febrero 13, 2011

DE BESOS Y MASCADAS © (parte 3)

Estoy un poco desesperado, calculé mal mis tiempos y voy justo ya. Olvidé el tráfico de los sábados por la noche. Todavía tengo que meter el carro al estacionamiento y salir corriendo para encontrarla en la entrada de Moliere. Al medio día que hablamos para confirmar la hora y lugar le dije que la esperaría justo en ese lado.

-¿Por qué no nos vemos en el cine? -preguntó con mucha lógica y razón.
-Porque arruinaría la sorpresa.
-¿Otra sorpresa? -¡por favor, que mencione la mascada! ¡que mencione la mascada!…
-Algo así.
-De verdad que eres raro.
-Mmm… velo como parte de mi encanto -¡Eh! ¿Qué tal? Humilde, sencillito y carismático.

Estuve a punto de recordarle la mascada para que no la olvide, pero si la menciono yo antes que ella la sorpresa perdería parte de su encanto. En realidad por eso insistí en verla a la entrada no del cine sino del centro comercial, para tener tiempo y espacio, sobre todo espacio para que la idea con la mascada funcione. Si es curiosa -¡y por dios!, si es humana seguro lo es- desde que se la pedí debe estar preguntándose para qué quiero una mascada para ir al cine, sobre todo cuando al principio era corbata; bueno… al menos eso espero.

He entrado por Moliere. Aunque la mayoría de los carros ingresan por ésta que es la entrada principal, casi todos se estacionan tan cerca como sea posible de las escaleras del cine que están justo al otro lado; benditos sean porque he encontrado lugar de inmediato. Bajo corriendo del carro y me apresuro a regresar a la entrada, como a cien metros. Faltan cinco minutos para las ocho; técnicamente voy a tiempo, sólo espero que ella aún no haya llegado; empieza a sonar el celular, sin dejar de correr lo saco de la bolsa y lo contesto justo donde están las plumas de acceso. Es Ella, dice que acabo de alejarme corriendo sin hacerle caso -“Como si estuvieras huyendo de mí” -dice con fingido reproche- “No muerdo ¿sabes?”. Volteo hacia donde dejé el carro, buscando el suyo; me siento observado, como si me hubieran pescado justo antes de hacer una travesura. No que hubiera hecho alguna –todavía- pero esa es la sensación. No la veo. La carrera ya me hizo efecto, respiro algo agitado mientras regreso sobre mis pasos, buscándola en una especie de “frío-caliente” que parece estar disfrutando de lo lindo. He regresado junto al carro, cerca hay uno que me parece muy familiar pero está vacío; se lo digo y ella, con un ataque sofocado de risa, me pide seguir buscando porque ese no es el suyo; me las huelo -¿existe esa palabra? ¿huelo?-, así que me acerco al auto preguntándole si acaso está cerca del carro morado; me dice que sí pero… ¡no hay ningún carro morado!; me acerco más al auto y ¿qué veo?. A ella, recostada para que no la viera desde afuera, mirando el techo de su carro y con la más pícara sonrisa, bueno... sólo le faltaba el cable que tenían los teléfonos de antes para jugarlo entre los dedos. Cuando me vio se puso seria, muy seria y luego fingió no verme; por el teléfono me dice -“Bueno, te dejo porque ya llegaron por mí. Ciao”. Se incorporó sobre su asiento y bajo del carro riendo a carcajadas.

Resulta que quiso llegar temprano para ver qué era lo que yo tramaba. Dice que verme correr como corrí ya pagó el haberla tenido en ascuas con lo de la mascada. ¡Ah! ¡La ha mencionado!

-¿La traes?
-Un minuto, un minuto -hizo mímica de buscarla a su alrededor y de repente- ¡Ah! ¡Ya me acordé!

Giró dándome la espalda y se agachó dentro del carro hacia el asiento del acompañante, pero a medio camino se arrepintió; volteó a mirarme, se enderezó y con gesto teatral, pausado, giró sobre si misma dejando en claro que no quería que la viera desde aquél ángulo, incluso negó con la cabeza. Se sentó entonces muy propia frente al volante y estiró la mano para alcanzar su bolso.  ¿Cuál sería mi sorpresa al ver que la mascada era del mismo color de su vestido? (de acuerdo, “casi“ del mismo color). Por cierto, su vestido merece mención a parte. Es de diseño primaveral, se ve fresco y ligero; aunque no es ceñido dibuja su silueta; termina algo arriba de la rodilla. Se ve tan liviano…

-¿En qué piensas? -pregunta.

