diciembre 12, 2011

Lino Zendía © 2.0

Lino Zendia                                                                                   



Para: Claudia V.

Asunto: RV: Reporte



(Para leer la 1ª parte, ve a Lino Zendía 1.0 ©)



Aunque me gustan mucho las expos y las novedades que uno encuentra, la de ésta ocasión fue un suplicio: la vida allá afuera con todo y sus palmeras y yo ahí adentro, en el Centro de Convenciones trabajando, curioseando y buscando oportunidades –para la empresa, quiero decir-. Mónica sugirió dividir la Feria en dos para recorrerla más rápido y tener tiempo para por lo menos pisar la arena, porque eso de ir hasta la playa y ni siquiera ver el mar… Acordamos vernos a la hora de la comida, comer, hacer un corte de lo hecho hasta el momento y terminar con lo que estuviese pendiente; en el inter, si algo se ofrecía, podíamos echar mano del sempiterno celular. Ninguno –ni siquiera Mónica, mucho menos yo- hizo mención de alguna hora en específico –las dos, las tres o qué sé yo-, como si el tiempo fuera secundario, algo sin importancia. Prescindir del reloj resultó ser una experiencia terriblemente liberadora, el mundo no se acabó ni nada por el estilo: la hora de la comida simplemente llegó cuando vi el flujo de gente que se dirigía a los comedores del lugar. No fue difícil encontrar a Mónica. Todavía nos entretuvimos un par de horas más con el trabajo antes de finalmente salir por la fachada principal hacia la Costera. Pisar el vestíbulo y perderme en la vista del exterior fue puro gozo. Sí, Claudia, ya sé que es raro que diga cosas así, ni yo me la creo; debe ser el agua… tal vez la comida o quizá algo en el mismísimo puerto.



Cruzar la avenida y caminar unos metros hacia una entrada en la cual ya se adivinaba la arena era todo lo que nos separaba del mar. ¿Alguna vez ha viajado ligera? Sin equipaje, quiero decir. Es muy práctico siempre y cuando siga su agenda: nada le falta ni le sobra, no tiene que arrastrar ninguna maleta tras de si y puede andar por cualquier lado sin preocuparse de cuidar nada; el problema surge cuando hace algo imprevisto –como una caminata por la playa, por ejemplo- y se da cuenta de que no trae lo necesario. Lo único que llevaba conmigo era la laptop y la ropa puesta; hubiera sido fácil comprar un traje de baño, pero entonces tendría que cargar con el maletín y un bulto de ropa, mucho engorro para la hora o menos que podríamos pasar en la playa antes de subir al autobús de regreso. Por fortuna tuve la ocurrencia de vestir esa mañana con una guayabera y un pantalón a tono, así que no me sentía tan fuera de lugar pero ¿qué demonios podía hacer con el calzado? Ahí estaba, a la entrada de la playa sin ánimo de quitarme los zapatos. Podría decir que no quería quemarme los pies, aunque en el fondo me parecía que sentir la arena descalzo era cruzar algún tipo de barrera. Por supuesto que esto se lo confieso a usted, Mónica pensó que mis dudas eran las típicas del pequeño obsesivo que hay en mí (y no andaba muy errada). Ella, más práctica, simplemente se quitó los tacones y emprendió el camino, a pequeños brinquitos, sobre la caliente arena. Rendido ante su ejemplo la seguí procurando pisar donde ella había dejado huella. Debí ser un espectáculo digno de verse. La mayoría en traje de baño o, a lo más, en mangas de camisa. Yo con la típica facha de oficinista en fuga, con los pantalones arremangados hasta las rodillas y la camisa hasta los codos, las pálidas piernas pidiendo a gritos un poco de sol, el maletín de la computadora al hombro y el par de zapatos –con todo y calcetines- en la mano, tratando de seguir con la gracia de un iguanodonte a la pícara y ágil mujer que me precedía.



La arena quemaba, cierto, pero sólo donde las olas no alcanzaban a mojarla. Caminar justo en la orilla, sobre la húmeda arena, siempre es una delicia, ¿alguna vez se ha detenido a “saborear” la sensación que produce entre los dedos…? A mi espalda alguien comentó lo ridículo que me veía en esas fachas, tratando de enterrar los pies en la playa con la ayuda de las olas; era la linda queretana de hermosas y bronceadas piernas vestida como es debido, con traje de baño. Me sentí extrañamente absurdo con mi atuendo de interiores ¿pero qué más da? Su conversación es muy interesante y me ha preguntado si también me quedaré el fin de semana…



Al poco regresé con Mónica a la entrada de la playa; estaba sentada en cualquier rincón junto a dos compañeras de viaje, y me uní a ellas. Aún no puedo creer que estuviésemos tan quitados de la pena charlando y matando los minutos que restaban; quiero decir que estábamos ahí sin hacer nada, como si fuera lo más importante del mundo (y tan tranquilos como el viejito del cuento al que por error le venden un frasco de tranquilizante por un antidiarreico ¿se sabe ese chiste?). La plática derivó hacia el inminente regreso: yo quería quedarme otro rato, nada más fácil que tomar un taxi a la terminal de autobuses y subirse en el de la última corrida; a Mónica le pareció una excelente idea. A nuestras compañeras no; las dos regresaron al Centro de Convenciones cuando dieron las 6:40 de la tarde. Les dijimos adiós y fuimos a buscar un lugar para cenar sobre la Costera.



