junio 15, 2011

Macario y Macalote ©


Su primer trabajo fue de oficina, de escritorio. Todos los días checaba su entrada tecleando la clave asignada en la computadora , colocando su índice derecho -ese con el que le gusta escarbar el fondo de los vasos de helado para chupárselo- en el lector de huellas. Todos los días tenía problemas con su jefe inmediato porque siempre, casi siempre, checaba después de las 9:00a.m. Y a veces más allá de los 15 minutos de tolerancia. ¿Cómo ayudarlo? Sus quincenas nunca salieron completas; los descuentos eran cosa común en sus recibos. Cuando mejor le fue recibió 13 días de pago. ¿Cómo no ser supersticioso cuando tu mejor número no llega ni a catorce? 

No se amilanaba; lo suyo, lo suyo era el litigio. Y en esa Empresa vaya que tenían asuntos legales por resolver; De hecho, él entró para reforzar el área legal.  ¿Qué tanto importaban unos días descontados de su quincena si podía dedicar su tiempo a los juzgados? Legajos, actas, constancias, amparos, asuntos laborales, mercantiles, civiles, audiencias, notarías, peritajes y los deliciosos tacos de a 3x2 justo frente a los tribunales. Al menos así fue al principio, los primeros ocho meses convivió mucho con Juanita (la de los tacos de 3x2), pero pronto descubrió que la gran actividad en su departamento era producto heredado de un manejo negligente de los anteriores responsables  del mismo: un contrato no firmado, un documento perdido por aquí o por allá, exceso de confianza, desconocimiento de algunas leyes, ingenuidad, algo de valemadrismo tal vez, en fin. Todo fue cuestión de hacer las cosas con orden y constancia, dedicarle tiempo para que, poco a poco, aquella maraña de asuntos pendientes se fuera disolviendo. Ganó algunos asuntos y perdió otros pero se las arregló para terminarlos uno por uno.

Logró disminuir los "bomberazos" y pronto se encontró con que ya no tenía trabajo. Es cierto que debía  redactar contratos, recabar documentos, visitar a socios de la empresa, a proveedores, elaborar informes, asesorar a los jefes y tomar su cafecito como a las once de la mañana; la empresa tenía una alta rotación laboral, así que por lo menos tenía que ir con cierta frecuencia a la Junta de Conciliación para acordar finiquitos y liquidaciones y aunque junto a la Junta vendían unos tamales muy buenos, nada tenían que hacer al lado de los tacos de a 3x2 de Juanita.

Su trabajo estaba seguro y sus quincenas siempre llegaron puntuales, que no completas por lo de sus retardos, pero tras esos primeros ocho meses de febril actividad en que iba y venía por toda la ciudad en nombre de la Empresa, ahora pasaba la mayor parte del tiempo frente al escritorio. En ocasiones envidiaba al mensajero que seguía y continuaría en su diario trajín, tan lejos como hasta las ciudades vecinas. Comenzó a buscar trabajo; en realidad el que tenía no estaba nada mal: buena paga. Bueno, en realidad no era tan bueno el sueldo, pero era lo mejor que tenía; el verdadero problema es que no sentía ningún reto. Lo suyo era moverse en el caos, en la trinchera, no en la retaguardia.

Pronto encontró trabajo de activista. No le garantizaron un buen sueldo pero si mucho trabajo; Juanita fue la más contenta ¿cómo no iba a serlo si su cliente más fiel regresaba al rebaño? Su desparpajo era más que suficiente para atraer mucha gente junto a los tacos de 3x2. En realidad, al principio, manejaba pocos asuntos legales en su nueva chamba de activista, pero las oficinas de la Organización estaban a la vuelta de los tribunales. Sus nuevos jefes pronto descubrieron su talento nato para el litigio y poco a poco lo fueron introduciendo como el abogado de la Organización para los más diversos asuntos. Como la calle era lo suyo nada tenía que protestar y unos pesos extra, sólo unos cuantos suficientes para comprar de los tacos de a 3x2, más la promesa de hacer contactos de todo tipo, eran suficiente para tenerlo contento.

Fue por uno de esos litigios, y por alguno de esos contactos, cuando sus jefes se vieron en la necesidad de conseguirle un par de escoltas, por lo menos mientras usaba su tiempo en ese litigio en particular. El resto del tiempo que se las arregle como pueda. Uno de sus jefes le hablo de noche al celular para avisarle de las escoltas. A partir del siguiente día lo acompañarían cuando tuviera que ir a los tribunales a litigar en el asunto de marras. Le hizo mucha gracia que le pusieran un par de escoltas. Cuando colgó el teléfono se lo comunicó a sus amigos.

-¡Genial, bro!
-¡No ma, carnal! ¡Qué buena onda!
-¡De pelos! ¿Por qué no los traes mañana a los tacos?
-JAJAJAJAJAJAJAJA
-¿Se los imaginan? Pidiendo sus taquitos de suadero y atrás de él un par de guaruras con lente oscuro y toda la cosa, jajajjajajja -supongo que se imaginaron a un par de gorilas enfundados en sus trajes negros de lente oscuro y toda la cosa.
-¡Y no olviden su carro de guaruras!... color negro por supuesto...
-JAJAJAJAJAJAJAJA.

Más risas provocó lo del carro, pues lo suyo era más bien la caminata. Tendría que pedirles aventón para evitarles la pena de tener que seguirlo a pie.

Al día siguiente tocaron a su puerta, justo a las 8:30 de la mañana. Salió a abrir para toparse con dos fulanos un poco más altos que él, vestidos con ropa sport de color oscuro y lentes. Se presentaron como Eme y Eme. Cuando preguntó por qué lo del nombre, Eme y Eme voltearon a verse detrás de sus lentes oscuros.

-No preguntes.

Se encogió de hombros y, como ya estaba listo para partir, cerró tras de si la puerta de su casa. Eme y Eme se volvieron a mirar igual. Eme se encogió de hombros y le hizo un gesto a Eme para que siguieran a su protegido. Intentó hacerles platica, romper el hielo, así que se le ocurrió decir que hoy tomarían la limousina para ir al juzgado. Eme y Eme sólo se volvieron a mirar por detrás de los lentes. Tres calles más adelante, los condujo hacia la entrada  del metro, les dio un par de boletos y se siguió hasta llegar al andén. Justo cuando entraba el convoy se volvió hacia Eme y Eme y, señalando el tren, les dijo con una gran sonrisa:

-Mi limo...
-Lo único que no soporto son los mamones -Macario sacó su pistola y lo coció a balazos.

Macalote sacó la suya y le dio el tiro de gracia. 



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