octubre 26, 2011

De Oficios en Extinción©


  Andrés lleva ocho minutos esperando su turno; en tres más será atendido (según el ticket que obtuvo a la entrada del banco). Es temprano, hay poca gente y se dio el lujo de escoger silla. Su turno es el 164 y ya van en el 159. Al llegar al 161, ninguna persona se movió, así que la empleada de la caja 13 pulsó para cambiar al 162… nadie se movió, 163… y nadie dijo ésta boca es mía pero una Gordita en pants color amarillo revienta-pupilas, que apenas estaba sacando su ticket de turno, agitó su rosada mano hacia la cajera y corrió cuán rápido pudo hacia la caja. Por la forma en que se saludaron, Andrés pensó que la Gordita es conocida de la cajera; su primer impulso fue levantarse y exigir que se respete el orden de los turnos. Benditos gringos y su “first come, first served” (“al que llega primero se le atiende primero”) porque en México primero se atiende a los compadres, los amigos, los vecinos, los compañeros de kínder (aunque tengan treinta años sin verse), los recomendados de doña Chole y a la Gordita en pants amarillos; al último, sólo al último, al pobre imbécil –disculpa, Andrés, nada personal- que espera paciente su turno. Indeciso entre levantarse o no, sabiendo que el tipo de la Gordita es de quienes les gusta armar jaleo, el tablero electrónico lo atajó marcando su número, el 164, en la caja 2. Andrés caminó hacia allá con su ticket en la mano, pero la cajera lo regañó pues esa caja es para clientes preferentes y lo mandó a la caja 7. Ligeramente confuso e irritado –fueron ellos los que lo mandaron a la caja “equivocada”- se paró frente a la Siete para de inmediato olvidar su enojo, incluso miró rápidamente a la Gordita con gratitud.

 Usando unos lentes negros de pasta –que seguramente tardó tiempo en escoger y quizá por ello le quedan de maravilla- sentada muy mona en su lugar lo recibió mirándolo a la cara, con una sonrisa y el guión que todo cajero(a) dedica a los clientes, la mujer más hermosa de todas las que traían el uniforme del banco. Demasiado consciente de sí mismo Andrés devolvió el saludo, buscó el papel donde traía apuntado los datos para el depósito y contó el dinero antes de entregarlo a la joven –sabía cuánto dinero iba a depositar pero le urgía hacer tiempo en lo que algo se le ocurría-. Podía escuchar, mejor dicho sentir hasta en la yema de los dedos cada latido de su corazón y el pulso acelerado, amén de un suave cosquilleo en todo el cuerpo; se había excitado con sólo verla. Incluso se descubrió respirando conscientemente y procuró hacerlo despacio para no agitarse más; se acercó cuanto pudo a la ventanilla buscando percibir un aroma pero sólo olió la fuerte loción del cajero en la ventanilla nueve –¡plof! fue como una bofetada-. Alguien subió el volumen pues podía escuchar la fricción de la ropa de Siete al moverse; miraba muy atento sus meneos para empatarlos con los ruidos que oía, preguntándose qué prenda era la escandalosa. La boca seca  y rasposa como lija. Intrigado por su propia e inesperada reacción, Andrés se dedicó a observar a la cajera y luego a sus compañeras como en un juego de encuentra las  5 diferencias. Todas igualitas: guapas, risueñas y frescas –a las diez y media de la mañana todo mundo está fresco- y vestidas del mismo e impecable modo: blusa blanca, chaleco azul marino y pañoleta roja al cuello. Se ve idéntica que las demás, ¿qué tenía la de la caja Siete para destacar?

 ¿El brillo en la mirada…? ¿Sus blancos dientes…? ¿Los labios tal vez…? ¿Su top de algodón plisado o la suave y aterciopelada piel de sus pechos…? Andrés pensó en el tacto de un durazno. ¡Los botones de la blusa! Las demás traen la blusa abotonada hasta el cuello; casi, casi se ven monacales, por lo menos junto a Siete. Andrés ya encontró dos botones sueltos pero sigue sin entender por qué Siete se ve idénticamente uniformada como el resto de sus compañeras. La cajera seis, la de al lado, se ha interesado por la actitud de Andrés. Siete viste la blanca blusa abierta hasta por debajo del pecho –oculta bajo el chaleco azul la unión del primer botón con su respectivo ojal, según adivina-. El top, tan blanco como la blusa, se mimetiza con aquella hasta perderse. Y la mascada roja, que en las demás simplemente cae, Siete se la ha acomodado para que enmarque. El resultado: ha transformado un uniforme elegante en otro coqueto y discreto, disimulando el escote hasta volverlo subliminal; lo percibes mas no lo ves. Delicioso.