Saliendo del restaurante preguntamos por la estación de autobuses, tomamos un taxi y al llegar a la terminal nos enteramos que el último autobús salía a las 8:40pm… ¡No recuerdo la última vez que reí tan de buena gana! Mónica me miró como si estuviera loco; pero es por la bahía, creo que hasta hay una canción: “te volverás loco si te quedas mucho tiempo en Acapulco” o algo así. El reloj encima del mostrador marcaba las nueve de la noche. ¿Cómo no reír a carcajadas? Mónica se puso furiosa, no sé si por lo del autobús, por mis risas o por las dos cosas. Ahí estábamos, varados en Acapulco un viernes por la noche, sin equipaje, sin viáticos, sin hotel y sin conocer a nadie. La cajera se veía tan angustiada que debí preguntarle qué se imaginó sobre nosotros, quizá que éramos una pareja en medio de una pelea, pero nada más de verla me dio otro ataque de risa: tronándose los dedos la pobre nos dijo que había otro autobús a las once y uno más a media noche, ambos con destino al D.F. ¡Por mi vida! ¿Para qué demonios queremos llegar de madrugada hasta la ciudad? ¡Vamos a Cuernavaca! ¡Qué divertido sería pasarla de largo! Mónica se enojó tanto que estuvo a punto de aventar su maletín con todo y computadora al suelo; quería comprar boletos a donde fuera, le urgía subirse a cualquier camión, y renegaba hasta del día que me conoció; la cajera nos miraba ora a uno ora al otro como en un partido de tenis; yo no sabía si morderme la lengua para no reír más o salir corriendo antes que Mónica intentara desahogarse conmigo. No hubo de otra más que salir de la terminal y tomar un taxi de regreso a la zona hotelera para buscar alojamiento.



Por alguna extraña razón yo estaba de un inmejorable humor –aún lo estoy mientras escribo este correo-, lo que fue de gran ayuda con el enojo de Mónica pues no hubo quien le hiciera segunda a su coraje, aunque eso también la frustraba. Finalmente accedió bajar del taxi y caminar para buscar hotel; a ella le sirvió para despejarse y a mí para bajarle dos rayitas a mi hilaridad –en verdad que la brisa marina es útil en muchos casos-. Andando por la Costera se relajó por fin, lo suficiente al menos para sonreír –muy a su pesar- y murmurar quién sabe qué entre dientes; ya más tranquila, consiguió el teléfono de un hotel que le gustaba, llamó, reservó la única habitación que tenían disponible y se mortificó –por la habitación única, no por reservarla-. Cuando llegamos a la recepción insistió que buscaran otro cuarto; sencillamente no había más. Desde que vi el reloj en la estación estoy de un simple que río hasta porque voló la mosca. Al ver la afligida expresión de mi compañera tuve que morderme la lengua, porque amenazó con echarme a la calle si volvía a escuchar la más mínima risa de mi parte; ya que la noche era joven y yo no deseaba encerrarme en un cuarto –mucho menos si no podía reír a mis anchas- dejé mi laptop en la habitación y salí al bullicio que tanto prometía. Mónica prefirió quedarse en el hotel para hacer su parte del reporte y dormir temprano; su idea era regresar en el primer autobús de la mañana. Por mi cuenta, ya que estoy aquí, decidí quedarme el fin de semana. Por supuesto que tendré que buscar una tienda donde comprar algo de ropa y hasta un cepillo de dientes, sin olvidar una maleta para guardarlo todo. Lo principal será conseguir un traje de baño y unas chanclas; me moriría de vergüenza hablar de nuevo con la queretana con unos zapatos en la mano ¿Quién hubiera creído que tendría más caché traer un par de sandalias?



Hace una hora más o menos que regresé al hotel; tengo poco sueño, por eso me puse a trabajar en mi reporte; en ello quise aprovechar la última chispa de cordura que mencioné al principio. Ahora sólo esperaré que despierte Mónica para despedirme de ella y acostarme un rato, o al medio día estaré en calidad de bulto. Confieso que algo me remordió la conciencia con ella; por eso quiero decirle adiós cuando se vaya, como una atención.



¡Ah, Claudia! Quisiera contarle de una vez todo y no sólo el principio de la aventura, pero entre su hoy lunes en que leerá estas líneas y mi hoy sábado en que las escribo todavía me falta vivir el fin de semana; no tengo ni idea de qué pueda pasar de aquí a entonces, la vida misma supongo. En cualquier caso, y como dijo el taxista que nos trajo desde la terminal, “lo que sucede en Acapulco se queda en Acapulco…”

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