-¿Cómo le fue a Randus?

-No se llama Randus, se llama Rufus y está muy bien. Yoyis es el que esta malito, pero gracias por preguntar –fue la airada respuesta de Susana.

Fuera del enredo con los nombres, por lo demás, Susana tiene el mismo cariño por sus perros que Carlos tenía por la suya, aunque ni de cerca es tan rigurosa. Si en aquella casa había un rito para todo lo que tuviera que ver con Croqueta, en la de Susana la única regla es el caos. Las escobas, por ejemplo: en casa de Carlos había una escoba específica para Croqueta; con Susana hay una escoba para la planta baja y otra para el primer piso. La de la planta baja lo mismo sirve para barrer la sala o la cocina que para limpiar el patio donde están los perros. La primera vez que Carlos vio eso casi le da un infarto al pobre; de nada sirvió demostrarle que la escoba se lavaba después de barrer el patio; además jura que la escoba de abajo a veces está arriba y la de arriba abajo ¿es importante eso? Para Susana es toda una odisea recoger la popó de Rufis y Yoyis, a veces hasta motivo de pleitos con Paco; es divertido verlos pelear.

-Yo les di de comer anoche.

-Pero te toca limpiarles, además yo les cambié el agua en la mañana.

-¡Se callan los dos! –les dice su mamá.

Las escobas no son lo único que escandaliza a Carlos: Perro y Perra no tienen su propio espacio, lo comparten con su familia. Susana cuenta que por las noches los perros siempre están en la cama de alguien y que, a la hora de bañarlos, ella o Paco agarran al perro en turno para bañarse juntos en la regadera. ¿Cómo controlas a un perro mojado bajo el agua…? ¿Cómo termina el baño después de semejante aventura? Dentro de la casa los perros también sirven de almohada, reposa-pies, oso de peluche o lo que se ofrezca; son multiusos, sólo falta que los agarren de trapeador.

Una actividad favorita en esa familia es mirar la televisión ¡son verdaderos expertos en el arte de ver películas! ¡Me fascina cuando me invitan! Juntan todos los cojines y almohadas, extienden unas colchonetas frente a los sillones de la sala y cada quien se construye un rincón para arrellanarse a su gusto con todo y perro. Para picar siempre tienen tres o cuatro platos de donde escoger entre botanas y cosas que preparan o compran para la ocasión: lo mismo puede haber papitas, cacahuates, pistaches, palomitas naturales –las preparan en una olla que tapan con un plato y saben mejor que las de paquete-, nueces, bombones, jícamas o pepinos con chilito y limón, pizza, chocolates, palanquetas, fruta cristalizada, alegrías, nieve, ¡uff! Por si fuera poco, en el refri siempre tienen dos o tres botellas jumbo de refresco bien frío y hielo a granel. La cereza del pastel está en la sala: una pecera redonda llena de dulces, tamarindos, paletas y chamoys. ¿Así quién quiere ir al cine? El único problema es que Perro y Perra van y vienen por encima de ti a su antojo… cuidadito y reclames.

A la hora de comer los perros tienen prohibido subirse a la mesa y mendigar alimento ¡faltaba más!, pero son tolerados para merodear entre las piernas de la familia. Susana y Paco se pelean por ver quién les da más comida a hurtadillas hasta que la señora Rebeca les pone un alto. Al terminar de comer juntan todas las sobras y luego las dividen en dos montones más o menos iguales en los platos de los perros; a veces hasta le dan un caramelo a cada uno.

¿Y cómo olvidar los viajes en auto con todo y mascotas? Son una odisea: justo como te imaginas a un perro en automóvil, Perro y Perra van con el hocico de fuera disfrutando del viento y ladrando muy contentos. Son tan inquietos que sólo podemos traer “ligeramente” abiertas las ventanas. Alguna vez Yoyis saltó del carro en movimiento; por fortuna el coche iba despacio y el perr@ –no supe cuál de los dos- ni se lastimó pero ¡ah, qué susto! Sobre todo para el conductor que venía detrás, tipo que dice la señora Rebeca es un perfecto patán.

Cuando en la escuela nos piden algún trabajo o nos mandan a visitar algún sitio, por lo general es la señora Rebeca quien nos lleva a Susana, Carlos y a mí. En esas ocasiones me aseguro de ganarle a Carlos un lugar junto a la ventana; él sigue disfrutando de los perros en general y le gusta jugar con ellos, aunque le parece caótico llevarlos sueltos dentro del auto –según él, por seguridad todo perro debe ir en su jaula dentro del coche-. Además, Carlos parece fascinado cada vez que le toca sentarse junto a Susana, ya no me engaña con el cuento ese de “no me agrada tu amiga”; por eso le gano la ventana y dejo que sea feliz. Una de esas vueltas en carro fue a la biblioteca –teniendo el internet sólo al profe se le ocurre enviarnos a buscar información, aunque admito que algunos libros tienen un “no sé qué”-. Susana, Carlos y yo empezamos a buscar lo que nos pidieron para la investigación mientras Paco y su mamá paseaban con Perro y Perra en un parque cercano. Cuando Susana fue a buscar otro libro, Carlos me confesó su obsesión por observar la “extraña forma” en que esa familia convivía entre si y con sus perros.

-Pero si los tratan tan bien como tú a Croqueta.

-Sí, los tratan bien…

-¿Entonces? Hasta los abrazan y todo.

-Si, sólo a los perros, entre ellos casi ni se tocan…

Después de esa plática empecé a mirar con más curiosidad a Susana y su familia sin descubrir nada “peculiar”. Quiero decir, son amables, se llevan bien con sus vecinos y así. Varias veces me tocó convivir con los abuelos de Susana, muy simpáticos y amables; tampoco en ellos vi nada extraño ¿Qué debía ver? ¿O a qué se refería Carlos? ¿Y si sólo estuviera celoso porque él ya no tenía a Croqueta? Muchas veces lo platiqué con mis papás y hasta la fecha ellos tampoco ven nada inusual en la familia de Susana. A menos que por “raro” incluyéramos su ritual de sábados por la mañana... larga historia, algún día se las platicaré, baste decir que si tienes antojo de algo, lo que quieras, lo que se te ocurra, cualquier tipo de comida ellos ya la probaron y te pueden recomendar un lugar cercano a tu domicilio.

Pero si se trata de hablar de comportamientos extraños, y con mascotas, mejor les cuento de mi tía Tere, en su familia tienen la relación humano-perro más peculiar que haya visto; a Carlos no se la he presentado, por supuesto.



C O N T I N U A R Á…
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