 Siete preguntó algo sobre el depósito; Andrés regresó al mundo, la miró a los ojos y contestó pero un segundo después no podía repetir lo que dijo. Siete ha contado el dinero, acaba de imprimir los comprobantes y tiene el sello listo en la mano para marcarlos. La cajera seis observa con curiosidad a Andrés, quien tiene la imperiosa necesidad de hacer un comentario, de llamar la atención, algo, cualquier cosa; el botón de la blusa de Siete, ese que está junto al hueso de la clavícula, parece mirarlo burlón. Andrés se exprime el cerebro buscando las palabras correctas, sensual y sexy parpadean en su cabeza; sabe a la primera semánticamente correcta aunque le parece demasiado peligrosa; su problema es que tiene que construir una frase completa. Siete le ha entregado los comprobantes a Andrés en la mano; ahora o nunca, dominando un ligero temblor en su voz le dice a ella lo que piensa.

-¿Perdón? ¿Cómo dices? –preguntó Siete haciéndose ligeramente hacia adelante en su banco con la mano izquierda apoyada sobre el mostrador.


 Andrés no está seguro si la pregunta es porque Siete no le entendió o es la forma de Siete de callarlo. La cajera seis, desde su lugar, también se inclinó hacia Andrés. Ya no hay marcha atrás:


-Disculpa mi atrevimiento, pero tu atuendo es lo más sexy que he visto en lo que va del mes –repitió Andrés al tiempo que la abarcaba completa con un gesto de la mano.


Siete se irguió sobre su banco con el rostro iluminado, apoyando los dedos de la mano libre justo en el nacimiento del cuello y, sonriendo hasta con los labios contestó “¡Gracias!”. Todo al mismo tiempo.  Andrés agitó los comprobantes en su mano izquierda y le contestó “Gracias a ti”…




-… ¡Listo, joven! ¡Ya quedó!
-¿Cómo que ya quedó? ¿Y el resto de la historia?
-Pos en su próxima boleada, joven.
-… ¿? …
-Le dije que su boleada se la cobraba en treinta pesitos y que además le contaría la primera parte de una buena historia. Yo ya cumplí, mire sus zapatos ¿o no le gustó la historia?
-Pues sí, por eso quiero saber en qué acaba.
-En su próxima boleada, joven, en su próxima boleada. Nomás acuérdeme cuál historia le conté y en qué parte me quedé.
-¡Achis! ¿Pues cuántas se sabe?
-¡Uy, joven! Un titipuchal.
-¿Las inventa?
-… Nop, la mayoría me las platican mis propios clientes; Andrés mismo me contó la suya; trabaja por aquí… Oiga, por cierto, ¿le gustaría ver a la chica de la caja Siete…?  Dese una vuelta por el banco, ese que está frente a la oficina de correos, la que está a dos cuadras hacia allá. Lo que yo le pueda platicar de ella no le hace justicia, está rechula la chamaca.

 Sergio no pudo disimular la sonrisa, cayó redondito con el bolero: le dio una señora boleada a sus zapatos con el pretexto de la historia. Fue el letrero por lo que se acercó con él: “SE CUENTAN HISTORIAS Y SE BOLEAN ZAPATOS $30 PESITOS (pregunte)”. Ahora tenía $30 menos, unos zapatos impecables y curiosidad por saber cómo le fue a Andrés con Siete. Esta vez, en lugar del cliente, fue el bolero quien consiguió 2x1: dos boleadas por una. Curiosamente, hace tres semanas Sergio leyó un artículo que afirmaba se estaban extinguiendo muchos oficios tradicionales en la ciudad. Por eso le pagó los treinta pesos al bolero con tanto respeto: porque ahora regresaría por otra boleada con tal de oír el final de la historia. Sergio está seguro que éste bolero sería el último en desaparecer. 

octubre 21, 2011

Bola de Nieve, baterista©

¡Genial!
Me enseñaron este muñequito y cuánto me habrá gustado que hasta video le tomé y una entrada completa le dedico. Ojalá lo disfruten tanto como yo. Observen cómo mueve las baquetas ¡va siguiendo el ritmo!


video



Si, ya sé que falta mucho para navidad, pero ¡no puedo esperar tanto!
Pero para que vean que soy buena gente, el 24 de diciembre prometo subir el video donde ejecuta la canción de Jingle Bells (ya está grabado, pero para ese si me espero) que está muchísimo mejor que el actual.



