enero 25, 2011

Miruska y Mila ©

En aquella casa había -todavía está, supongo- un pequeño invernadero cuyo claro se elevaba hasta la azotea. Siempre estuvo abierto (el claro) hasta que tuvieron a bien cerrarlo, pues las hojas de los árboles vecinos tenían el tino de caer dentro del invernadero por cientos. Recuerdo en particular una peculiar semilla en forma de lanza, mmm... como las pepitas pero mucho mas alargada y angosta o como las plumas de ganso pues igual terminaba en aguda punta. La punta era pesada y el resto de la semilla muy delgada, plana; era divertido verlas caer desde las alturas ya que giraban sobre si mismas como pequeños rehiletes. Cuando soplaba el viento caían por montones, infinidad de rehiletes cayendo a tierra con gracia y estilo, siempre y cuando nada se interpusiera en su camino pues perdían su impulso giroscópico para caer en un suave vaivén que nada tenía de emocionante.

En medio del invernadero había una pileta pintada de azul de unos diez o quince centímetros de profundidad que siempre estaba llena de agua, como de dos metros por uno y de forma irregular. En navidad se convertía en lago para dar otro ambiente al nacimiento (creo que hasta un puente hecho de cordón y palitos de paleta colocaban); el resto del año servía de estanque para las tortugas que de natural vivían ahí ya sin verse obligadas a sacarle la vuelta a las figurillas del nacimiento. En dos lados del pequeño estanque un montón de piedras les servía de playa a las tortugas para poder entrar y salir del agua con un poco más de gracia que mucha les faltaba; lo suyo era la pausa que no la agilidad. Y en medio de aquel mundo de agua, casi siempre había una mesa con una canasta llena de frutas: naranjas, plátanos, mandarinas, uvas, melones y que sé yo.

Construido dentro de la casa, el pequeño cubo del invernadero estaba cercado por dos paredes, una de ellas simulando una cascada de piedras negras, y por dos grandes ventanales que daban -siguen dando quiero creer- uno al pasillo y el otro a otro.
Era de lo mas grato mirar aquel espacio lleno de vida con el agua cayendo entre las piedras (merced al leve zumbido de una oculta bomba que la acumulaba en la alturas para dejarla escurrir luego), las plantas varias en derredor de la pretendida laguna y en medio de ella la canasta de frutas; bastaba abrir una de las puertas corredizas, poner pie en la orilla y guardar un poco de equilibrio para alcanzar una manzana o lo que más te viniera en gana. Era un oasis para los sentidos, en especial cuando entrabas de la calle.
Pero las hojas que caían de los árboles de la calle y sobre todo las dichosas semillas lanceoladas afeaban el conjunto. Casi a diario había que rastrillar la superficie del agua para quitar hojas y semillas, expulgar entre las plantas, retirar las semillas que, fieles a su forma, literalmente se clavaban como lanzas en las hojas vivas de las plantas.

Así que decidieron cerrar por la azotea el claro del cubo del invernadero. Mandaron construir y colocar un marco de herrería cruzado por dos travesaños; los cuatro paneles así resultantes fueron cubiertos con una fina malla de alambre. A partir de entonces, el invernadero se vio libre de tanta hojarasca y lució en todo su esplendor; pero (casi siempre hay un “pero“) las mentadas semillas se clavaban tan juntas unas de otras en la malla como juntos estaban los agujeros de aquella. Al principio barríamos la malla, pero las semillas se quebraban y hechas pedazos dificultaban más la limpieza del invernadero allá abajo. Así que decidimos dejarlo así; desde el invernadero, al mirar hacia arriba, se veía una sombra muy peculiar; desde la azotea, aquella malla era un tupido tapete de semillas. Ahora pienso que de haberle regado con constancia hubiéramos convertido aquella malla en la versión hidropónica del invernadero que protegía.

Poco después llegó a nosotros una pequeña cachorro de pastor alemán que más tardó en perder el miedo de subir a la azotea que en descubrir el tapete de semillas. Pero no es de ella de quien deseo platicar sino de la pointer que ahora me acompaña y de lo que ella hace precisamente con las hojas del jardín y unas piedras que en él hay, que es más o menos lo mismo que la pastor alemán gustó de hacer con las semillas de la malla y la malla en cuestión. No sólo comparten la inicial en su nombre sino el hecho de que yo no se los puse.

Y la misma manía también comparten, pero por querer explicar el contexto he terminado por no contar lo que en primer momento me impulsó a escribir, pero ¿a poco no el invernadero era bonito?

3 comentarios:

Erika. dijo...

Inolvidable aquel invernadero, eh?

Así como quienes nos lo hicieron posible como un recuerdo...

Si tan solo pudiera hablar, y contarnos sus historias.

Gil dijo...

Cuando alguien o algo tiene la capacidad de hablar, por lo general lo más interesante es lo que calla.
En fin, la vida se construye con recuerdos... benditos sean

Saludos y gracias

El ausente dijo...

me gustaría iniciar una petición:

una entrega cada semana!!!!!!!11
es mas
¡LA EXIJO!!!!!!!.
EL FINAL LO MEJOR.

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