Le contesto que en su vestido: Sin dejar de mirarla, llevo mi mano a la altura de su rodilla –a la altura del vestido en realidad- y a unos cuantos centímetros de ella junto el pulgar y el índice como si hubiera cogido algo con los dedos; con gesto lento recorriendo su cuerpo, siguiendo su contorno sin tocarla, levanto la mano hasta llegar por encima de su cabeza como si estuviera retirando un velo... Ahora la del calofrío fue Ella pero de inmediato me pregunta que vamos a hacer con la mascada. -“Jugar…“ -contesto. Le explico que la idea es que uno de los dos se ponga la mascada a modo de venda en los ojos y se deje guiar por el otro. Me mira incrédula, no sabe si hablo en serio o bromeo. Cree que estoy loco; en realidad me ofendería que lo dudara. Como no se decide agarro la mascada y me vendo yo mismo -espero que me compre- los ojos, pongo mi mejor sonrisa y estiro las manos en espera de que me de las suyas. Tras unos instantes la escucho suspirar, me toma la mano y caminamos hacia las escaleras más cercanas; tropecé en ellas y de inmediato me ayudó, acercándose más a mí.

-No es buena idea. Quítate la venda.
-Hueles delicioso ¿sabes?
-Estoy hablando en serio.
-Yo también.
-… ¿en serio?
-Mmm... -subimos por el siguiente tramo de escaleras.
-Todos nos miran -me dijo al oído y yo aproveché para inclinarme sobre su hombre derecho y olerla a conciencia- ¡Oye!
-Deja que nos miren...

Caminamos despacio pero finalmente llegamos a la taquilla. Tiene las manos tan suaves. Pidió los boletos, le di mi cartera para pagar y luego le ofrecí el bolsillo del pantalón para que la guardara. -“Ni lo sueñes” -dijo mientras me regresaba la cartera en la mano. Pasamos por unas palomitas con refrescos. Como tuvo que agarrar la charola con las dos manos yo me agarré de su brazo para continuar hacia la sala. Una vez sentados preguntó si no pensaba quitarme la mascada; acepté pero con una condición. Cuando preguntó cuál, abrí los brazos de par en par. Se hizo silencio... de repente movió el brazo del sillón, se acomodó más cerca, me quitó la mascada y apoyó su cabeza sobre mi pecho. -“Pero si te comportas como adolescente...” -¿por qué me da ideas? ¿ y por qué me dan ganas de jugar cuando estoy con ella? Supongo que se refiere sólo a las manos. Como a los veinte minutos comencé a besarle la frente y poco a poco, igual que Homero con Morticia, me fui acercando hasta que me ofreció sus labios. Aunque la película era buena, cuando una escena captaba su atención yo volvía a buscarla y ella a aceptarme, así que en realidad ninguno de los dos supo muy bien de que iba la trama, pero se desarrollaba en una provincia de Francia y recuerdo haber visto a la protagonista con un vestido muy parecido al de Ella. Por favor, no pregunten más porque de verdad no supe de qué iba; en mi defensa sólo puedo decir que a pesar de que Ella escogió la película porque salía su actor favorito, fue la primera vez que va a verlo y no le presta atención religiosa a  su actuación. Eso me lo confesó después. ¡Fabuloso! ¿No creen? -me refiero a haber acaparado su atención.

Al terminar la función -estamos hablando de la película- pasamos por las máquinas automáticas para el pago de los boletos de estacionamiento; ella mencionó que la próxima vez sería buena idea moverse en un sólo carro, yo sólo volví a besarla para mostrarle mi acuerdo. Caminamos de la mano por el estacionamiento, platicando su sorpresa por no haberse fijado en la historia y en el guapísimo actor; de hecho me lo decía con cierto reproche en la voz, pero su sonrisa y el brillo en su mirada la traicionaban. Soy humano, no pude aguantar más, así que de repente me volví para darle un rápido beso sin dejar de caminar.

-¡OYE! -¿soy yo u “oye“ es lo que más me dice?

Cada dos por tres repito el numerito; cuando me tomó la medida ya hasta me esperaba. La última vez, cerca del carro, casi se detuvo esperándome de nuevo, pero yo seguí caminando mientras se me escapaba una risilla. Dio dos pasos más y entonces sí se detuvo, me giró y jaló hacia si para besarme. La abracé y levantándola ligeramente del suelo la moví el metro que nos faltaba para llegar al carro; la oprimí suavemente contra él y entonces si, realmente nos besamos. Con las yemas de sus dedos en mi espalda me apretó con fuerza contra ella y me besó con una pasión que sólo pude corresponder  con una  caricia que resbalaba por su caderas y de repente:

-¡Jóvenes!...

Enfundada en un traje de policía de seguridad privada, en cuanto volteamos a verla aquella mujer nos dijo, muy seria ella, que “allí“ no podíamos “hacer eso“. Y se quedó plantada precisamente "ahí", dispuesta a no moverse sino hasta que lo hiciéramos nosotros, me refiero a movernos.

2 comentarios:

Erika. dijo...

Oh, no! Llegó la polecía :P

Seguiremos informando...

Besos!

Gil dijo...

La pole, pole, polecía...
JAJAJJAJAJAJAJA
JAJAJAJAJAJAJJA

¡ay, Dios! ¡qué bonito es reír!

A este ritmo, de seguro el narrador si termina de mendigo en Guanajuato ;) (a veces yo quisiera hacerlo)

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