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octubre 13, 2011

Hablando de Vacas Pardas, Sapotote©


  Hace tiempo descubrí un viejo libro de fotografía en el librero, “Conoce tu Cámara Reflex”, editado en 1977. No tengo la más remota idea de cómo pudo haber llegado ahí. Es un breve y sencillo manual cuyo propósito es explicar el ABC del funcionamiento de esas cámaras, cuya popularidad “{se ha incrementado}…a lo largo de las dos últimas décadas” y es “…la más utilizada, tanto por los profesionales como por el aficionado”. Es decir, un libro sobre cámaras fotográficas prehistóricas, de esas que usaban rollos de 35mm con 12, 24, 36 ó 48 exposiciones que luego mandabas revelar para descubrir que la mayoría se había velado, estaba fuera de foco, mal encuadradas o mostraban el hermoso pulgar del fotógrafo. Aquí entre nos, apuesto que el mentado pulgar era el sujeto más recurrente en las fotos del  aficionado promedio. Con las cámaras de hoy debe ser cualquier otra parte de su cuerpo, pero hoy con toda la intención: un ojo, un brazo, la cara completa en un ángulo muy extraño, un torso… sólo miren la foto de perfil o el avatar de muchos de sus conocidos.

 Sea como fuere, y debido a éste maldito vicio de leer cuánto cae en mis manos, sólo era cuestión de tiempo antes de por lo menos darle una hojeada al libro de marras. El libro trata de “…los principios básicos y los conceptos de la fotografía…” y “…de las funciones que son comunes a todas las cámaras”. Para mi deleite descubrí que “todas las cámaras” incluso aplica para mi cámara digital. Ciertamente las modernas digitales tienen un sinfín de ajustes automáticos (modo de escenas, fuegos artificiales, playa, retrato, auto-retrato, texto, museo, panorámica, video, ISO, detección de rostros, ojos rojos y lo que gusten), por lo que basta con dirigir la cámara hacia lo que deseamos fotografiar y apretar el botón pues el aparatito hará el resto por nosotros. Los más curiosos –levanto la mano- habrán descubierto que la ruedita dentada tiene incluso una P y una M para hacer ajustes manuales en la cámara. Y es aquí donde el libro del que hablo entra en escena: grano (megapíxeles) y sensibilidad (ISO) de la película, velocidad de obturación (2, 1, ½,1/4, 1/8, 1/125, etc), abertura del diafragma (un numerito que en la pantalla de ajustes va precedido por una f), longitud focal, encuadre y demás.

 Confieso que no lo he leído a detalle como para comprender los diversos conceptos pero me queda claro que jugando con esos valores se pueden obtener fotografías increíbles, mucho mejores que las que se pueden conseguir confiando en los ajustes automáticos de la cámara por más avanzada que sea.


Ojalá me hubiera tomado ya el tiempo de leer a detalle el libro para conocer los conceptos detrás de los tecnicismos, pues la belleza de lo que dos días atrás me encontré justo a la entrada de mi casa, colgando del árbol que custodia la puerta de acceso, me cautivó lo suficiente para buscar la cámara y tomarle varias instantáneas.

