noviembre 11, 2010

Paleta de Hielo ©

 Toda la semana anterior me la pasé metido en el Excusado.  No, aunque el nombre le quedaría que ni pintado a más de uno, no estoy hablando de un antro; literalmente me pasé toda una semana en el baño. Pero no por lo que se pudiera pensar, alguna rebelión estomacal o algo por el estilo,  más bien fue por un exceso de testosterona.

Me explico: El inodoro del segundo piso se descompuso  por viejo (exceso de herrumbre), así que tuvimos que comprar el juego completo de tripas (flotador, sapo, mangueritas, manguerotas, empaques, etc). En letras enormes la caja de las tripas traía impresa la leyenda “DE FÁCIL INSTALACIÓN. INCLUYE TODO LO NECESARIO”;  en cuanto leí aquello, como diría un amigo, que sale don Pendejo y digo “Yo lo instalo”. Si chucha, cómo no…  Con mucho ánimo, pocas herramientas y menos neuronas me di a la tarea.

Para poder cambiar las piezas, era necesario (según las instrucciones de “hágalo usted mismo”) desarmar la caja de agua del resto del inodoro; fue muy fácil, pude quitar todo menos un par de tornillos, el par de tornillos que sujetaban la caja al inodoro. Así que conseguí unas pinzas y nada, compré y empapé los tornillos con un lata de “afloja-todo”  y nada (“afloja-todo” mis... polainas), los agarré a martillazos (eso fue como al cuarto día, cuando la desesperación estaba en su apogeo) y nada. Para entonces comenzaron las sugerencias de llamar al plomero –peor que bofetada con guante blanco–, mismas que yo declinaba cortésmente ¡Mira que ofenderme de esa manera!  ¿Cómo aceptar frente a un perfecto desconocido que no pude con un triste inodoro?

Total, el sábado me conseguí una segueta (muy barata, por cierto) y me encerré con ella en el baño; de la manera más atenta les pedí a todos en casa que no me molestaran hasta que volviera a abrir la puerta: aquello ya no era un trabajo de plomería ¡No señor! ¡De ninguna manera! Aquello ya era personal.  No me quise ver en el espejo, pero apuesto que mi mirada era la de un enajenado o por lo menos así me sentía.

 El espacio para maniobrar con la dichosa segueta era muy reducido, pero la tozudez puede más. Tras batallar no sé cuanto tiempo y sudar como si me fuera la vida en ello finalmente alcancé la victoria: cercené los dos tornillos y pude levantar por encima de mi cabeza la caja del inodoro en señal de triunfo. Si no grité como salvaje fue por no espantar a los demás, no fuera que se acercaran a preguntar si todo iba bien (no quería que nadie interrumpiera mi momento de triunfo)  ¡Hombre! ¿Qué les platico? En ese momento Superman junto a mí era un pobre pendejo; estaba tan contento que por poco y tiro la caja para ponerme a bailar sobre sus restos, pero recordé que ese no era mi objetivo…

 Terminé tan cansado que me di un baño y me tomé el resto de la tarde. Al día siguiente instalé el juego de repuesto que, en honor a la verdad, es realmente fácil de instalar; no me llevó más de 20 minutos, mismos que me supieron a gloria. No cabe duda, la felicidad proviene de muy diversas fuentes. Abrí la llave de paso y ¡listo!

El sistema que instalé es muy moderno, tiene dos botones: uno para “líquidos” y otro para “sólidos”. Así que accioné uno y otro en dos o tres ocasiones (hagan de cuenta niño con juguete nuevo). Después de convencerme de la calidad de mi trabajo pensé en reestrenar el inodoro, pero eso sería un sacrilegio. Pensándolo mejor que alguien más haga el trabajo sucio.

Bajé a la cocina y, entonces, me enteré de que ese domingo era mi fecha límite: si el baño no quedaba listo la noche de ese día, para el lunes cuando yo regresara del trabajo el plomero ya habría hecho el suyo. Juro que no pude evitar una sonrisa de perdona vidas mientras les decía que no sería necesario llamar a nadie. No sé cuánto hubiera cobrado el plomero, pero seguro hubiera hecho el trabajo en una hora. A mí sólo me dieron las gracias y una paleta de hielo. Me habría dado a robado, pero la paleta era de fresa, mi favorita.

2 comentarios:

No soy de aquí ni soy de allá dijo...

No he podido dejar de leer hasta la ultima letra, sentía la necesidad de empezar a decir: ¡si se puede, vamos no decaigas, paciencia!. Excelente relato que debemos comparar con la vida misma. Cuantas veces nos dejamos vencer por una dificultad sin hacer ni un pequeño esfuerzo para sortear las piedras que encontramos en el camino…
Felicidades, con este relato tan aparénteme cotidiano, nos has dejado una hermosa lección de vida.
¡Y que mejor recompensa que una paleta helada de fresa

Gil dijo...

Mmm... no lo había visto asi, pero ahora que lo mencionas...
Gracias por el comentario

PD
Si no eres de aquí ni de allá asumo que ser feliz es tu identidad =)

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