diciembre 15, 2010

Solo en Casa © (remasterizado)

Hace algunos años surgió la oportunidad de un trabajo interesante y, además,  en otra ciudad. Bueno, no llega a ciudad... aunque tampoco es pueblo ni rancheria, pero ciudad, lo que se dice ciudad tampoco lo es; pero eso sí, muy agradable el lugar.
En la entrevista me preguntaron si tenía algún problema en cambiar de residencia, a lo cual por supuesto que contesté lo primero que me vino a la mente y que por fortuna era lo mismo que pensaba: "No, no hay problema". Dos semanas después me despedía de la casa en donde creci y, pensando que lo mejor era viajar ligero, sólo llevaba dos maletas de ropa, alguna que otra chuchería y uno o dos libros.

Como al llegar al que sería mi primer hogar fuera de casa lo único que llevaba conmigo era el par de maletas, instalarme fue de lo más sencillo pues sólo tuve que desempacar.

Hoy, a tres años de aquella aventura, hago mi primer mudanza... ¡Por Dios! ¿Qué fue de aquellos tiempos en que toda mi vida cabía en un par de maletas? Que por cierto, a saber dónde quedaron las dichosas maletas porque jamás volví a verlas. Ahora necesite de dos viajes en camioneta para mover mi vida entera y aunque la nueva casa es más grande, o quizá por ello, llegar a mi nuevo hogar no resulta tan sencillo como la primera vez. Tampoco es que sea enorme, pero comparada con el bonito palomar que ocupaba antes resulta gigantesca. Se ve tan grande que incluso estoy pensando en comprar unos patines para usarlos en la sala y acondicionar el comedor para practicar tiro con arco. ¿Con que lleno los espacios vacios? Me sobra un cuarto con todo y su baño y el pasillo de entrada parece tan largo que estoy seguro que cada vez que lo camino de un extremo a otro me vuelvo mas viejo. Creo que lo llamaré "el pasillo del tiempo".

Aprendí algo nuevo: mudarse de casa no se trata de tan solo empacar en un lado y desempacar en el otro como si de maletas se tratara, ¡oh no! de ninguna manera. Es un poquito más complicado. Cajas por aquí y por allá, bolsas llenas sólo Dios sabe de qué, trastos, cacharros, cubetas, muebles y ¿mencioné ya las cajas? Juro que se reproducen como Gremlins pero no necesitan de agua, basta con dejar de mirarlas por un instante y cuando volteas de nuevo ¡presto! dos cajas donde antes había una. Además todo es un caos -si, ya sé, todo se parece a su dueño. Durante tres días tuve que usar el mismo pantalón porque solo la providencia sabía donde guardé los demas. Ahora sé por qué etiquetan las cajas... Y lo mejor es que ni siquiera sabía que tenía ese pantalón, apareció de la nada, probablemente en una de esas cajas con alma de Gremlin. Mi cepillo de dientes quedó en la "m" de miscelaneos, así que tuve que comprar otro y eso que con el primero no había cumplido los tres meses "recomendados por los dentistas". Y apareció una alcancia de barro con figura de fantasma al abrir otra caja ¿cuándo me hice de ella?


La nueva casa es nueva para mi pero no es muy moderna su instalación eléctrica. Todos los enchufes son de dos agujeritos y todos mis aparatos, empezando por el refri, son de tres patitas. Eso si, tiene tantas lámparas que, estoy seguro, de prenderlas todos me sentiría como en un quirófano o bajo la luz de los reflectores en un escenario. Pero la mayoria no tiene focos o los tiene fundidos; asi que esa primer noche fue de penumbras y sin ningún tipo de aparato. Al poco tiempo me descubrí sentado en la sala y pensando en nada mirando las cajas y con las tres únicas luces que prendían arrojando su luz. Extraño, cierto pero extrañamente reconfortante.

En el segundo día fui a comprar focos, adaptadores para las clavijas y algo de comida para meterle al refri. De regreso tuve otro problema. La casa tiene una estancia principal que abarca parte del pasillo del tiempo, la sala y el comedor; del pasillo cuelga una lámpara y en la sala-comedor hay seis lámparas empotradas en el techo. El techo. Es muy alto y no tengo una escalera a la mano; nunca tuve necesidad de comprar una pues en la otra casa-palomar bastaba con estirar un poco la mano para alcanzar los techos y cambiar focos. Bueno, era más fácil subirse a una silla y después cambiar los focos. En la casa-pista-de-patinaje-tiro-
con-arco con las sillas nomás no alcanzo. Tuve que parar uno de los sillones sobre su costado para usarlo de escalera. Son más pesados de lo que parecen. Y ahi me tienen, haciendo circo, maroma y teatro tratando de subirme a un mueble diseñado para sentarse no para treparlo, encaramado como chango a metro y medio del suelo y pensando que si me caigo nadie escuchará mi grito. Para ser franco, mi sentido común salió por piernas en cuanto se me ocurrió usar el sillón, se lavó las manos pues; así que subí en él completamente sólo y por mi cuenta. Y el numerito lo tuve que hacer siete veces, siete veces. O sea, por necedad no paramos. Pero como traigo el celular en la cintura agarro valor. Iluso de mí pienso que si caigo podré llamar a alguien para que me ayude, pero no pienso que si caigo de cabeza o si aterrizo sobre el celular... Y luego hay quien dice que soy muy inteligente. Si supieran...

Cuando finalmente baje por última vez del sillón, lo que es más fácil de escribir que de hacer, y prendí las luces... ¡zaz! que se funden tres focos.

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