 Regresé a casa en el momento justo después del atardecer cuando el sol ya se ocultó pero todavía hay algo de luz natural. Ese momento del día en que si tomas una foto sólo aparece lo que el flash alcanza a iluminar, lo que queda más atrás simplemente se pierde en las profundidades del negro. Tomé varias fotos en el modo automático pero ninguna me convenció. La blanca mariposa (¿o palomilla? no lo sé, no soy entomólogo) colgando de una de las verdes hojas del árbol, ambos emergiendo de entre las sombras, como si nada más existiera en el mundo. Esa era la foto que quería tomar, pero el ajuste automático insistía en usar el flash para iluminar la escena como si fuera quirófano, perdiendo la sutileza que pretendía captar. Después de la segunda foto con flash también me entró cargo de conciencia por deslumbrar al pobre insecto –si hasta para referirme a él lo tildo de pobre-, así que me puse a jugar con los citados ajustes manuales; simplemente fui cambiando el valor de los mismos de uno en uno y tomando una foto en cada ocasión: cambio de valor, foto, cambio de valor, foto. Si supiera qué es lo que le estaba ajustando con cada cambio estoy seguro que hubiera conseguido la foto que deseaba. Después de 20 ó 30 tomas –jamás hubiera tomada tantas con una cámara de rollo, benditas las digitales- decidí que era suficiente, ya las revisaría en la computadora para elegir las rescatables. Hasta ahí llegó mi interés por el insecto, bajé del carro la fruta que había comprado de regreso a la casa y seguí en lo mío. Como a las 11 de la noche cayó una fuerte lluvia, si la menciono es porque al día siguiente cobró una importancia súbita.

 Al salir por la mañana me topé de nuevo con la mariposa, ésta vez se encontraba en el suelo como a un metro del árbol del que colgaba ayer y, de cualquier modo, frente a la puerta de entrada. Estaba muy quieta y daba la impresión de estar húmeda, como si se estuviera secando-recuperando de la lluvia de la noche anterior. Tomé nota de su presencia y me subí al carro… recordé la cámara en la guantera y bajé con ella. Creí que saldría volando en cuanto me acercara, al no hacerlo reforzó mi idea de que esperaba al sol para secarse con él. Me puse a buscar el mejor ángulo para retratar al bicho: al norte saldría mi carro de fondo, al este la casa del vecino y al oeste la mía por lo que eso me dejaba al sur como opción. Puesto que la mariposa estaba a ras de piso, la foto tendría que ser al mismo nivel. Así que ahí estoy de rodillas, a unos cuantos centímetros del insecto y con la cámara recargada sobre el piso, mirando a través de la pantalla muy concentrado en lo que hacía. De repente sentí movimiento en la calle y voltee la mirada para ver la causa: era una de mis vecinas acompañada de una hermosa mujer que no había visto antes. Supongo que ellas ni siquiera vieron a la mariposa y tal vez ni la cámara, así que debió resultarles raro ver al vecino a gatas en frente de nada, arrodillado con un pantalón claro sobre la húmeda banqueta. Mi vecina se puso ligeramente colorada y de inmediato dijo “vamos a la tienda”, como disculpándose por haberme sorprendido así. Las saludé, tomé nota de su acompañante –algún pretexto tendré que idear para visitar a mi vecina y preguntarle por ella- y seguí en lo mío. Por detalles como ese la gente que me conoce está dispuesta a asegurar que estoy un poco loco, así que me esperé a que se alejarán para sonreír por lo absurdo de todo sin riesgo de confirmar sus creencias.

 Quizá tomé otras 20 fotos cuando escuché al camión repartidor y decidí que tenía suficientes. Ya me iba cuando reparé que el escape del carro daba justo sobre mi sujeto, quien además se encontraba a la sombra de la casa; antes de medio día el sol no pegaría en esa zona. Intenté subirlo en una ramita que encontré cerca pero no se dejaba. En un arrebato de buena voluntad le puse la mano y, después de varios intentos en que aleteaba un poco para alejarse, por alguna razón entonces sí se subió; la sensación fue extraña, como si estuviera enganchado a mi piel. Busqué un lugar con sol, cerca de unas plantas y deposité al bicho que de inmediato se bajó de mi mano. Asunto terminado, adiós.

 Por la tarde revisé las fotos y me deshice de la mayoría (antes guardaba todas, ahora solo conservo las que de verdad me gustan). Viendo las fotos, el pequeño y peludo insecto sale inclinado hacia su lado derecho; pensé que fuera el ángulo de la cámara pero en todas se ve así, tal vez los efectos del torrencial aguacero. Esa misma noche volvió a llover y por la mañana, al salir de casa, la similitud con la el día anterior me hizo buscar a la multicitada mariposa; obvio que ya no estaba, me encogí de hombros y seguí con mi día.  

 Hace rato, al regresar del trabajo y querer estacionar el carro vi una mancha blanca frente al zaguán ¡sorpresa! mi pequeña vecina. Jamás había visto a la misma mariposa en el mismo lugar haciendo lo mismo durante tres días seguidos; no puede ser normal. Después de tantas “aventuras” juntos no podía pasarle el auto por encima. Con menos asco y remilgos –soy 100% de ciudad y la impronta del asfalto me hace recelar de cualquier cosa que huela a naturaleza- le tendí la mano a donde subió de inmediato. Pensé depositarla al pie del árbol en que la conocí pero la ingente cantidad de hormigas que pululaban por la zona me hizo dudar ¿qué si se le van encima? Y entonces realmente la miré. Tiene los extremos de las alas muy maltratados y algunos pequeños agujeros por aquí y por allá. Parece que tiene dos pares de alas, no estoy seguro pero no me atrevo a hurgarla; una de las superiores se ve desgastada, como papel de china delgado a punto de desintegrarse. 

 Definitivamente se inclina hacia la derecha, como si le pesara el cuerpo, aunque juraría que una de las patas se le ve más corta. No respondo por el resto de la humanidad pero qué metiche soy a veces con los asuntos de la naturaleza, queriendo cambiar el curso de los acontecimientos o reflejando emociones en la existencia de seres de otras especies. Debe ser de lo más normal y natural del mundo que la mariposa que no alcanza a guarecerse de una lluvia torrencial resulte tan maltratada que no pueda volar –tuvo todo un día para secarse, dos de hecho- y termine por servir de alimento a cualquier bicho o animal que encuentre delicioso un aperitivo de lepidóptero; no debe ser normal que un insecto que puede volar permanezca en el suelo tanto tiempo, al alcance de quién sabe cuantos predadores. ¡Pero no! Tenía que meter mi cucharota: el mundo se me hizo demasiado hostil, húmedo y frío para soltar por ahí a la pequeña trompuda. Pensé en la casa, seca y cálida.

 Con la mariposa en la mano izquierda saqué las llaves de la bolsa izquierda del pantalón con la otra mano –algo más fácil de escribir que de hacer-, abrí las puertas de la casa y   busqué un lugar dónde bajarla, pero ¡oh, sorpresa! ¡No se quería bajar! En esas andaba cuando me acordé del carro: botado a media calle –es una cerrada- con las luces prendidas, la puerta abierta y el radio encendido; eso sí, las llaves las traía en la bolsa, no hay que ser tan confiados. Volví a sonreír pensando en mi vecina y su guapa acompañante ¿Qué hubieran pensado de haber encontrado así el carro, abandonado de noche frente a mi domicilio? ¿Con las puertas de la casa abiertas de par en par y las luces de entrada, de la cochera y todas las que tuve a mano, encendidas? ¿Conmigo paseando tan quitado de la pena con una mariposa en la mano…? ¡Lo que daría por ver su cara!

 ¿Alguna vez han tratado de estacionar un carro estándar y dirección mecánica con una mano mientras en la otra sostienen una delicada mariposa aferrada a ver el mundo desde esa posición? Yo le doy un grado 8.4 de dificultad. De nuevo, dentro de la casa, intenté dejarla en una maceta que le escogí como albergue, pero sólo brincaba de una a otra mano sin querer bajarse de ellas. Sentado en el suelo frente a la maceta y practicando la virtud de la paciencia, de repente se me ocurrió escribir al respecto. Llevo ya un rato tecleando en la computadora y la mariposa, eternamente recostada sobre su lado derecho, no se ha movido un ápice de su maceta. ¿Cómo puede pasar tanto tiempo sin moverse? Creo que sería una excelente maestra de la meditación, por aquello de que el ejemplo arrastra. De lo quieta que está hasta parece foto; sería fabulosa jugando a las estatuas de marfil.

 ¿Y si ya está muerta? Porque los chismes corren rápido en el vecindario. Ahora me imagino al sapotote que vive en el jardín (literalmente un sapo enorme, más grande que mis dos puños juntos) vestido con su sombrero de copa, corbata de moño al cuello y su bastón de dandi;   relamiéndose los bigotes, exprimiéndose el cerebro pensando en un buen pretexto para tocar a la puerta y poner su mejor sonrisa preguntando, sin poder ocultar la ansiedad de su mirada, si de pura casualidad llega a tiempo para la cena…  


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